Crítica de La caja 507, por Tomás Fernández Valentí. Revista Dirigido por. Nº 315. Septiembre de 2002.

Parece que cada vez que se estrena una película española que responde a unos mínimos de calidad (esos mínimos que todo el mundo, espectadores y crítica, debería exigir por igual a cualquier película de cualquier nacionalidad), hay quien considera necesario hacer una especie de juegos malabares y tratar a nuestra cinematografía como si fuera un hijo tonto al que hay que alabarle sus (pocas) virtudes y pasar por alto sus (muchos) defectos, no sea que se deprima y haya que internarlo en el psiquiátrico. Teniendo en cuenta que no me considero la persona más adecuada para juzgar al cine español, del cual cada año veo menos títulos porque cada vez me interesa menos, hasta el punto que en lo que llevamos de 2002 tan sólo he visto cinco films españoles, o mejor dicho, cuatro y medio —Carne de gallina, de Javier Maqua, El embrujo de Shanghai, de Fernando Trueba, No debes estar aquí, de Jacobo Rispa, la mitad de Hable con ella, de Pedro Al-modóvar, y La caja 507, de Enrique Urbizu, objeto de estas líneas—, de los cuales sólo salvaría el de Maqua, por insólito, y parcialmente el de Urbizu, por honesto, vaya por delante que mi opinión es tan buena (o mala) como la de cualquiera.

Si, como digo, La caja 507 me parece una película honesta, ello se debe a la actitud en el guión y tras la cámara de su realizador, el bilbaíno Enrique Urbizu, uno de los escasos cineastas españoles a los que no parece darles vergüenza admitir que les gusta y que hacen «cine de género», hasta el punto que su carrera como director ha oscilado tranquilamente entre la comedia (Tu novia está loca, Cómo ser infeliz y disfrutarlo, Cuernos de mujer), el thriller (Cachito y, ahora, La caja 507) o una combinación de ambos (Todo por la pasta, hasta la fecha su film más reputado). Dicho sin ánimo de parecer eso que no existe, es decir, un critico «constructivo», siempre he creído que en el cine de género se encuentra, precisamente, un camino a seguir por el cine español, a modo de ejercicio que familiarizase a los realizadores con los mecanismos de la narrativa cinematográfica y crease una base profesional sólida que más adelante fuese convenientemente subvertida, o incluso superada, por la experimentación dictada al albur de la personalidad intrínseca e intransferible de cada cineasta.

Centrándonos en La caja 507, y a fin de no caer en la no menos tópica teoría sobre el país de los ciegos, afirmaremos que es verdad, como se ha dicho, que la película de Urbizu se sitúa por encima de la media del cine español,… lo cual estaría muy bien si dicha media no fuese tan baja. Desde un punto de vista estrictamente formal, Urbizu demuestra que sabe «fabricar» el film, construyendo incluso escenas y planos con una clara intención de expresar algo. Pienso, por ejemplo, en la manera como resuelve la intrusión del falso guardia urbano en la vivienda de Modesto Pardo (Antonio Resines) para secuestrar a su esposa, mientras sus compinches asaltan el banco del cual el protagonista es el director: Urbizu corta en el momento que el intruso entra en el piso y, más adelante, lo retorna registrando la vivienda, en una escena que cobra todo su trágico sentido cuando vemos a la mujer de Modesto atada y amordazada. También es destacable ese inserto del cajón que Rafael Mazas (José Coronado) abre, mientras habla por teléfono, para sacar del mismo una pistola y munición, filmado de tal forma que veamos la foto del mismo personaje que le identifica como ex-agente de policía. Son esos pequeños detalles que, insisto, deberían exigirse a cualquier realizador, sea o no español, pero que en nuestra cinematografía se echan particularmente de menos.

Ello no obsta para que la película tenga graves defectos, y también es justo reseñarlos. El más flagrante a mi entender reside en la descripción del personaje que responde al nombre —intencionado— de Modesto, cuya tibieza perjudica la consistencia entera del relato: que el personaje quiera descubrir a los asesinos de su hija puede ser una buena motivación, pero eso es tanto como afirmar que cualquier padre sería capaz de meterse ce cabeza en una espesa trama de ex-policías corruptos, mafiosos italianos y banqueros pringados hasta las cejas y dispuestos a matar a quien sea, lo que se echa en falta es una mayor descripción del contexto que rodea al personaje, algo que quedaba bien claro en un film como Hardcore. un mundo oculto, de Paul Schrader, en el cual un puritano cuyo modo de vida quedaba perfectamente establecido desde el principio emprendía una cruzada personal para rescatar a su hija del submundo del pomo. La labor de Antonio Resines, cuya aparente sobriedad deviene rápidamente pura y simple inexpresividad, pretende otorgarle a Modesto una aureola de ambigüedad excesivamente prefabricada que no resulta creíble ni siquiera cuando, al final, el personaje también se descubre como alguien ambicioso y sin escrúpulos. Mejor parado sale el personaje de Rafael: sus circunstancias vitales están más delimitadas -su relación con Mónica (Goya Toledo)— y sale beneficiado de la energía que le imprime José Coronado, hasta el punto de darle «más carne- de la que tiene.

Si La caja 507 fuese una producción norteamericana, dirigida pongamos por caso por Dominic Sena, con Bruce Willis haciendo el papel de Antonio Resines y John Travolta el de José Coronado, ¿nos andaríamos con tantos prolegómenos sobre la situación actual de la cinematografía estadounidense? Honestamente, pienso que no. Tan sólo diríamos que nos hallamos ante un thriller del montón, resuelto con solvencia y bien apoyado en la labor de sus protagonistas. No existiría esa necesidad de ser «constructivo» cada vez que se habla del cine español, no sea que a uno le tomen por un amargado que nunca pudo dirigir cine o por un envidioso que un dia cateó al «genial» Amenábar.

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