Crítica de La mitad de Óscar, por Carlos Losilla. Publicada en la revista Cahiers du Cinema. España. Nº 43. Marzo de 2011.

En la escena culminante de esta película delicada y quebradiza, hasta el punto de que sus virtudes pueden convertirse de repente en defectos y viceversa, los hermanos Óscar (Rodrigo Sáenz de Heredia, una mirada triste y huidiza) y María (Verónica Echegui, la esfinge siempre intransigente) se encuentran en la habitación de un hotel, frente a la ventana. Manuel Martín Cuenca los filma de espaldas, entre la cercanía y la distancia, intentando atrapar esos sentimientos que siempre quedan ocultos y a la vez respetando su dolor. Son como dioses caídos, expulsados del Olimpo, contemplando un llameante amanecer, entre la luna y el sol, tal como Lévi-Strauss caracterizaba las relaciones incestuosas entre hermanos. Sus tiempos de esplendor quedan atrás, y ante sí solo pueden ver desolación y rutina. En un momento dado, María desaparece del plano por la derecha y Óscar queda solo en el encuadre, ante un enorme vacío que llena la mitad de la pantalla. La mitad de Óscar, por supuesto, es su hermana María, con la que se supone que mantuvo una apasionada relación hace unos años, pero también esa ausencia que queda en el cuadro y que se repite varias veces a lo largo de la película. La mitad de Óscar es ese espacio que antes ocupó la persona amada y ahora aparece devastado en su inquietante soledad.

El título, pues, define la película. Como reflejo de esa historia de amor es demasiado obvio y de una limitada capacidad metafórica. Como descripción de un personaje escindido, e incluso como representación poética de su permanente estado de apatía y desconsuelo, adquiere resonancias de gran potencia lírica. La mitad de Óscar se mueve constantemente en el peligroso filo que separa lo evidente de lo sublime, tal como la filosofía romántica entendió este último concepto. Sus planos estáticos y el uso del espacio en off parecen, en ocasiones, demasiado forzados, pero también logran evocar resonancias de aquello que ya no está, y en ese momento me apercibo de que estoy ante una película cuyo tema es precisamente la desaparición (de una figura, de un paisaje, de los sentimientos) y veo la prodigiosa escena de la playa como un juego entre lo visto y lo no visto, entre el encuentro y el desencuentro, que podría pertenecer perfectamente al Michelangelo Antonioni de La aventura (1960), por ejemplo. La misma escena del hotel puede que sea demasiado explicativa, que resulte por completo prescindible en un contexto de silencios y alusiones, pero lo que importa en ella es ese impresionante tableau en el que un amanecer ilustra inesperadamente el ocaso de los dioses.

Los restos de naufragio

El equívoco, me digo, surge de interpretar la película de Martín Cuenca como un intento de acercarse desde una perspectiva minimalista a una determinada realidad cuando quizá se trate de otra cosa, quizá pretenda poner en escena una leyenda, o lo que queda de las leyendas, las ruinas que han dejado atrás los grandes relatos. Al contrario que Liverpool, de Lisandro Alonso, también la historia de un regreso que desanuda las redes del pasado, La mitad de Óscar está convencida de que todavía quedan restos del sentido y, para demostrarlo, despliega un itinerario basado precisamente en esas otras mitades del protagonista que son como fantasmas de otro tiempo y que permitirán su acceso final al reino de las sombras. Óscar es vigilante de seguridad en unas salinas que van a ser desmanteladas, tal como le anuncia un antiguo compañero de trabajo que aparece y desaparece de su vida como por arte de magia, surgiendo en bicicleta desde un horizonte tras el cual no parece haber nada. Óscar visita diariamente a su abuelo, ingresado en una clínica, que ya no reconoce a nadie, que supone el enfrentamiento con el abismo de la inexistencia, y cuya muerte provocará el regreso de María desde París acompañada de Jean (Denis Eyriey), con el que va a tener un hijo y que supone la intromisión de una racionalidad no deseada en ese universo que no debería regirse por ley alguna. Óscar despierta de su letargo ante el anuncio del regreso de María a París y pretende impedirlo, lo cual lo llevará a intentar cruzar la línea de demarcación con la ayuda de un taxista-cancerbero (Antonio de la Torre) que lo abandonará en medio de la oscuridad. Y, en medio de todo eso, un paisaje luminoso que actúa como sustrato mineral de la tragedia, entre las rocas y el agua, entre lo sólido y lo líquido, en ese estado indefinido y ensimismado (la Almería de La mitad de Óscar es como un microcosmos simbólico, casi como un escenario teatral hecho de piedra, polvo, mar y nubes) que parece también la mitad de algo, la mitad de un paraíso que hace mucho tiempo dejó de serlo y donde sobreviven los restos del naufragio.

Precisamente esa escena del taxista marca las distancias entre la frágil propuesta de Martín Cuenca y la mayor parte de las películas locales más o menos mainstream. Cuando se presentó en el festival de Gijón (junto con Todas las canciones hablan de mí, de Jonás Trueba, y Todos vos sodes capitáns, de Oliver Laxe) algunos hablamos de un cierto renacimiento del cine español ajeno al ámbito catalán, donde hasta ahora se vienen produciendo las mayores innovaciones. Incluso existía el precedente del año anterior en Donostia, con La mujer sin piano, de J. Rebollo. ¿Dónde se puede consolidar ese cambio? Pues precisamente en ese taxista locuaz y sainetesco que, de repente, recupera una cierta dignidad ante lo que considera una falta de respeto de su pasajero. O, dicho de otro modo, en la reconversión de ese cine que ha degradado hasta tal punto su tradición costumbrista que ha acabado convirtiéndola en una grotesca imitación de sí misma. La mitad de Óscar, como los filmes de Trueba y Rebollo, intenta esa operación con resultados más que satisfactorios, y por eso todas ellas podrían dar forma a ese cine “medio”, entre el radicalismo de los más avanzados y la grosería más o menos imperante, que a su manera también pueda ser renovador, provocador, extremo. Las ausencias que pueblan el universo de Óscar son también las ausencias del cine español, que quedan dolorosamente al descubierto en un plano vacío, en una playa solitaria. ¿Quién llenará esos espacios? ¿Hace falta llenarlos? Ahí está el debate.

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