Texto de Juan Carlos Tabío sobre Lista de espera.

Cuando leí «Lista de espera», de Arturo Arango, decidí que yo quería hacer una película con ese cuento.

Pensé y pienso que ahí se encierra una historia repleta de sugerencias, y que desde un marco inconfundiblemente cubano se habla de eternas aspiraciones humanas. Una suerte de costumbrismo reflexivo, trascendente.

Llamé por teléfono a Arturo y le dije que quería hacer una película con su cuento: él me respondió que perfecto y los dos nos pusimos muy contentos. (En realidad él me había enviado el cuento con esa intención).

Escribir un guion cinematográfico a partir de una obra literaria con el mismísimo autor de esta, puede ser muy bueno o muy malo. Muy malo, si el autor se aferra a los puntos y comas de la estructura, situaciones, diálogos y descripciones originales. Muy bueno, obviamente, si esto no sucede.

Para ventura de todos (quisiera incluir aquí a los futuros espectadores de la película), Arturo fue el primero en entender que, como decía Cantinflas: «Una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa».

En una buena medida la gracia, el misterio y la fuerza del cuento reside en la forma en que está narrado. El autor asiste a la historia como a través de un cristal nevado, como si mirara lo que está sucediendo a través del ojo de una cerradura. Los personajes no tienen nombre (en una cola la gente no sabe el nombre de los demás, nadie es Juan o Pedro o María sino “el muchacho del pullover negro”, “el de la gorra de pelotero”, “la gordita del pañuelo rojo”, etcétera).

Para escribir el guion tuvimos que acercarnos a los personajes —incluso meternos en el baño con algunos—, conocer no solo sus nombres sino también, en la medida de lo posible, cómo pensaban y sentían, cuáles eran sus mentiras. Porque si no, ¿qué íbamos a darles a los actores?

En eso nos pasamos casi tres años.

El guion estaba casi a punto, pero todavía faltaban detalles: algunos personajes como El Ciego, eran flojos.

En eso llegó Senel Paz, y con la atemperada vehemencia que lo define y con la lucidez que le otorga al que sabe mucho el ver las cosas desde fuera, dio el puntillazo final.

Ya el guion estaba terminado y todos —¡incluso los productores!— nos dimos por satisfechos.

El 85 por ciento de una buena dirección de actores consiste en escoger buenos actores. Y en este caso me puedo dar con una piedra en los dientes.

Para Emilio (“el muchacho del pullover negro”) siempre pensé en Vladimir Cruz: su personaje fue escrito pensando en él, y el propio Vladimir, con sus comentarios, participó en la elaboración de su personaje.

Cuando Jorge Perugorría llegó a convertirse en El Ciego, ya casi finalizado el guion, hizo que los autores le confirieran a este personaje una mayor dimensión, la dimensión que siempre debió tener este personaje. Jacqueline fue el último de los personajes protagonistas en encontrar su encarnación: Tahimí Alvariño.

Cada actor modula de manera muy personal el personaje que interpreta. Con el actor termina la dramaturgia del personaje. Para Jacqueline probamos a varias actrices: cada una era una Jacqueline Posible, pero Tahimí fue la que más se acercó a la idea que yo tenía de este personaje.

Alina Rodríguez (Regla) y Noel García (Fernández) son dos actores con los que hacía mucho tiempo que yo quería trabajar, y sus personajes fueron escritos —no sé hasta qué punto consciente e inconscientemente—, pensando en ellos.

Con estos cinco actores hicimos un trabajo de mesa durante el que se puso patas arriba no solo sus personajes sino todo el guion.

Con los demás actores, incluyendo a Saturnino García (Avelino) y Antonio Valero (Antonio), quienes llegaron de España pocos días antes del rodaje, trabajé individualmente sus personajes y en todos los casos cada actor me hizo ver que en sus personajes había posibilidades que no se habían explotado.

Y en el rodaje, otro tanto.

Ahora bien, quisiera terminar diciendo que con todos los cambios, ajustes, adiciones y supresiones que en relación con el cuento presenta la película, esta no se hubiera podido realizar sin aquél no se hubiera escrito.

Deja un comentario