Crítica de Solas, por Javier Rioyo. Revista Cinemanía (España). Nº 43. Abril de 1999.

La vida no es fácil para muchos. El mundo está lleno de barrios pobres, de gente con problemas, de esperanzas truncadas, de frustraciones y de soledades. No son esos problemas, esos personajes los más habituales de nuestro cine. No se hacen muchas películas sobre los verdaderos perdedores. El año pasado nos sorprendió la crudeza y la verdad de la vida de los jóvenes en Barrio, de Fernando León. Este año ha llegado la bocanada, de realidad de la mano de un debutante, de Benito Zambrano. Su película Solas, con su desnudez, su verdad, su universal mensaje, se puede reconocer en cualquier barrio, de cualquier ciudad: así fue la sorpresa en el Festival de Berlín y lo está siendo en las taquillas de nuestros cines. Una gran película donde todo es creíble, donde —hasta el final abierto a pequeñas grandes esperanzas— no sobra casi nada. Tiene la película de Zambrano verdad cinematográfica, realismo necesario, hermosas metáforas y actuaciones llenas de controlada eficacia.

Una madre sufridora, bondadosa, analfabeta y dotada para la dulzura. Una hija llena de rebeldías y derrotas, de desamores y alcoholes, de desconfianzas y soledades. Rodeadas de hombres que no se merecen y capaces de saber reconocer al único de ese entorno que sí merece ser conocido, querido.

La película nos hace recorrer algunos de los paisajes del deterioro, pero también tiene una necesaria luz al fondo del túnel. Por un lado la tranquila luz de los ojos, de los silencios y los gestos de la madre, con una perfecta interpretación de María Galiana. A su lado la tristeza, la rebeldía, la energía casi derrotada de la hija, con una controlada intensidad que sabe dotar al personaje de una actriz que hemos descubierto gracias a Solas: Ana Fernández. Y un director que ha sabido emocionar desde la verdad de una historia que conoce muy bien, de un paisaje y unas gentes que le han sido cercanos.

También funciona el casticismo de los hombres en los bares, la torpeza de los machos, el callado sufrimiento de las, mujeres y la fuga de esas miserias, el encuentro de la dignidad que tanto tiene que ver con la necesidad del amor. Nada es cursi, nada sensiblero, nada gratuito en la película de Zambrano, ni la televisión inexistente —esa caja de luces tan kitsch que la madre mira sin mirar— ni las tapiadas ventanas de una casa desde la que apenas se podría ver nada que nos permita soñar. Y la capacidad de huir de todo eso, la risa silenciosa en los ojos y en la cara de la mujer que sabe que nadie le puede arrebatar la dulzura. De vez en cuando la realidad se puede ver en nuestro cine. No se la pierdan.

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