Texto de Lola Mayo
La palabra horizonte contiene en sí misma una noción de largueza, de distancia y lejanía, el horizonte es donde miramos guiñando los ojos, el horizonte es la línea que junta la tierra con el mar y por eso es a veces indistinguible, no lo alcanzamos, se nos va.
Decir por tanto que un horizonte es “mínimo” es casi como decir que no es un horizonte, que está aquí mismo, que el día nos llega para encontrarlo. Una cometa, o el esqueleto de una cometa, es la imagen con la que comienza esta película. La cometa se ha quedado enredada en un poste de la luz, no llegó demasiado lejos, o quizá sí, llegó, y luego cayó. Dice la documentalista peruana Heddy Honigmann que son los comienzos los que marcan el camino de las películas. La cometa prendida a los hilos de luz será lo que contenga todo lo que viene después: la cometa, aquí ya solo un armazón, nos parece un resto inútil, pero hace unas horas era el juguete vibrante de dos hermanos en un barrio trabajador de la ciudad brasileña de Belo Horizonte.
En el barrio, embellecido por la luz del amanecer, empieza el día. El día que irá tomando su verdadero color: el gris del cemento. Aquí la gente se levanta temprano: Teresinha, que en media hora estará ordenando archivos de papel en una oficina, los poceros trabajando entre las ratas, el obrero que pinta la puerta metálica de su casa a medio hacer de color azul ilusión… y el joven que boxea contra el espejo de su armario ropero.
Lo que ocupa los días de estas gentes es bien pequeño, y al mismo tiempo, si se vieran despojados de ello, ¿qué sentido tendrían sus vidas? ¿de qué estarían hechas si no estuvieran los desayunos, las comidas, las lecturas, los paseos, el baile, las nubes, los trayectos?
El director escoge para su película precisamente eso, los trayectos de un punto a otro, de una hora a la siguiente, esos trayectos en los que tal vez “matamos el tiempo”, mirando solo el pedazo que tenemos entre manos. No ha escogido héroes ni los ha nombrado ni los ha puesto a hablar. Estamos acostumbrados a películas documentales en que los protagonistas manifiestan grandes sueños, aspiraciones que lanzan su deseo más allá del metraje de ese vídeo en el que habitan. En estos cincuenta minutos no hay confesiones, ni definiciones ni apenas palabras, no nos importa mucho el idioma en el que hablan estas gentes.
Solo escuchamos, y ahí nos gusta detenernos, la conversación de Lorena, la chica joven con síndrome de Down, que habla con su amor a través del teléfono, para decirle que ella va a quedarse soltera, que no se va a casar. Unos fragmentos más atrás hemos visto a Lorena bailar con un tutú y unas medias blancas, en una clase de ballet clásico que no llega a seguir del todo, de la que se despide moviendo hacia la cámara su falda, en un gesto que es más de rumba o de muchacha pícara en una discoteca.
Esta película habla de la dignidad y de la fuerza de la gente sola; la cámara los muestra siempre como individuos, completando su mínimo horizonte. Tal vez sí se sienten solos, pero no desesperados. Tienen gestos que los hermanan, tal vez gracias a un montaje en el que prima lo poético sin que se derrame lo lírico: Teresinha mira por la ventana cuando Pernambuco mira por la suya. Los niños juegan con sus cometas mientras el hombre que construye su casa de cemento ha salido al umbral de la puerta, quizá a verlos jugar. Todos parecen esperar algo.
Son los niños los que corren prendidos al presente, los que más se ríen, los que no tienen conciencia de horizonte ni de aspiración ni de logro. Pernambuco, un hombre en sus sesenta, sí lo tiene. En uno de los cuartos de estar de esta película le vemos mirar vídeos en blanco y negro con actuaciones suyas cuando fue brillante bailarín de salón. ¿Vive hoy de esa gloria pasada? No lo sabemos, porque nadie nos “obliga” a escucharle. El día se le pasa en prepararse para el baile de esa misma tarde: ducharse, peinarse, planchar con cuidado la camisa que pronto llevará.
Mientras, Teresinha se viste y se maquilla también… ¿irán a la misma sala a bailar? Al salir del trabajo, Teresinha se ha tomado un café tendida en su cama pequeñita, ha leído un libro que nos parece de poemas, un libro que ella huele como si tuviera cosas de otro tiempo, como si oliera aún a los días pasados o a las manos de alguien que se lo regaló.
En todas estas gentes atisbamos el anhelo. Un anhelo que puede o no cumplirse pronto, pero que los sostiene. La vida les pasa por encima y al mismo tiempo se va construyendo con sus gestos pequeños, con su ensimismamiento también, con su presencia real dentro de sus días.
En todas esas vidas, aunque sin subrayar, se percibe también la decepción, la mezquindad, lo que no llegó a ser, el barrio sin servicios, el trabajo excesivo y la pobreza. Tal vez sus horizontes son mínimos porque algún viento se encargó de barrer los horizontes más grandes, porque lo grande no alcanza para salvar los barrios obreros de tantas ciudades del mundo en que vivimos.


