Crítica de Solas, por Ángel Fernández-Santos. Publicada en el diario El País (España). 20 de febrero de 1999.
Fuera de concurso, terminó anoche entre ovaciones la participación del cine español. El público del Panorama fue secuestrado por la llaneza y la verdad de Solas, un frágil y conmovedor relato intimista dirigido por Benito Zambrano.
La participación española terminó ayer con una buena carambola a tres bandas. Por un lado, Penélope Cruz -tras la admiración que dejó flotando aquí tras el paso de La niña de tus ojos– reapareció en su primer trabajo en Hollywood, la preciosa composición que logra de la muchacha chicana de The Hy-Lo Country. Minutos antes se proyectó El topo y el hada, cortometraje del pintor y músico Grojo. Pasó la prueba, plásticamente muy curiosa, pero hubo disidentes, cosa comprensible si se tiene en cuenta que hace un ejercicio abusivo de truquerío digital.Pero lo mejor llegó con el gozoso descubrimiento de la película andaluza Solas, proyectada en el Panorama ante un público atrapado por la sencillez y sinceridad de un relato de buena hechura, al que da alma un reparto de alta calidad, compuesto por intérpretes que clavan sus pequeños y hermosos personajes, gente mísera y a la deriva, dueños de una poderosa sensación de verdad, que la cámara del director y guionista Benito Zambrano ensancha mirándoles fraternalmente a la altura de los ojos.
El dúo madre-hija que bordan en su cubil sevillano María Galiana y Ana Fernández, terciado por el vecino asturiano Carlos Álvarez Novoa, y complementado por Antonio Dechent, Paco de Osca y todos y cada uno de los fugaces intérpretes de paso que van desfilando a lo largo de los tramos del idilio de las dos mujeres protagonistas, logra convertir a la pantalla de Solas en un foco de contagio que conmueve y cautiva -sólo una pega mínima: a Zambrano le sobran palabras que le impiden desarrollar más las elipsis sugeridoras, la elocuencia de los silencios- sin acudir a ningún exceso melodramático, con compleja sencillez y difícil facilidad.
Dice Zambrano: «He intentado hacer una película insistente, que no le dé respiro al espectador. Que busque la grandeza y la miseria de los personajes. Una película donde la cámara comprenda el drama de los personajes. Una cámara que se detenga e intente extirpar, de cada pequeño detalle de la vida cotidiana, el drama o el significado de la vida de esos infelices, sin sentimentalismos y sin trampas. Una película sobria, que intente dignificar a sus personajes, que los trate con respeto y los arrope con una suave y casi imperceptible atmósfera de poesía. Una película que parezca pesimista, pero que en el fondo no lo sea. Una película que tenga una manera propia de comunicarse y que busque, sobre todo, una verdad, por fugaz que ésta sea. La incomunicación entre dos generaciones de mujeres son el asunto central de esta historia, al que hay que añadir otros, como el de la terrible soledad que sufren los ancianos en las grandes ciudades». Tardó Zambrano siete años en conseguir dinero para su aventura. No ha sido inútil su empeño. Logró lo que se proponía.
