Crítica de Anita no pierde el tren, por Esteve Riambau. Publicada en la revista Fotogramas (España), Nº 1887, enero de 2001.

La historia del cine de barrio que es demolido para dar paso a nuevas multisalas tiene su estricta correspondencia en la taquillera cincuentona obligada, desde ese momento, a replantearse su vida. Este es el punto de partida de la última película de Ventura Pons, una comedia que comparte ribetes nostálgicos con «Cinema Paradiso», pero, finalmente, evoluciona hacia un melodrama sobre el amor y la soledad. Fassbinder y, por lo tanto, también su maestro Douglas Sirk se habrían sentido a sus anchas con el romance entre la veterana taquillera y el fornido conductor de una excavadora que viven un clandestino pero intenso romance en el lóbrego cobertizo de una obra. Pons, en cambio, no renuncia a puntuales toques humorísticos propios de etapas ya olvidadas de su filmografía para, en un necesario cambio de rumbo respecto a sus últimas adaptaciones teatrales, adentrarse en esa dimensión agridulce que «Anita no pierde el tren» maneja con la insolente madurez de quien domina los resortes de la dramaturgia. La complicidad entre Rosa Maria Sardà y el cineasta catalán es tan evidente que la primera, apoyada en un papel servido en bandeja, conjuga todos los registros posibles de la interpretación. Roba todas las escenas que comparte con María Barranco y solo encuentra una réplica digna de su talento en ese espléndido personaje parco en palabras que Jose Coronado ubica entre Juan Marsé y Bigas Luna. Maestro en la dirección de actores, Pons aprecia, además, a sus personajes. Tanto, que en el ánimo de no herir ni a unos ni a otros, les regala buena parte de una película que, para llegar a la perfección, hubiese necesitado de una mayor dosis de esa implacable irracionalidad que el melodrama exige y Anita no pierde el tren solo brinda a rachas.

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