Por Pablo Gamba
La reforma de la Ley de Cine de finales de 2005 ha sido el acontecimiento más importante para el cine venezolano en lo que va del siglo XXI. A través de ella se creó un fondo para el financiamiento de la producción de películas, con el aporte de 5% del precio de cada boleto y contribuciones de todos los sectores involucrados en el cine, y de la televisión de señal abierta y por subscripción. Fueron establecidas, además, cuotas de distribución y de pantalla para el cine nacional, y lo más importante: se creó una protección para mantener en cartelera los filmes que se estrenan. Toda película nacional tiene un mínimo de dos semanas continuas de exhibición, a lo que se añade que no puede ser retirada si cumple con un número mínimo de espectadores establecido y fiscalizado por el Centro Nacional Autónomo de Cinematografía, y que en la actualidad es de 60% del promedio de las respectivas salas.
De un promedio de 4 estrenos venezolanos por año, entre 2000 y 2005, se pasó a 11 en 2006. Luego a 16 como promedio anual entre ese 2006 y 2010, con el récord de 32 películas nacionales que llegaron a los cines en 2008. En 2011 fueron 16, 13 en 2012 y 21 en 2014.
Son cifras ligeramente superiores a las de la anterior época de mayor esplendor del cine venezolano, a mediados de la década de los ochenta. Entre 1984 y 1988 el promedio anual de estrenos nacionales fue de 14. En 1984, además, se había establecido la marca de más entradas vendidas en el país por una película venezolana, con los 1,3 millones del policial Homicidio culposo, dirigido por César Bolívar, y al año siguiente seis filmes nacionales estuvieron entre los 10 más taquilleros en el Área Metropolitana de Caracas. Un estreno de diciembre de 2013 batió el récord de Homicidio culposo con más de 1,9 millones de entradas. Fue la comedia deportiva Papita, maní, tostón, dirigida por Luis Carlos Hueck
El número total anual de espectadores del cine venezolano se ha multiplicado por más de 5 en los años que han transcurrido desde la reforma de la Ley de Cine. De más de 787.000 espectadores en total, en 2006, se llegó a otro récord: 4,12 millones registrados en 2014 hasta el 6 de noviembre por el CNAC. La marca anterior también era de los años ochenta: 4.119.393 en 1986. La cuota de mercado del cine nacional ha llegado en 2014 a 16,44%.
La importancia que ha tenido la ley también se percibe si consideramos que el desarrollo reciente del cine venezolano se ha dado de manera sostenida en una economía con estricto control de cambio y controles de precios, pero con un crecimiento irregular y que tuvo una inflación anual que ha variado entre 20,1% y 30,9% entre 2007 y 2012. Si bien el impulso inicial coincidió con un incremento de 10% del PIB en 2006 y 8,4% en 2007, y los 32 estrenos de 2008 se dieron cuando la expansión fue de 4,8%, en 2013 llegaron 21 películas nacionales a los cines con un crecimiento del PIB de 1%, y 56,2% de inflación.
A las políticas públicas establecidas en la Ley de Cine el Estado venezolano añadió la creación de un estudio en 2006, la Villa del Cine. La producción de la Villa del Cine que ha llegado a las salas ha sido diversa, con una inclinación hacia los filmes de temática histórica —Miranda regresa (2007), Azú, alma de princesa (2013) y Bolívar, el hombre de las dificultades (2013), dirigidas por Luis Alberto Lamata; Zamora, tierras y hombres libres (2009) y Días de poder (2011) de Román Chalbaud, y La clase (2007), dirigida por José Antonio Varela—. Las más destacadas de sus películas han sido, sin embargo, dos cintas de ficción sobre problemas sociales: Cheila, una casa pa’ maíta (2010), dirigida por Eduardo Barberena, que tiene como protagonista a una transexual, y Brecha en el silencio (2013) de los hermanos Luis y Andrés Rodríguez, un thriller psicológico sobre el abuso en el seno de una familia humilde, cuyo personaje principal es una sordomuda. El estudio gubernamental también ha participado como coproductora en filmes de realizadores independientes.
