Artículo sobre Hombres del Marañón, por Sebastián Pimentel.
Hombres del Marañón propone, al espectador, compartir algunas historias mínimas que permitan conocer los rostros, las costumbres, las lenguas, y la vida diaria de las diversas comunidades que habitan en los márgenes del río Marañón, uno de los más importantes afluentes del río Amazonas, y uno de los más grandes de la geografía peruana.
El río Marañón se origina en las alturas andinas de la cordillera de los Andes, cerca de la Laguna de Lauricocha —en esa zona también se ubican las famosas pinturas rupestres de las cavernas del mismo nombre—, y termina su curso uniéndose con el río Ucayali. El del Marañón es un recorrido que va, primero, hacia el norte del Perú, en la misma serranía, y luego hacia el Este, hacia la selva amazónica. Al confluir con el río Ucayali, el Marañón se transforma en el río Amazonas (que seguirá su curso hacia el Océano Atlántico, atravesando todo el Brasil).
A través de una voz en off que va hilvanando las historias, y el motivo intermitente de un ave que sobrevuela el río, la película de Raúl Gallegos se detiene en cuatro episodios. Primero, vemos a una familia campesina que habita a más de cuatro mil metros de altura, casi donde se origina el Marañón, en condiciones muy difíciles, de semi-aislamiento. Luego, en el más cálido valle interandino del norte, vemos a una niña de trece años colaborar con su familia vendiendo frutas a los camioneros. Más adelante, ya en la selva amazónica, unos niños del pueblo indígena Awajún compiten entre sí para demostrar sus habilidades y destrezas. Finalmente, en la región del Bajo Marañón, vemos a una mujer joven de la selva peruana que se gana la vida como comerciante a través de una barcaza que sirve de vivienda y, a la vez, de tienda ambulante.
Uno de los valores de esta película es su mirada abarcadora y transversal del espacio, que es capaz de descubrir al espectador ese “barroco latinoamericano” establecido, esta vez, por los diversos paisajes de un país que se caracteriza por su tierra escalonada, para nada “llana”, y que permite el paso de un “universo” natural, a otro muy distinto, en márgenes relativamente cortos. Hay que recordar que la cordillera de los Andes atraviesa el Perú verticalmente, delimitando una inmensa y ancha franja andina que, desde las alturas de las montañas hasta la costa del Pacífico —por el Oeste— o hasta la selva amazónica —por el Este—, determina una asombrosa pluralidad de pisos geográficos, por lo que el Perú es considerado como uno de los países con más diversidad climática y biológica del mundo.
Por otro lado, Hombres del Marañón llama la atención sobre las condiciones de vida de aquellos que habitan zonas aisladas, donde no llegan las instituciones y los servicios del “Estado”, y donde escasean medios de salud, alimentación, vivienda, educación, etc. Sobre cuando nos referimos a las pequeñas poblaciones, llamadas “comunidades”, que radican en las regiones del Oriente peruano. Debe tomarse en cuenta que uno de los principales problemas del Perú es su “centralismo”, el hecho de que el desarrollo político, educativo, tecnológico, cultural y económico ha tendido a concentrarse, históricamente, en la ciudad de Lima, la capital ubicada en la costa del Pacífico. A pesar de que siguen haciéndose esfuerzos por descentralizar el país, sigue resultando difícil la presencia del Estado en los espacios “alejados” del Perú —entre otros motivos, precisamente por lo escabroso, abismal, y complicado de su geografía atravesada por la ancha franja de los andes—.
Hombres del Marañón es, así, una de las pocas películas peruanas de mirada abarcadora en sentido antropológico y ecológico, que remonta la intrincada configuración territorial de este país sudamericano. A través del recorrido del río, conocemos no solo cada entorno natural y su sensualidad, siempre contrastada, sino también las costumbres, las alegrías, y las amenazas o “sustos” cotidianos que enfrentan los pobladores. Por ejemplo, la enfermedad de la abuela en el primer episodio, en las alturas de los andes, cuando parece que no llegará a tiempo la medicina; o el peligro que ronda a la niña que vende frutas a los hombres que están de paso por el pueblo, en el segundo episodio.
Más que una supuesta fragmentación –cultural, geográfica, política, lingüística—, a veces tan acusada como uno de los principales “males” del Perú, se señalan los peligros del aislamiento en tanto amenaza, a la vez fugaz y permanente, que suele acechar a seres frágiles que luchan por sobrevivir en su propio medio. Estos relatos tienen la textura del cuento breve o la anécdota sencilla, y va aunada con una fuerte empatía respecto a los personajes y las comunidades del Marañón. En ese sentido, la sensibilidad frente a la diversidad lingüística también se aprecia, sobre todo en la parte final. En Hombres del Marañón el río es sinónimo de vida, ya que junto a sus aguas la tierra se hace cultivable, y crecen los árboles, la flora y la fauna, así como los seres humanos. De eso trata esta película transparente y amable, de claro espíritu pedagógico, escrita y dirigida por Raúl Gallegos.
