Crítica de 'El limpiador', por Federico de Cárdenas. Publicada en La República (Perú), el 13 de abril de 2013
Adrián Saba (Madrid, 1988) ha contado las dos ideas que estuvieron en el origen de la historia: Lima amenazada por una misteriosa plaga que ataca a sus habitantes, la misma que exige la presencia de agentes sanitarios que recojan a los muertos e “higienicen” los lugares donde ocurren los fallecimientos. Con ellas Saba, también guionista de su filme, imagina la historia de Eusebio Vera (Víctor Prada), el “limpiador” del título, dedicado –como otros– a la tarea de impedir la propagación de la plaga, una tarea que cumple a conciencia.
Un día que Víctor cumple labores en una casa que parece abandonada, ruidos cercanos le descubren la existencia de Joaquín (Adrián Du Bois), un niño de unos 8 años que se ha refugiado en un clóset desde la muerte de su madre, ya retirada del lugar. Un elemental sentido de la responsabilidad lleva a Víctor a hacerse cargo del chico, en un inicio con la intención de llevarlo a un albergue, pero luego ante la falta de cupo en su propio departamento, al menos hasta que encuentre a su padre o familiares.
Es aquí que la cinta se vuelve apasionante, al describirnos la relación de este personaje solitario, apegado al trabajo y sin relaciones próximas (su padre, lo sabremos luego, está internado en un hospicio y Eusebio no ha ido a visitarlo) con un niño que no ha asimilado la muerte de su madre y tiene miedo. Lo interesante del tratamiento de ambos personajes es que nada no es explicado de antemano y mucho menos a través de un acercamiento psicologista. La paulatina comunicación entre Eusebio y Joaquín se da a partir de una serie de situaciones concretas que siempre tienen en cuenta lo inmediato y práctico.
Es evidente que Eusebio busca fortalecer al niño y librarlo de sus temores (el paso del encierro en el clóset a la caja de cartón y de esta al casco descubre un paulatino afianzamiento), pero, al mismo tiempo, la presencia de Joaquín contribuye a llenar un vacío muy marcado en la vida rutinaria de alguien que parece volver a interesarse en el mundo a partir de tener que responder a las preguntas del niño y darle seguridad. En cierto modo, ambos pasan a depender el uno del otro y todo ello mientras se acentúa el ambiente de precariedad determinado por la plaga y la constante presencia de la muerte.
Hay un tercer personaje en la cinta, que es la ciudad de Lima convertida en una suerte de gran espacio de desolación que va siendo despoblado por la pérdida de habitantes. Como ocurre en las distopías modernas, el cineasta-guionista no explica nada de lo que ocurre: no sabemos cuándo ni cómo empezó la plaga, si la ciudad se ha vaciado porque ha sido evacuada o porque gran parte de sus habitantes han muerto. De la plaga sabemos lo que vamos viendo: gente que elige el suicidio (como en la formidable primera secuencia en el puente Villena), que cae súbitamente muerta (la secuencia en el restaurante, con un Eusebio que no deja de comer y a quien la presencia de un cadáver no impresiona) o es retirada hacia la cremación en lugares apartados (como la cima del Morro Solar).
Los únicos datos de cuanto ocurre fluyen de los sonidos entrecortados de un televisor y el resto son imágenes: el agotamiento de los médicos, la incesante tarea de los “limpiadores” y, sobre todo, la ciudad, cuyos habituales lugares repletos lucen ahora vacíos: el aeropuerto, el metro, el estadio nacional. Y sobre todo las calles, con escasos autos, escasísima gente en ellas y una marcada sensación de extrañamiento, que el cineasta agrava privando a sus imágenes de los tonos cálidos. Lo que queda es una gama de tonos fríos y deslavados, con los personajes vistos en planos frontales, por lo general teniendo a sus espaldas fuentes de luz de un blanco lechoso o rodeados de matices verdes, como en la secuencia de la piscina.
Los propios recorridos que hacen, primero Eusebio solo, y luego acompañado del niño ya vestido de su uniforme de “limpiador” y con su inseparable casco, son manejados con un efecto reiterativo. Son espacios en los que reinan la enfermedad y la muerte (hospitales, cementerios, parques y playas sin visitantes) y es significativo que la única persona con la que se cruzan en el metro se inquiete al verlos sin mascarillas. La notable banda sonora electrónica compuesta por Karim Zelinski realza las imágenes y contribuye al clima tanático del filme.
La rutina se duplica en el interior del departamento de Eusebio, donde las acciones se reiteran (el llavero que cae siempre al suelo, la esterilización al llegar, el acto de encender la TV, etc.). Sin embargo, no es cierto que todo sea inmovilidad. Allí se desarrolla una dinámica entre Eusebio y Joaquín que les permite conocerse y adquirir confianza uno en el otro. Es un proceso entrecortado (y la narrativa de la cinta mantiene un soberbio manejo de la elipsis y del dato escondido) que marca la recuperación de Joaquín, pero también la apertura de Eusebio hacia el niño y hacia su propio padre (un buen rol de Carlos Gassols), con quien opera una transferencia: Eusebio tiene que reconocerse como hijo para poder hacer de padre adoptivo.
Pero Adrián Saba no hace concesiones, pues El limpiador es, a su modo, un canto de despedida, cuyos momentos de comunicación (el estadio, la playa) son preparatorios para la secuencia final, la única en la que la cámara se mueve en travelling acompañando a Eusebio y luego queda en manos del operador acompañando en plano fijo al protagonista (un formidable Víctor Prada) y su breve ritual de adiós.
No sabemos hacia dónde se dirigirá Adrián Saba en su próxima cinta (ya escribe el guion en la residencia de la cinefundación de Cannes) pero sin duda estamos –con el de Joanna Lombardi– ante el debut de mayor interés del cine peruano reciente.
