Crítica de Sumas y restas, por Sergio Becerra. Publicado en El Espectador (Colombia). 6 de marzo de 2005.
Después de San Sebastián y La Habana, y poniéndole fin así a una prolongada expectativa, Víctor Gaviria presentó este mes en el marco del Festival de Cine de Cartagena Sumas y restas, su tercer y tan esperado largometraje. Confirmando con gran fuerza la continuidad en el tiempo de una obra, de una visión y de una estética basadas en la búsqueda de lo real por medio de la emoción pura.
En efecto, la línea que conecta y da coherencia a estas películas entre sí no es sólo temática, es también emocional. Una línea a la vez efímera y delgada como el polvo de la ilusión, pero tan robusta y real como el dolor y el sufrimiento.
Hace quince años que Gaviria rompe ese aislamiento, insultando nuestra distancia con su crudeza y revelándonos de forma sistemática la verdad. Haciéndola nuestra. Esta vez sus personajes no surgen de las entrañas de las comunas como Rodrigo o Mónica. No bajan a diario desde la ciudad corral, empinada y ausente, que contamina con su tristeza la vista de las torres del centro.
Esta vez Gaviria nos muestra un hijo de la ciudad real, no de la ciudad paisaje. Un hijo de lo que el mismo director denomina la «ciudad incluida». Alguien con tradición, familia y propiedad. Hay, entonces, transformación de sus personajes dentro de la continuidad de su temática y su estilo. El diálogo visual entre las dos ciudades que se ignoran mutuamente ya no existe. Ya no hay ni puente, ni río, ni virgen. No hay paso entre Belén y Babilonia, como en La vendedora de rosas.
En Sumas y restas ya estamos sólo abajo. Y las transiciones son muchas otras y variadas. Pasa de la técnica documental a una ficción muchísimo más trabajada, del registro de la vida callejera a los fundamentos del hogar, de la búsqueda de identidad al anonimato del consumo, de la verticalidad del olvido a la planicie del poder, de la ley de la selva a la selva de la ley, de la ignorancia a la apariencia. Y, por supuesto, de la agobiante presencia de la noche a la violencia de la luz solar, única forma en que las sombras se hacen ver. Ya que, en palabras de Gaviria «el narcotráfico nos ha convertido en fantasmas, en un país donde tenemos que estar escondidos».
El diálogo ya no es visual, ahora es dramatúrgico. Santiago, el incluido, se relaciona con Gerardo, el traqueto, antagonistas ayer, ahora en pie de igualdad. El antiguo hijo del dueño y el antiguo hijo del peón, trabajando ahora para el mismo patrón». Ambos combinan los dedos y el metal. Gerardo uno solo, apretando el gatillo, cambiando lo vivo en inerte. Y Santiago dos, sosteniendo su pluma, para truncar lo sucio en oro. Son los alquimistas del nuevo poder.
El día revela con más fuerza la ho-guera de la ilusión. Lo que para Rodrigo y Mónica había sido un rudo e inequívoco destino, es para Santiago un problema de opción. Aquello que lo seduce termina por arroyarlo y destruirlo. Decide ser un fantasma, en plena luz del día. Su cuerpo es, como la imagen que lo capturó, un envoltorio, una presencia errática, una soledad andante.
Una vez más Gaviria nos propone lo colectivo a través de lo individual, la tragedia mutua a través de la vivencia secreta, sin filtros ni representaciones, ni juicios. Tal como lo dijo un espectador entusiasta: ‘Es vivo y en directo»: lo más cera posible de las emociones, los hombres y sus hechos. Escarbando dolores, reviviendo llantos y silencios, nos sitúa casi dos décadas atrás, en los años mozos de la seducción del business. Hay en Gaviria un gran esfuerzo de arqueología contra el olvido, una gran vocación reflexiva sobre el «reflejo», la imagen, el encanto. Después de hacer sus propias «Sumas y restas», Santiago sacó sus cuentas. Hizo la ecuación inversa de Rodrigo, que ascendió un precipicio externo para morir. Él descendió sus profundidades internas para vivir. Y transformándose en nadie, volviéndose nada, aprendió. aprendimos, con dolor, la aritmética del vacío.
