Crítica de La mujer de Benjamín, por Ignacio Escarcega. Revista Dicine (México). Nº 41. Diciembre 1991.
La provincia ha vuelto a aparecer recurrentemente en la temática del más actual cine mexicano, enmarañada en la nostalgia impresionista (Pueblo de madera), o en el paisajismo agreste del pasado que enmarca un fallido chiqui-western (Bandidos), o en el pretexto liberador (Danzón), o en el cacicazgo de la modernidad (El extensionista). Trascendidos el nacionalismo folclórico y los arrebatos de color se procuran mayores verosimilitud y claridad. Por ello, la imagen sonora con que inicia La mujer de Benjamín da cuenta clara del interés del realizador Carrera por adentramos en el ámbito de una provincia retardada, de tolerable asfixia, vista finalmente de modo idílico por un citadino.
En un poblado rascuache, los hermanos Micaela y Benjamín, ambos de edad respetable, poseen la única tienda del lugar, donde despachan a contados clientes. Ella vive erotizada por el insignificante párroco del lugar y él está instalado en un parasitarismo incestuoso del que por momentos se desliga para divertirse con sus también vetustos cuates, jugando damas o bien hojeando revistas pornográficas.
Esta armonía de la banalidad se quiebra cuando el gúevonazo de Benjamín comienza a enamorarse de la jovencísima Natividad, cortejada y cachondeada a su vez por joven y audaz transportista de carga. Convencido por sus amigos y con muchos esfuerzos, el gordo Benjamín se la roba, llevándola a su casa, y creándose problemas con Micaela y con la enérgica y conservadora madre de la muchacha. El asunto se arregla cuando ésta afirma haber estado de acuerdo con el raptor, encontrando así el medio idóneo para abandonar la rigidez de su casa.
Gradualmente comienza a imponerse cierta armonía en el triángulo formado por los dos hermanos y la intrusa, quien poco a poco va imponiendo su voluntad, convirtiéndose al cabo del tiempo en colaboradora en la tienda. Accediendo también, tras humillarlo, a tener relaciones sexuales con Benjamín.
Pero la muchacha es de cascos ligeros y tiene disposición nómada, por lo que origina desigual encuentro a puñetazos entre el brioso camionero y su rollizo captor, quienes acaban desfalecientes mientras ella se va del pueblo, bien forradas sus bolsas con las utilidades de la tienda y camino a una vida más interesante.
Como se ve, el director ha sabido captar a la quietud y la inmovilidad como personajes. Esta polvosa localidad, de paredes descascaradas yruinosos caminos, absorbe, como la tierra, la vida interior de sus habitantes; de jando en la superficie arrugas y rutinas olvidables. Personajes que de fijo caminan sin rumbo, beben idiotamente cerveza y se enfrascan en torpes discusiones, ambiguas madres solteras refugiadas en la costura, párroco insulso y goloso que se deleita en apasionadas óperas; fantasmagorías que a duras penas se mantienen de pie.
Es tanto así, que en el pueblo no hay más que dos jóvenes, uno de ellos de oficio itinerante (el camionero) y otra que terminará por abandonar desesperadamente ese lugar, como una santa que abandona el infierno. Así se explica cómo lo que Benjamín busca en ella es un asidero de vida; ya que en el transcurso del tiempo la puerilidad del lugar le ha enajenado la razón y los sentidos, hasta el punto de convertirlo casi en un retrasado mental.
La rutina no ha podido adormecer todo. En esa olla de aburrimiento hierve el deseo sexual torpe y reprimido de una población que se regocija en su propio funeral: el joven camionero eyacula por un leve fajado a la cachonda Natividad. Ella misma hará que Benjamín acceda a torpes juegos y actitudes serviles antes de permitirle, vía la ostentación súcuba de los senos, disfrutar de su cuerpo. La hermana Micaela reseña en su diario el apetito espiritual y carnal que le provoca el cura y en un arrebato erotiza al extremo un beso en la mano.
De esta provincia inanimada y estática se vale el realizador Carrera para mostrar más en estado puro la emotividad de sus personajes, vía una historia simple y algo insípida que llega a producir por momentos cierto tedio en el espectador.
Como escritura de silencio, se recrean miradas, gestos, caminatas lentas y excesivas cuyo propósito es mostrar la pasmosa persecución que se prodigan unos a otros, algunos sin interés preciso, y otros, a la manera de los vampiros, tienen como objetivo a Natividad, la apetitosa sangre joven.
Filme sobre la frustración y el desencanto, posa una mirada misericordiosa sobre los personajes y consigue credibilidad en todo el discurso. A excepción, claro está, de la escena final a puñetazos entre los dos rivales en amores, que resulta de poca credibilidad y hasta cómica.
La nueva cinematografía nacional es algo pobre en la conjunción de sus repartos, se resiste a la búsqueda y ha creado una tipología totémica: el papel de una joven hermosa de rasgos nacionales será irremisiblemente interpretado por Gabriela Roel, la mujer madura será María Rojo, el joven visceral y apuesto Eduardo Palomo, et hombre maduro y varonil 1, Pedro Armendáriz, el hombre maduro y varonil 2, Manuel Ojeda, etcétera. Se apela, pues, a la proyección innata y no al trabajo con el actor. Hay que agradecer a La mujer de Benjamín la manera en que se introducen presencias refrescantes e interpretaciones logradas, como es el caso de Eduardo López Rojas, Malena Doria y Amelia Ramírez. No así Palomo, ¿será posible creer que un chavo fresa con aspiraciones de rebelde sin causa —guante en una sola mano y lentes oscuros de por medio— transporte costales de víveres de un pueblo rascuache a otro?
Hay en esta película la señalada capacidad de crear un microcosmos efectivo y verosímil, en donde la mayoría de los personajes se desenvuelve con soltura de fantasmas inocuos. Ojalá que las intuiciones de Carrera, aunadas a su solvencia técnica y dramática, le permitan en lo futuro el tratamiento de historias más interesantes.

