Texto de Luis Ángel Ramírez

El imaginario colectivo ha sido enormemente selectivo reivindicando la identidad de los pueblos indígenas americanos que sucumbieron con la llegada de los españoles al nuevo continente. El relato épico que se ha forjado en el imaginario colectivo latinoamericano alrededor de etnias como la maya o la inca, probablemente debida a su práctica extinción, es proporcional al olvido en el que han caído otros pueblos prehispánicos, fundamentalmente los ubicados en el cono sur latinoamericano y en el área de Centroamérica-Caribe.

Miskitu, el documental nicaragüense dirigido por Rebeca Arcia, nos acerca al presente de uno de estos colectivos, el miskito, que habitó el área centroamericana antes de la llegada de los españoles, y que ahora se concentra en 300 comunidades diseminadas en Nicaragua, fundamentalmente en la costa atlántica  y caribeña y alrededor del río Wangki. El dispositivo utilizado por la realizadora reúne a tres mikitos de generaciones diferente que reflexionan en primera persona acerca del momento vital que atraviesan. Un momento de cambio personal que de alguna forma entronca con el devenir contemporáneo de la identidad miskita.

Maikol Hernández es un joven que sale de su comunidad hacia Managua para estudiar en la Universidad. Los preparativos de su viaje y la preocupación que éste genera en su familia, nos acercan a los fuertes lazos comunitarios en los todavía se asienta la identidad del pueblo miskito. Familia y comunidad, son el binomio que atraviesa transversalmente y vertebra esa identidad.

Jerry Müller es un pastor evangélico de mediana edad que termina su aprendizaje en Managua y que hace el viaje inverso de Maikol para regresar a su comunidad y comenzar su apostolado allí.

Minerva Wilson es una educadora infantil que coordina el proyecto “Libros para los niños” en trece comunidades miskitas y cuyo objetivo es proveer de libros traducidos a su lengua materna  a los estudiantes más jóvenes que comienzan su aprendizaje lector.

La directora convoca en Miskitu el futuro, el presente y el pasado de su comunidad a través de estos tres personajes para reivindicar en voz propia la frase final de Minerva Wilson que cierra el documental: “El que no conoce su historia, no puede sentirse orgulloso de su identidad”. Y bajo esta estructura de reducido panóptico narrativo, llaman la atención algunos elementos que se filtran en la textura del documental y que plantean más interrogantes que certezas en torno a la posibilidad real de que el pueblo miskito logre mantener en el futuro sus propias decisiones identitarias, y, por ende, la posibilidad de que en un mundo global, con fuertes brechas en la distribución de los bienes materiales e inmateriales, cualquier grupo con una fuerte identidad propia y al margen de lo oficial pueda acometer esa tarea.

Paradójicamente, la posición inicial de la etnia miskita ante la revolución sandinista fue de una gran frialdad y lejanía. A pesar de que la ideología sandinista tenía como eje fundacional la corrección del gran desequilibrio en la riqueza de la que también eran víctimas los miskitos, esa vertebración social basada en el sentimiento de clase y no en el identitario, generó un recelo en los grupos tribales que presintieron que sus formas organizativas podían peligrar en favor de una sociedad con una mejor redistribución de los recursos pagando como precio una mayor homogeneización social. Una sociedad más igualitaria pero también menos atenta a las diferentes sensibilidades de la construcción identitaria. Algo que sí había comprendido Somoza, quien prefirió un trato cuasi paternal con los miskitos, dejando hacer a los consejos de ancianos e interviniendo prácticamente nada en los elementos más sensibles de la forma de vida miskita. Un “respeto” basado obviamente en la especie de pax romana en la que la no agresión mutua era el elemento clave de la relación.

Esta extraña relación con el poder que finalmente gobernó la Nicaragua post guerra fría, unido al centralismo en que se ha instalado Managua respecto al resto del país, ha hecho que las comunidades miskitas, apegadas ancestralmente a una cultura fluvial – en la que el río es el epicentro de las comunicaciones, los ritos, las transacciones-, sientan un cada vez mayor alejamiento de la herencia hispánica que representó el sandinismo.

Maikol llega a la Universidad, es el primero de su linaje que lo hace, con la absoluta convicción de que debe devolver en el futuro a su comunidad las competencias profesionales que allí construya. Pero lo cierto es que depende de las becas que el Gobierno provea para seguir sus estudios, del escaso dinero que su familia envía para poder mantenerse, y de otros estudiantes miskitos con los que comparte estudios para no filtrases en el magma de referentes hispánicos en el que vive inmerso diariamente. La incertidumbre y la precariedad es la otra cara de la moneda del sueño de una comunidad capaz de labrar un prospero futuro con un colectivo joven mejor preparado. De hecho, un importante número de estudiantes miskitos acaban recalando personal y profesionalmente en Managua o en otros centros urbanos nicaragüenses en busca de la rentabilización y del proceso socializador global que han adquirido en la Universidad.

La presencia del pastor miskito también pone en relieve la inmersión que ha tenido en los últimos años el evangelismo en América Latina y especialmente en las etnias que mantienen una fuerte identidad comunitaria. Un auge que revela el fracaso del catolicismo para entender el lenguaje que generan los fuertes lazos comunitarios establecidos en sus códigos y el lenguaje fuertemente participativo de sus rituales, esa energía que sí ha entendido y fagocitado el evangelismo,  entendiendo por ejemplo el extraordinario papel de la mujer miskita en la comunidad.

Y los esfuerzos de Minerva Wilson por preservar la lengua vehicular como primer y más importante elemento transversal para mantener unas señas de identidad propias en un contexto en el que el español se impone como lengua oficial, devienen en un esfuerzo personal ímprobo, casi heroico, que nuevamente choca con la evidente dependencia de los recursos estatales, de los españoles, para poder traducir los libros infantiles a la lengua miskita y sobre todo generar una red solvente de prescriptores que hagan buen uso de ese preciado material docente.

Miskitu es sin duda una reivindicación honesta y sentida de una forma de estar en el mundo, ancestral, que lucha por sobrevivir en un entorno cada vez más hostil hacia los que desde su identidad más íntima sólo pretenden preservar una forma de vida propia. Pero también revela que la posibilidad real de que esto ocurra en un futuro inmediato sólo depende de la sensibilidad del otro, de quien comparte ese espacio y sabe respetar y entender esa diferencia.

Luis Ángel Ramírez

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