La Asociación Venezolana de Exhibidores de Películas señala al “drama urbano popular” como el género más taquillero del cine nacional actual, con un promedio de más de 375.000 espectadores por cinta entre 2005 y 2013. Es expresión de un renacimiento del interés en el país por los marginados. El triunfo electoral de Hugo Chávez en 1998 contribuyó también a darle voz ese sector de la población, que constituía el núcleo social de su base política.

El regreso (Patricia Ortega, 2013)
En el “drama urbano popular” hecho a partir del año 2000 pueden percibirse varios giros en la temática del delincuente marginado. El primero es el que le dio antes Huelepega (1999) de Elia K. Schneider (1999), al llamar la atención sobre los niños de la calle, que son excluidos entre los excluidos. Personajes de ese tipo son también las protagonistas de Maroa (2005) de Solveig Hoogesteijn, que se subtitula Una niña de la calle, y El regreso (2013) de Patricia Ortega, sobre una niña wayuu que huye a Maracaibo luego de un ataque de los paramilitares en Colombia. Esa película ha sido uno de los intentos recientes de dar visibilidad a los indígenas en el cine nacional, y de hacer también que se escuchen sus lenguas en las salas.
Otro giro significativo del “drama popular urbano” ha sido hacia la espectacularidad, en Secuestro Express (2005) de Jonathan Jakubowicz; La hora cero (2010) de Diego Velasco, que recuerda a Tarde de perros (Dog Day Afternoon, 1975) de Sidney Lumet, y Cyrano Fernández (2007) de Alberto Arvelo. En esta última película el protagonista es un delincuente con rasgos de militante político y superhéroe, interpretado por Édgar Ramírez. También se inscribe en un género característico del cine de Hollywood Hermano (2010) de Marcel Rasquin, ganadora del Jorge de Oro en el Festival de Moscú. Es un drama deportivo de dos hermanos que viven en un barrio pobre, unidos por el fútbol y separados por el hampa.

Piedra, papel o tijera (Hernán Jabes, 2012)
La obra más importante de los últimos años en el género de la delincuencia y la marginalidad es Piedra, papel o tijera (2012) de Hernán Jabes. El trasfondo de la guerra en la que se ha transformado el crimen para el cine venezolano se convierte aquí en denuncia de la responsabilidad de la policía al aprovecharse de esa situación. Jabes es, además, un director que se destaca por su capacidad de hacer de la música un elemento de la narración.
Entre los filmes de esa temática sobresalen también otros dos, además de Hermano. Son El rumor de las piedras (2011) de Alejandro Bellame, un melodrama que tiene como protagonista a una madre trabajadora con un hijo que cae en la delincuencia, y El enemigo (2008) de Luis Alberto Lamata, una película de autor minimalista, que se distingue además porque el tratamiento de la delincuencia expresa una inquietud moral, más que social.
Un cineasta surgido de los barrios populares ha llegado a los cines con sus películas de “malandros”. Es Jackson Gutiérrez, quien era barbero en Petare y comenzó haciendo cine amateur en esa zona de Caracas. Fue codirector junto con Carlos Daniel Malavé de Azotes de barrio (2013), basada en una de sus cintas de aficionado. Luego dirigió Complot (2014).
El segundo género en popularidad en el país es la comedia, según el gremio de los exhibidores. Entre las que se han estrenado desde 2000 hasta ha actualidad se destaca Punto y raya (2004), dirigida por Elia K. Schneider, sobre los militares en la frontera colombo-venezolana. Luego Libertador Morales (2009) de Efterpi Charalambidis, en la que se conjugan el culto a Simón Bolívar y la controversial figura del “vengador anónimo”, y Habana Eva de Fina Torres (2010), una película que recuerda al clásico del cine brasileño Doña Flor y sus dos maridos (Dona Flor e seus dois maridos, 1976) de Bruno Barreto y que se desarrolla en la capital de Cuba. Las dos últimas son producciones de la Villa del Cine.
El interés por la historia de Venezuela ha sido significativo por lo que respecta al número de películas que se han hecho y al caso de Libertador (2013) de Alberto Arvelo, una superproducción sin precedentes en el país, cuyo presupuesto ha sido calculado en 50 millones de dólares. Fue escrita por Timothy Sexton, uno de los guionistas nominados al Oscar por Children of Men (2006) de Alfonso Cuarón. La protagoniza Édgar Ramírez y la música es del director venezolano de la Filarmónica de Los Ángeles, Gustavo Dudamel.
