Artículo sobre La maldición, el milagro y el burro, por Miguel Ángel Flórez.

El 17 de diciembre de 2010 el casco urbano del municipio cafetero de Gramalote, localizado en el oriente colombiano en el departamento Norte de Santander, fue destruido por una falla geológica que canceló en breves segundos la historia de esta población fundada dos veces, la primera de ellas el 27 de noviembre de 1857 y la segunda en 1883, situada  a un kilómetro al sur del primer enclave territorial.

La ardua e inacabada reconstrucción de la memoria colectiva que iniciaron los 8.000 habitantes de este municipio laborioso y alegre durante casi toda su vida centenaria, comenzó en el mismo momento en que este pueblo montañoso se quebró “como una cáscara de huevo” bajo el peso de una falla geológica que provocó su hundimiento.

En menos de un parpadeo, sus desesperados pobladores huyeron de ese “terremoto” que no dejó víctimas, y observaron con impotencia la destrucción de sus casas, calles, tiendas, iglesias y sedes del gobierno local, devorados por las profundas grietas causadas por la fragmentación del terreno, que cedió ante la humedad que el suelo no pudo absorber por la feroz ola invernal.

En medio del la huída, los trasteos y del destierro impuesto por la naturaleza, muchos de los habitantes tomaron de forma espontánea la última foto de las fachadas de sus casas en ruinas, como una suerte de testimonio visual del apocalipsis bíblico que castigaría a Gramalote y tan rabiosamente anunciado desde su púlpito por el sacerdote Ordóñez, a mediados del siglo pasado.

La implacable demolición que inició la naturaleza convirtió a Gramalote de la noche a la mañana en un pueblo fantasma y tornó la fiesta navideña del 2010 en un episodio triste que desterró para esa ocasión el legendario recibimiento con el que sus habitantes acogían la llegada de José, María, la mula y el buey para celebrar el nacimiento del Niño Jesús.

El 22 de diciembre de ese mismo año el presidente Juan Manuel Santos sobrevoló en helicóptero el municipio destruido y anunció como buen político la ruta de su reconstrucción: “Vamos a reconstruir el pueblo (…) Créanme que Gramalote va a quedar mejor. Vamos a hacer los estudios geológicos pertinentes lo más pronto posible, para que ustedes mismos escojan dónde quieren reconstruir Gramalote y ustedes decidirán cómo”, destacó el mandatario en esa ocasión.

Por supuesto, como muchas veces en la historia de Colombia, la promesa no se cumplió y desde entonces, los lugareños de Gramalote han convertido su memoria personal y colectiva en una identidad portátil y en una tierra movediza, cruzada de evocaciones, actos de fe, certezas, afectos y quimeras.

Por ello, la trama visual, narrativa y humana de  La maldición, el milagro y el burro, la cautivante coproducción hispanocolombiana realizada por el documentalista canario Ayoze O’Shanahan y la productora Mafe Céspedes, es un eco rotundo de las voces de esta comunidad que encontró la tierra prometida de su redención en las intimidades de sus recuerdos, en su fe católica inquebrantable y en las viejas fotografías que se conservaron en los álbumes familiares.

Expulsados de su propio territorio por la fuerzas de la naturaleza, los personajes de Ayozé O´Shanahan, reivindican la memoria como la nueva comarca en donde es posible fundar por tercera vez el terruño, ese camino no elegido, inasible y fortuito, poblado con los fantasmas del pasado y el tiempo suspendido del presente.

Al igual que en el poema La casa fantasma del poeta norteamericano Robert Frost, las criaturas que deambulan por La maldición, el milagro y el burro, parecen sugerirnos también que ellos han aprendido a habitar la vida con un extraño y oscuro dolor en el corazón, cercados por la soledad social y abandonados por el poder.

La comedia punzante de O´Shanahan va acumulando en la atmósfera surrealista y   provocadora del documental, las penumbras del exilio, las voces falsas de las promesas incumplidas, la imposibilidad del regreso y esa rabiosa perseverancia por volver al lugar en donde están enterrados sus muertos, y a la que sólo es posible acceder a través de la fe insolente de los desposeídos.

La Maldición, el Milagro  y el Burro, que puede definirse también como esa tierra prometida de la memoria, nos ha devuelto de nuevo la capacidad de asombro en las posibilidades narrativas y técnicas del documental, así como el extraordinario esfuerzo visual por interpretar los arraigados códigos culturales que cohesionan a una comunidad desde sus orígenes.

Por ello, este último filme de Ayozé O´Shanahan, busca zambullirnos en los rincones secretos de la vida de un pueblo y del que emerge una nostálgica galería de personajes, poseídos por la estela subversiva de los recuerdos a través del territorio insondable de la memoria.

La maldición, el milagro y el burro, sólo requiere para nuestra devoción, de la misma complicidad que siempre le otorgamos al encanto imperecedero de los viejos y legendarios documentales.

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