Crítica de Zona sur, por Santiago Espinoza. Publicado en 'Una cuestión de fe. Historia (y) crítica del cine boliviano de los últimos 30 años (1980-2010)'. Cochabamba, Editorial Nuevo Milenio, 2011.

Además de su agresiva e insólita campaña promocional, si algo llamó la atención de Zona Sur al momento de su estreno, fue la convicción de su director, Juan Carlos Valdivia, para presentar su tercer largometraje como su primera película de a de veras. No es muy frecuente encontrar en el cine boliviano, o incluso en el mundo del Séptimo Arte internacional, realizadores que reconozcan el carácter impersonal de sus anteriores trabajos o que hasta hablen con cierto desprecio de éstos. Y éste fue el caso del director paceño, que supo aprovechar cualquier oportunidad de contacto con el público y la prensa para dejar en claro que Zona Sur marcaba su reinvención como cineasta: de realizador de películas «intercambiables» a autor de obras singulares.

Director y guionista de Jonás y la ballena rosada (1995) y American visa (2005), ambas adaptaciones de dos «clásicos» de la literatura boliviana contemporánea, Valdivia asumió su tercer largo como un proyecto estrictamente personal, procurándose las condiciones necesarias para asegurarse una independencia económica que le permita explayarse sin tapujos en la exploración de su visión creativa. Pero, más allá de las condiciones materiales que separan a éste de sus anteriores filmes, si por algo se distingue Zona Sur es por el compromiso emocional e intelectual con que su director parece haberlo confeccionado, cosa poco perceptible antes. Y es en ese compromiso emocional e intelectual donde encuentro la principal explicación para que esta película funcione y para que me atreva a considerarla como la obra cinematográfica boliviana más lograda de los últimos años.

Anunciada como una cinta que se alimenta de experiencias personales del guionista y director, pero sin llegar a lo autobiográfico, Zona Sur cuenta la cotidianidad de una familia de la clase acomodada paceña que vive en la Zona Sur de la ciudad, en días en que el Gobierno de Evo Morales comienza su mandato. La historia, narrada con cuidados planos secuencia circulares, transcurre casi en su totalidad al interior de la mansión familiar. Su afán es mostrar la convivencia entre los miembros -formales y no formales- de la familia: Carola, la madre cincuentona y soltera que está a cargo de la casa; Patricio, el hijo joven sumido en una rutina de borracheras, juego y sexo; Bernarda, la hija lesbiana y rebelde; Andrés, el hijo menor apegado a los empleados y dado a refugiarse en los techos de la casa; Wilson, el sirviente/mayordomo de origen aymara que presta sus servicios a la familia por años; Marcelina, la empleada aymara de pollera que se ocupa de la jardinería; y algunos personajes secundarios (como las respectivas novias de Patricio y Bernarda) que suelen visitar la casa.

Esta galería de personajes le permite a Valdivia construir un fresco de una clase alta paceña que se halla sumida en una decadencia económica y moral aparentemente insalvable; una clase social a la que el «proceso de cambio» ha condenado a una clandestinidad insólita que -literalmente- es incapaz de superar. Sin embargo, el director no se queda en el descubrimiento de las cuitas de la clase jailona paceña, sino que, desde esa -con el perdón del maestro Sanjinés- (anti)nación clandestina, se atreve a hablar de las tensiones irresolubles que ha dado lugar este nuevo momento histórico.

Es cierto que el director ya había demostrado en sus anteriores filmes cierta preocupación por los síntomas de descomposición de la Bolivia del periodo neoliberal, pero desde una perspectiva recargada de lugares comunes, en la que la puesta en imagen estaba muy por encima de la apuesta discursiva. En cambio, en Zona Sur, a tiempo de revalidar su oficio para montar un relato cinematográficamente impecable, ensaya una propuesta formalmente más arriesgada y discursivamente compleja. Estamos ante una película que incomoda, tanto por el cariz subversivo de sus imágenes como por su interpelación política hacia el público boliviano, al que el mayor parte del cine reciente ha tratado con excesiva complacencia y candidez.