Además de esos filmes hay dos cintas históricas de Diego Rísquez: Manuela Sáenz (2000), sobre la mujer que fue pareja de Simón Bolívar, y Francisco de Miranda (2006), sobre el prócer homónimo. También están Taita Boves de Luis Alberto Lamata (2010) y Memorias de un soldado (2012) de Caupolicán Ovalles, ambientadas en la Guerra de Independencia, además del documental Tiempos de dictadura (2012) de Carlos Oteyza, sobre el régimen de Marcos Pérez Jiménez, que tuvo 164.000 espectadores, entre varias otras películas.
Algo curioso del cine venezolano actual es que ha permanecido relativamente a salvo del duro enfrentamiento político que han caracterizado al país desde la llegada del difunto Hugo Chávez a la Presidencia de la República, en 1999, y en particular después del golpe de Estado del 11 de abril de 2002 y el paro petrolero que se inició en diciembre del mismo año para tratar por segunda vez de derrocarlo. Las cifras de los exhibidores indican que el drama político dista de ser uno los géneros favoritos de los espectadores: el promedio de entradas vendidas por filme entre 2005 y 2013 es de 31.845, lo que es poca cosa en Venezuela. Lo que se ha hecho con lucidez es buscar en el pasado situaciones que llamen la atención acerca de la política del presente, como Taita Boves, sobre el caudillo José Tomás Boves, que combatió contra la República con un ejército de negros y pardos, y Tiempos de dictadura.
La controversia política rodeó la fundación de la Villa del Cine, que fue considerada por opositores como maquinaria de propaganda del gobierno. También el estreno de Secuestro Express, por la inclusión de unas imágenes transmitidas por la televisión que sirvieron para justificar el golpe de 2002, y más recientemente Libertador, por la cantidad de dinero que costó y porque en ella ha sido visto un mensaje oficialista, así como Pelo malo (2013) de Mariana Rondón, por sus críticas a la devoción a Chávez, entre otros casos. Pero las críticas políticas al cine han sido sumamente moderadas, comparadas con las que se hacen en otros ámbitos, y hasta ahora no ha existido censura de filmes para exhibición comercial. Además, organismo que aprueba lo proyectos que acceden a los recursos generados por la ley, el CNAC, tiene una composición plural y en él participan todos los gremios del cine.
El cine de autor que llega a los festivales más importantes ha tenido un lugar reducido en el cine venezolano que se ha hecho desde el año 2000, y esa es una de las razones por las que es una cinematografía poco conocida en América Latina y en el resto del mundo, en comparación con la de otros países que producen un número similar de películas. Sobresale como un logro singular la Concha de Oro que ganó en San Sebastián Pelo malo, y en la filmografía de Mariana Rondón hay otro título que quizás debería conocerse más: Postales de Leningrado (2007). Por su narración lúdica, hecha desde el punto de vista de los niños, se distingue entre las películas latinoamericanas recientes sobre los hijos de los guerrilleros. También ha recibido un galardón importante en España Miguel Ferrari, el Goya a la mejor película hispanoamericana por Azul y no tan rosa (2012), un filme de temática gay, y en el palmarés del cine venezolano resalta, además, el premio de Hermano en Moscú.
Otros cineastas se han destacado como autores con obras de género, como Alejandro Hidalgo con La casa del fin de los tiempos (2013), que se ha abierto camino en los festivales especializados en cine fantástico, y hay que añadir a esa lista a Hernán Jabes, Fina Torres, con Liz en septiembre (2014), y Alejandro Bellame, realizador también de El tinte de la fama (2008), una dramedia sobre una joven que se inscribe en un concurso de imitadoras de Marilyn Monroe para tratar de evitar caer en la miseria. Hay además obras de autor en el documental, pero han sido poco vistas en las salas comerciales del país, a pesar de su calidad. La ley aún no ha logrado abrirles el camino a ese tipo de películas en Venezuela.


