Crítica de Solas, por Jordi Batlle Caminall. Revista Fotogramas (España). Nº 1866. Abril de 1999.

Ya explícito en su mismo título, la soledad sería uno de los temas rectores de esta película: la soledad de un hija que abandonó el pueblo natal para aislarse en la gran ciudad (en un apartamento que huele a humedad y cuyas ventanas están tapiadas); la soledad de la madre, que llega a esa gran urbe (con motivo de la intervención quirúrgica de su marido) y a ese apartamento desde el que ella divisará un gran vacío, su propio vacío; la soledad del anciano vecino viudo, que no tiene a nadie en el mundo a quien confesarse (y se reconoce un individuo muy chismoso), salvo su fiel y muy despierto pastor alemán.

Pero hay otros temas, muchos, en Solas, temas además que hoy tocan la sensibilidad pública: el machismo ancestral, la violencia doméstica, la droga, el aborto… Ninguno de ellos, sin embargo, los aborda Zambrano frontalmente. Están ahí, en un esquina (el desheredado que se pincha junto a la chabola, la indigente que probablemente evita sin saberlo un suicidio…), en una línea de diálogo (el hueles a macho que el despótico padre le suelta una y otra vez a su mujer), en un plano mudo (se diría que hasta el perro, en una leve inclinación de la cabeza, nos dice cosas en esta película), pero en ningún momento cobran aspereza. Y es que no es Solas ni un filme de tesis ni un alegato social en primera instancia, sino una muy pudorosa y sentida (una obra hecha con el corazón, según declaraciones del cineasta) evocación de unas vidas corrientes en las que nada sucede de extraordinario y que la cámara capta con una pureza sobresaliente y un aliento poétíco nada forzado. La naturalidad y sencillez con que las dos actrices principales (en un reparto sin mácula), María Galiana y Ana Fernández, madre e hija respectivamente, se mueven en la pantalla son, en fin, de las que permanecerán largo tiempo en el recuerdo.

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