Una inusual extrañeza nos invade al ver imágenes de desnudos y sexo, pero que, en cualquier caso, resultan menos impactantes que aquellas que nos remiten a tabús más locales: el aymara Wilson cubriendo su piel cobriza con las toallas blanquísimas de su jefa y pringándose el rostro con cremas de marca, o la comadre chola de Carola abriendo un maletín repleto de billetes para comprar la casa (¿alegoría de este tiempo?) de la matriarca otrora adinerada y hoy miserable. La extrañeza se hace nuevamente presente al contemplar en completo mutismo cómo Wilson, Marcelina u otros personajes dialogan en un cerrado aymara, sin que aparezcan subtítulos en la pantalla, como recordándonos que la incomunicación en esa casa -así como en esa zona, en esa ciudad y en este país- permanece intacta más allá de los estratagemas circunstanciales. La misma sensación aflora tras un final abierto, que, aunque no termina de convencerme, al menos acierta al no intentar solucionar el desencuentro entre las Bolivias con una reconciliación inverosímil en la que los protagonistas se abrazan y se quieren (al estilo de Sena quina o de ¿Quién mató a la llamita blanca?).

Y es que uno de los mayores méritos de Zona Sur es que reconoce la conflictividad de las relaciones sociales en el país, eludiendo bañarlas con el bálsamo de la caricaturización o resolverlas de manera facilista (con más buenas intenciones que planteamientos). En esta (anti)nación clandestina no hay una propuesta política de país -como la había en La nación clandestina (1989) de Sanjinés-, pero tampoco hay esa muy ingenua y recurrente hipótesis de que la panacea a todas las desgracias del país está en la unión entre ricos y pobres, k’aras y t’aras, citadinos y campesinos, cambas y collas -como en muchas películas nacionales del último tiempo. Lo que hay son más preguntas, tensiones e incertidumbres, eso que nos agobia en la Bolivia de estos días.

Pero ahí no acaba la audacia de Valdivia. Zona Sur es también una producción que viene a legitimar y culminar el cine digital boliviano, entendiendo a éste no como el conjunto caótico de películas rodadas en ese soporte en los últimos años, sino como el que está representado por aquellas que -al igual que Dependencia sexual (Bellott, 2003), Lo más bonito y mis mejores años (Boulocq, 2005) y Airamppo (Muñoz y Valverde, 2008)- han apelado a este formato para realizar producciones narrativamente renovadoras, temáticamente provocadoras y económicamente independientes. De alguna manera, en esta producción encontramos la voz del cine boliviano/ paceño institucionalizado que se resistía a reconocer por completo la existencia del cine boliviano/periférico independiente. Y si legitima y culmina esta primera era del digital boliviano, es porque se atreve a dar un paso adelante con respecto a sus predecesoras.

El avance está en esa suerte de continuidad con respecto al cine dominante hecho en La Paz, que le lleva a ensayar una lectura política del presente. Sin negar el carácter político de películas como Dependencia sexual, Zona Sur recupera de la tradición cinematográfica boliviana/paceña la audacia para problematizar en torno al inconcluso debate de las «dos (o más) Bolivias». Y lo hace sorteando una visión maniquea del asunto, y sin llegar a demonizar a la clase alta o a entronizar a la indígena-mestizo, o viceversa. Podría parecer una apreciación apresurada, pero es muy probable que la película de Valdivia sea recordada como la obra que supo entroncar la corriente más tradicional (paceña) del cine boliviano con la más contemporánea (periférica). (Lo que no resulta apresurado es valorar su éxito fuera de nuestras fronteras por la cantidad de reconocimientos que ha cosechado, entre ellos los de Mejor Guión y Mejor Director en la sección internacional del Festival de Sundance 2010, el de Mejor Actor, Mejor Guión y del Jurado en el Festival de Guadalajara o el de Mejor Fotografía en el Festival de Huelva).

Diálogos realistas, personajes muy bien trazados (que exudan una hilaridad muy espontánea y en los que es posible reconocernos), una fotografía meticulosamente arriesgada, escenarios conceptualmente diseñados (la mano de Joaquín Sánchez aporta mucho), actuaciones de un nivel muy notable, una partitura inspirada de Cergío Prudencio (que afianza el clima asfixiante de la trama) y, por supuesto, una historia inteligente y políticamente audaz… Zona Sur es una película que suma más aciertos que desaciertos, de esas cada vez menos frecuentes en el cine boliviano. Habrá que esperar a la próxima incursión de Valdivia en esta veta más autoral -algo que ya ha anunciado- a fin de saber si su reinvención como cineasta puede dar más que una buena película. Por lo pronto, la prueba ha sido superada.

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