Texto de Lola Mayo

Las razones por las que un hombre dice “no” pueden no ser extremadamente claras, pueden no ser evidentes o explicables. En cualquier caso, no tienen por qué ser razones demasiado grandes, no tienen por qué ser esas razones que a los hombres los convierten en héroes.

El hombre al que se dirige esta carta, el Camilo de Querido Camilo, descubre que no quiere ser un héroe, que no lo necesita, que él no sabe ser un héroe en los términos que su país de adopción le exige. Camilo Mejía es un nicaragüense de treinta años. Sus mejores amigos de juventud deciden escribirle una carta en forma de película cuando un día lo ven en la televisión, acusado supuestamente de un crimen grave, detenido por dos mandos militares estadounidenses. Eran poco más que adolescentes cuando se separaron. Camilo ingresó en el ejército de los Estados Unidos y desde allí les escribió alguna que otra carta que ellos no habían contestado…

Las televisiones del mundo entero cuentan entonces el crimen de su amigo: Camilo es el primer soldado del ejército estadounidense que ha abandonado la guerra de Irak. Poco antes se negó a atacar en una operación que le pareció destinada solo a dañar al enemigo para ganar para su batallón una gloria incierta e inútil, golpeando a una población que frente a las armas espectaculares que ellos tenían, solo tenía granadas para defenderse.

A Camilo le dieron entonces un permiso de vacaciones, y después, sencillamente no se incorporó a su puesto, y vivió clandestinamente durante 5 meses, hasta que decidió entregarse a las autoridades militares.

El no de Camilo iba más allá de la “travesura” de aquel que un buen día no vuelve a trabajar. Camilo había ido, sin proponérselo, mucho más lejos: estaba cuestionando el concepto del héroe, el concepto del defensor de la patria y la ley que desde hace décadas construyen los países más ricos, alguien dispuesto a matar y morir por esas causas justas fabricadas por el gobierno más poderoso del mundo, por la ideología más influyente y por el territorio más deseado y respetado: los Estados Unidos de América.

Ese deseo, esa ambición de “vivir dentro de una película” es lo que Camilo fue buscando. “Quiero emborracharme de cocacola”, escribía en una carta… Este documental está lleno de verdades a la altura de los ojos, sus amigos de juventud no pretenden presentar a Camilo como abanderado de quien sabe qué pacifismo. Camilo es un tipo de treinta años como tantos otros que en sus veintitantos decidieron formar parte de la uniformidad que impone el monstruoso país de las grandes oportunidades. Él mismo reconoce que lo único que quería era “pertenecer”, ser parte de algo… aunque eso supusiera diluirse.

Desde este momento de la entrega voluntaria de Camilo a las autoridades, la película va desgranando la “vuelta a casa” de Camilo, su verdadera entrada en la adultez. En casi un año de cárcel el sargento Mejía se encuentra con un “yo” que no habría conocido de no haber decidido un día, de forma inconsciente, entrar al ejército.

Él mismo dice: fue inmaduro entrar allí sin pensar en lo que eso suponía. Sus amigos, los que le escriben esta carta, le preguntan lo que cualquier amigo preguntaría; y él responde que sí, que sí ha disparado, y que sí, que sí ha torturado. “Se trataba sencillamente de no dejar a los prisioneros dormir, aunque para ello tuviera que ponerles una pistola en la cabeza. ¿Por qué no me negué a hacer aquello?”

Aquella decisión equivocada de Camilo es la de tantos emigrantes de segunda generación en Estados Unidos que ven en el ejército una, casi la única, opción de vida, por la oportunidad de un buen sueldo, cobertura médica y respeto social. La película, en voz baja, se pregunta: ¿qué es lo que hace a una persona hacer casi cualquier cosa para entrar en esa fraudulenta vida de ensueño? ¿Qué es lo que hace que alguien entregue su vida para pagar su vida?

La decisión de Camilo hubiera sido una decisión más lógica de no ser él alguien particular. Camilo es uno de tantos hijos de militantes revolucionarios latinoamericanos de los 60 y de los 70 del pasado siglo que sencillamente se desvincularon de las luchas de sus padres y vivieron con privilegios que ellos no tuvieron que conquistar. Camilo es hijo de un militante sandinista, y no de cualquiera, sino del cantautor Carlos Mejía Godoy, el que fuera símbolo cultural de la revolución nicaragüense.

Su mundo no era del Frente Sandinista, sino el de los conciertos en los que su padre reunía a cientos de miles de fans cantando himnos que para el muchacho eran solamente folclore, que no evocaban nada en él, himnos que celebraban algo que estaba ya, teóricamente, logrado.

“Ay, Nicaragua, sos mas dulcita que la mielita de Tamagás. Pero ahora que ya sos libre, Nicaragüita, yo te quiero mucho más”.

Camilo, en su pequeñez y su grandeza, intenta en esta película enfrentar su miedo, el de entonces y el de ahora, sin aspirar a la construcción de un gran discurso, poniendo solamente lo que tiene, su convicción. Quiere dar una oportunidad a la paz, la pequeña oportunidad del que exhibe un no en la palma de su mano.

Lola Mayo

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