Crítica de La caja 507, por Ricardo Aldarondo. Revista Fotogramas. Nº 1906. Agosto de 2002.
Enrique Urbizu sigue apostado corno francotirador de la modestia. Mientras muchos jovenzuelos quieren ser grandes autores con su primer corto, la experiencia y los logros no han servido a Urbizu para crecerse desde la posición del trabajador de serie B que tanto le gusta. Y ahora ha demostrado que desde su peculiar territorio, que nadie quiere ocupar con él, se puede triunfar y hacer una película que posee una mirada firme y consigue hacer del thriller y el género policíaco en el cine español algo creíble, serio, impactante. Un thriller en el que hay un atraco, corrupción política, mentiras y asesinatos, sin que la acción sea protagonista y dejando que la tensión acumulada y una minuciosa concatenación de acontecimientos se haga dueña de la película por encima de los habituales golpes de efecto y las imágenes explosivas. O sea, Urbizu recorre con seguridad el camino que hay entre Don Siegel y Jean-Pierre Melville, logrando que ese lenguaje seco, escueto, algo distante, poderosamente atractivo, de razón de ser a una trama insólita, con unos actores como el durísimo José Coronado, que aguantan el tipo sin pestañear. El banquero Modesto (el nombre de pila no es casual), inocente y de vida ordenada, se interna involuntariamente en un submundo de perversión que no le deja indemne, mientras va aflorando la España del chanchullo a gran escala, la costa de los gilygiles, el enriquecimiento rastrero. Nada folclórico, desde luego, más bien aterrador. Con detalles o frases demoledoras (la dedicada a la prensa es una perla) Urbizu y el coguionista Michel Gaztambide consiguen eso tan dificil que es contar la globalidad desde la experiencia personal y humilde, planteando interrogantes nada simples sobre la realidad de hoy. Y trazan el camino desolador de un héroe anónimo golpeado por la difusa frontera entre el bien y el mal.
