El eterno retorno del machismo se cumple en la secuencia de tres chulos (Dimas-Tobías-Jairo), formidable dinastía que reproduce el arquetipo del vividor como dueño de la fuerza de trabajo erótico de la mujer (La Garza) —tradicionalmente consagrada a la estabilidad social del sexo femenino— asumida a su torno por cada quien mientras se mantiene favorito. Es en resumen la problemática que presenta el nuevo filme Chalbaud-Cabrujas: El pez que fuma. Un drama real cuyas causas, según débilmente insinúa el guión, se originan en la miseria económica, sociocultural y política de nuestro medio y que aparentemente es inexorable. La certeza verbal señalada pareciera desvirtuarse por el tratamiento superficialmente humorístico que, sin embargo, resulta una hábil fórmula de adecuarse a la falta de conciencia de un pueblo frente a sus problemas. Particularmente, en Venezuela, la delincuencia forma parte de su potencialidad folclórica y por ende cinematográfica; la corrupción moral y la del lenguaje buscan integrarse a la identidad nacional adaptable a los vicios más conspicuos del país, escalando simpatías en las capas conservadoras de nuestro patriarcado. El tema analizado, se piensa, va a ser un incentivo para la exportación del espectáculo, por donde desfilan una variedad de tipos sexuales que interesan a la morbosa expectativa mundial. La presencia de la vida sexual en la época contemporánea supone, en rigor, una actitud más seria y profunda, casi sagrada, como diría Ernesto Sábato, lejos de la banalidad expresada en El pez que fuma, cuyos impecables efectos audiovisuales llegan a ganar un lugar de preeminencia sobre la claridad de su mensaje intelectual. Precisamente, para nuestro consumo, este aspecto es el más preocupante en la mencionada producción: el ajuste de su verdad artística, documental, descriptiva, que debería concordar con un arma de lucha, de transformación social. La vacilación manifiesta, entre el estilo que se compromete con la denuncia directa del país crítico y el juego mágico-surrealista que tiende a recrearse en las formas evasivas, permite pensar en un conflicto de creación no resuelto, que ofrece por tanto concesiones a un público sin necesidad de alternativas. De calidad en la obra comentada es su estructura épica, por cuanto desarrolla cada personaje en un correlato que individualiza la peripecia de cada uno de ellos. Es así como se verifica la capacidad histriónica de los actores, en especial la de Hilda Vera, de quien la esencia femenina, la gracia y la coquetería aderezan su sensualidad, para compensar en el papel de La Garza, la vileza y ruinidad del ambiente que la destruye, pero que irónicamente recuerdan los cursis versos modernistas (Díaz Mirón): «hay plumajes que cruzan el pantano y no se manchan…». En efecto, se diría que los abundantes motivos morales en que la enmarcan (homosexuales, proxenetas y prostitutas) no se transparentan en la actriz en tono propiamente vulgar, sino en una visión muy criolla de la fiereza de la mujer, de su actitud defensiva siempre con temperamento e inteligencia de vedette. Tomar partido por esta última consideración, de la ironía, creo que podría permitir la única clave crítica, coherente, que interpreta la intención del filme, el cual empieza a circular exitosamente con un valor de ambigüedad entre solidaridad, diversión satírica e indiferencia. Visualizaciones: 1.178

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El eterno retorno del machismo se cumple en la secuencia de tres chulos (Dimas-Tobías-Jairo), formidable dinastía que reproduce el arquetipo del vividor como dueño de la fuerza de trabajo erótico de la mujer (La Garza) —tradicionalmente consagrada a la estabilidad social del sexo femenino— asumida a su torno por cada quien mientras se mantiene favorito. Es en resumen la problemática que presenta el nuevo filme Chalbaud-Cabrujas: El pez que fuma. Un drama real cuyas causas, según débilmente insinúa el guión, se originan en la miseria económica, sociocultural y política de nuestro medio y que aparentemente es inexorable.

La certeza verbal señalada pareciera desvirtuarse por el tratamiento superficialmente humorístico que, sin embargo, resulta una hábil fórmula de adecuarse a la falta de conciencia de un pueblo frente a sus problemas. Particularmente, en Venezuela, la delincuencia forma parte de su potencialidad folclórica y por ende cinematográfica; la corrupción moral y la del lenguaje buscan integrarse a la identidad nacional adaptable a los vicios más conspicuos del país, escalando simpatías en las capas conservadoras de nuestro patriarcado.

El tema analizado, se piensa, va a ser un incentivo para la exportación del espectáculo, por donde desfilan una variedad de tipos sexuales que interesan a la morbosa expectativa mundial. La presencia de la vida sexual en la época contemporánea supone, en rigor, una actitud más seria y profunda, casi sagrada, como diría Ernesto Sábato, lejos de la banalidad expresada en El pez que fuma, cuyos impecables efectos audiovisuales llegan a ganar un lugar de preeminencia sobre la claridad de su mensaje intelectual. Precisamente, para nuestro consumo, este aspecto es el más preocupante en la mencionada producción: el ajuste de su verdad artística, documental, descriptiva, que debería concordar con un arma de lucha, de transformación social.

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La vacilación manifiesta, entre el estilo que se compromete con la denuncia directa del país crítico y el juego mágico-surrealista que tiende a recrearse en las formas evasivas, permite pensar en un conflicto de creación no resuelto, que ofrece por tanto concesiones a un público sin necesidad de alternativas.

De calidad en la obra comentada es su estructura épica, por cuanto desarrolla cada personaje en un correlato que individualiza la peripecia de cada uno de ellos. Es así como se verifica la capacidad histriónica de los actores, en especial la de Hilda Vera, de quien la esencia femenina, la gracia y la coquetería aderezan su sensualidad, para compensar en el papel de La Garza, la vileza y ruinidad del ambiente que la destruye, pero que irónicamente recuerdan los cursis versos modernistas (Díaz Mirón): «hay plumajes que cruzan el pantano y no se manchan…». En efecto, se diría que los abundantes motivos morales en que la enmarcan (homosexuales, proxenetas y prostitutas) no se transparentan en la actriz en tono propiamente vulgar, sino en una visión muy criolla de la fiereza de la mujer, de su actitud defensiva siempre con temperamento e inteligencia de vedette.

Tomar partido por esta última consideración, de la ironía, creo que podría permitir la única clave crítica, coherente, que interpreta la intención del filme, el cual empieza a circular exitosamente con un valor de ambigüedad entre solidaridad, diversión satírica e indiferencia.

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