Artículo sobre El último soldado, por César del Vasto.
Panamá te otorgó la geografía, un don que no entregó a tierra ninguna: avanzaran dos mares a tu encuentro: se adelgazó la cordillera pura; en vez de darte un mar te dio las aguas, de los dos soberanos de la espuma, y te besa el Atlántico con labios, acostumbrados a besar las uvas, mientras que el mar Pacífico sacude, en tu honor su ciclónica estatura.
Así cantó el bardo Pablo Neruda, al pueblo panameño, luchador valeroso contra todo el poderío de un imperio.
Ese coloso abrió de un tajo la cintura de América, para unir ambos océanos en 1914, para su beneficio militar y económico, y sus aliados.
Ello gracias a un tratado a perpetuidad que ningún panameño firmó un 18 de noviembre de 1903. Sesenta y un años después, jóvenes estudiantes del Instituto Nacional, llamado “Nido de Águilas” colegio sembrado a escasos metros de la colonia estadounidense denominada Canal Zone; decidieron hacer valer un acuerdo entre ambos gobiernos donde se reconocía la soberanía de la República de Panamá, sobre ese territorio ocupado.
La respuesta de los zonians fue la muerte de 21 estudiantes, y más de 500 heridos. Nuestro país fue el primero en el continente en romper relaciones diplomáticas con ese coloso de pies grandes y estatura pequeña.
A partir de esos hechos heroicos de la juventud, se inició la batalla por la abrogación de la perpetuidad, la eliminación del colonialismo estadounidense en nuestra tierra, y la entrega del Canal de Panamá.
Arribar a esos hechos tiene una larga evolución que comienza su caminar en 1826, cuando Bolívar convocó a las naciones americanas a unirse frente a la naciente hegemonía de esos señores avasalladores de pueblos y explotadores de recursos.
Nuestro pueblo y no sus gobernantes, lucharon con el alma para expulsar esa presencia de la casa. Resistió duras pruebas para “agringarnos” la vida, hacernos dóciles al dólar, y gracias a esos músculos secretos que no están en ningún tratado de anatomía como decía Eduardo Galeano, logramos vencer. No será hasta la toma del poder por un militar bautizado Omar Torrijos Herrera, que con la debida musculatura y equipaje mental de patriotas, logramos arrebatarle al coloso pequeño un tratado descolonizador el 7 de septiembre de 1977.
Ellos, los zonians, los estadounidenses no cejaron en su empeño de permanecer. Creían que la impunidad era hija del olvido, y hay dolores inolvidables. En varias ocasiones logramos levantarnos como un gigante, un solo pueblo: derrotándolos.
Pero conocieron nuestras debilidades, y quisieron robarnos el destino. Impusieron su receta a sangre y fuego, nos dividieron, nos calumniaron, nos pintaron de diablos, y ellos eran los santos.
Un 20 de diciembre de 1989, todo el odio del mundo cupo en una bala, me dijo Héctor Collado, y así fue. Más de 20 mil soldados hicieron su trabajo contra nosotros.
Aún se desconoce la cifra exacta de muertos, asesinados, y desaparecidos de esa invasión criminal.
Durante un tiempo nos prohibieron ser panameños, pero resurgimos de las cenizas. No pudieron destruir esa Patria donde hay tantas cosas bellas, y el mundo cambio.
Luis Romero, jovenzuelo aún fue filmando pacientemente la salida de los militares asesinos, cuando arriaban con dolor -del paraíso perdido- su bandera tan odiada. Y las guardo, madurando el momento.
Para el 31 de diciembre de 1999, fecha de cumpleaños de los tratados descolonizadores, el último soldado estadounidense, salió de nuestra tierra: celebramos con todos los ultrajados y héroes de América y el mundo.
Sus herederos trataron de fundar “su democracia” muy al estilo americano para hacernos más gringos que los gringos. Tampoco pudieron, pero aprendieron las artes de someternos con la incultura, la ignorancia, la pobreza, la miseria, el analfabetismo, la desnutrición, el asesinato, la cárcel, la violencia, el miedo.
Ahora el Canal no es nuestro: responde a los intereses de las transnacionales, a través de subsidios mega millonarios que alimentan lavadores de dinero en bancos rascacielos.
Entrevistas, testimonios, anécdotas, vivencias y lágrimas a flor de piel, defensas a ultranza del vasallaje, son plasmadas con amor en este documental.
No pudieron comprarnos a todos, no lograron imponernos su nefanda presencia, pero sus herederos continúan impulsando el arte mal aprendido de las derrotas.
Somos la Rosa de los Vientos, puente del mundo, corazón del universo y seguimos cantándole al sol, a la lluvia, a la risa, las flores, y a corazones limpios canciones mágicas para no revertir lo alcanzado, esa es la razón rescatista, de memoria invicta recogidas en imágenes vivas y almas valientes.
