Artículo sobre Argentina y su fábrica de fútbol, por Mariano Starosta.

Para quienes no lo vieron, Argentina y su fábrica de fútbol es un documental sobre un país que fabrica jugadores y los exporta, en el que los protagonistas, los jugadores, no están presentes.

Durante el desarrollo del documental se ven padres, entrenadores, un cazador furtivo de talentos, un árbitro y nadie jugando a la pelota.

Los ausentes de la narración son niños de seis a catorce años, intentando jugar en desteñidos clubes de barrio, de espaldas o fuera de cámara, que nunca tienen la palabra.

Contrariamente a lo que podría suponerse, la ausencia de los protagonistas, no es un capricho del director ni un recurso formal y lo más alarmante, es que si uno no presta la debida atención, ni siquiera lo nota.

Lo verdaderamente preocupante es que la mirada de Sergio Iglesias sobre este mundo se parece demasiado a la realidad.

Temo no estar siendo claro.

Todos nos despertamos cotidianamente viendo los goles de Messi en el Barcelona pero son pocos los que se preguntan cómo y donde se fabrican “los Messis” que hoy juegan en las principales ligas del planeta.

En países como la Argentina alrededor de un veinte por ciento de la población, unas ocho millones de personas viven en condiciones de pobreza.

Traducido a un idioma sensible, son seres humanos –como Messi– que nunca accedieron a los servicios básicos de salud, que no tienen una vivienda digna, que no reciben una educación adecuada, que tienen dificultades para comer un plato de comida todos los días y cuando se trata de niños, son hijos o nietos de familias en las que se ha perdido la cultura del trabajo.

¿Pero qué demonios tiene que ver todo esto con el fútbol?

El punto de contacto es extremadamente vulgar y fácil de ver si se baja a los infiernos.

Alrededor de esta situación social dolorosa y en muchos casos endémica se ha construido una cultura de la pasión por el fútbol, que atraviesa todas las clases sociales, una pasión que todo lo justifica y todo lo encubre ya que desde hace décadas, en nuestros países, se trabaja activamente para vender el concepto de que el fútbol, es el camino para salir de la pobreza, para tener un contrato millonario en euros y vivir sin sobresaltos dentro de la casa que el gran hermano tiene para ofrecernos.

Si uno visita los clubes de barrio y va con los ojos abiertos, todo se expone muy claramente y no es demasiado complicado comprender que son el primer eslabón de la cadena.

Lo que debe ser leído se exhibe en la puerta de entrada donde generalmente puede verse un cartel donde se anuncia la vinculación de ese pequeño club con algún renombrado club de la liga. La vinculación promocionada no siempre es engañosa. Los grandes clubes muchas veces pagan a un entrenador para que éste brinde sus servicios en un club de barrio pero lo que no se dice, es que esos entrenadores no están ahí para formar jugadores, ni enseñarle a niños de seis a doce años, a jugar en equipo sino para pescar talentos naturales, “jugadores diferentes”,   mercancía que con suerte y algunos años de espera, se convertirá en la tabla de salvación de preparadores físicos, técnicos, clubes, representantes y familiares que con las mejores intenciones, alimentan las calderas.

El sacrificio humano que se requiere para que este casting gratuito, como una ceremonia que nunca se termina, se ponga en marcha una y otra vez, está íntimamente ligado con esa cultura de la pasión que Sergio Iglesias pone en escena descarnadamente.

Sobre el escenario se ve la tragedia de padres que no ocultan su condición de jugadores frustrados viendo cada pelota que su hijo disputa como una cuestión de vida o muerte, entrenadores hablando de niños como si fueran cosas, árbitros que dirigen un partido de domingo como si estuvieran jugando la final de una copa del mundo o gente de pueblo, que a la luz del día y con la cámara encendida, le entregan su hijo a un cazador furtivo de talentos, con la promesa de que podrán verlo seis veces al año, en el mejor de los casos.

Los cientos de miles de niños que entregan sus infancias al sueño y a los catorce años son descartados de los clubes como basura, el ínfimo porcentaje de niños que siendo parte del sistema nunca juegan y cargan con la insoportable responsabilidad de sacar a sus familias de la miseria son los protagonistas, sin voz ni voto, de este drama que no se televisa ni se publica en los portales de internet, pero que está vivo todos los domingos, al norte y al sur del planeta.

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