Artículo sobre Dungún, la Lengua, por Hans Mülchi.

Elba Huinca, la protagonista de Dungún, la Lengua (2012), creció sin poder hablar el idioma de sus antepasados, los mapuche. Su madre y su padre habían decidido no enseñárselo, para que su hija no sufriera lo mismo que ellos, quienes cuando niños habían sido golpeados por hablar su lengua. Pero Elba solía escuchar atenta el mapudugún, el habla originaria, de boca de su abuela. Entonces, aunque no podía hablarlo, lo comprendía perfectamente. Un día les rogó a los antiguos sabios mapuche, como Leftaró y Galvarino, que la iluminaran para aprenderlo. Y al poco tiempo comenzó a hablar.

Esta anécdota, que Elba cuenta en esta bella y emotiva película, no sólo refleja la re-conexión de esta mujer con su cultura ancestral, de la que se mantuvo distante en su niñez, puesto que nació en Santiago, la capital chilena, ya lejos de su comunidad. También refleja la realidad de un gran número de miembros del principal grupo originario chileno, que han sido forzados a emigrar a la urbe, donde se desvinculan no sólo de la lengua, sino de todo el conocimiento material y simbólico de su cultura.

Los mapuche, recios guerreros, habían conseguido mantener “a raya” la invasión española –hecho único en América- en el límite del río Bio-Bío, donde se estableció un límite conocido hasta hoy como “La Frontera”. Pero después de la Independencia, los gobiernos chilenos los sometieron a sangre y fuego. Pero fue durante la dictadura de Pinochet cuando esta desestructuración cultural se profundizó, pues una enorme porción del territorio mapuche –que comprende gran parte del Chile centro-sur – fue entregado a empresas forestales de los principales grupos económicos del país que emergieron en ese período, y que hasta hoy sustentan el neoliberalismo imperante. Sus habitantes tienen dos opciones: o trabajar para esas empresas a sueldos miserables, o emigrar a la ciudad. Los mapuche, vocablo que en mapudugún significa gente de la tierra, pierden así su raíz, su conexión más poderosa con el mundo presente y pasado.

Pamela Pequeño, directora del documental, conoce muy de cerca este proceso, al que refiere con lucidez en su obra. Ella misma es heredera de un linaje que proviene de Petronila Riquelme, su tatarabuela mapuche, hija “ilegítima” de Bernardo O’Higgins Riquelme, prócer de la Independencia. Pequeño cuenta esta historia en La Hija de O’Higgins (2011), obra que inauguró el género documental autobiográfico en Chile.

Una vez que ha aprendido el idioma de sus antepasados, Elba decide potenciar su proceso de re-conexión con su origen. Lo hace enseñando dungún a los niños chilenos en una escuela de la periferia pobre del Gran Santiago. Lo que se ve en la película es sensible, prodigioso. Los niños se entusiasman con palabras tan ricamente sonoras como ñuke (“madre” en castellano) o piuque (“corazón”). Tocan el kultrún y la trutuka, instrumentos de percusión y viento. Varios de ellos se reencuentran y confiesan lo oculto pero evidente: también tienen abuelas mapuche. Tal evidencia no nace sólo de sus rasgos físicos, siendo morenos y de pómulos salientes. También proviene de los estudios científicos más modernos, que señalan que más del 80 por ciento de los chilenos tiene una predominancia genética que proviene de los grupos originarios. De los 9 que se reconocen oficialmente en Chile, los mapuche son los más numerosos y significativos culturalmente. No sólo han heredado a los chilenos sus rasgos físicos, sino precisamente vocablos y pronunciaciones que, infiltradas en el castellano, hacen parte de la especialísima –y para muchos incomprensible- versión del castellano que se habla en esta parte del mundo.

Por insólito que parezca, esta realidad patente es ignorada por la gran mayoría de los chilenos, que parecemos sucumbir a una autoimagen construida desde la imitación acrítica del Occidente europeo y norteamericano.

Pero la potencia y la vigencia de la historia de Elba y sus niños trasciende aquello. En su aula los niños chilenos, hijos del mestizaje mapuche-español, conviven con chicos inmigrantes, llegados recientemente de países latinoamericanos. Chile, encapsulado durante siglos en el último rincón del mundo entre la inmensa Cordillera de los Andes, el vasto Océano Pacífico y el desierto de Atacama -el más árido del mundo-, ha visto la llegada creciente de inmigrantes latinoamericanos los últimos tres lustros, atraídos por el auge del capitalismo neoliberal. En un país con tal negación de la autoimagen, la discriminación y el racismo prevalecen en el devenir social, y los inmigrantes recientes también son víctimas de ello.

Elba Huinca, tal como lo refleja el impecable trabajo de Pamela Pequeño, asume esta realidad en su compleja dimensión. Con una ternura y espíritu de acogida que son una maravillosa lección de pedagogía, propaga entre sus niños la tolerancia y el respeto a la diversidad, que no son sólo valores indispensables para un país desconocedor de su auténtica historia, sino constituyen una lección de amor y esperanza para una sociedad altamente segregada, como lo es el Chile de hoy.

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