Crítica de El abrazo partido, por Diego Trerotola. Revista El Amante (Argentina). Nº 143. Marzo 2004.

I. EMPEZAR. Esa es la palabra que mejor le cabe a El abrazo partidoy especialmente a su protagonista, Ariel Makaroff (Daniel Hendler). Porqueen la película -o en la vida de Ariel, que es lo mismo- sólo se trata de empezar y nunca de terminar. Específicamente, el relato de la película está planteado a partir de escenas que no tienen un cierre, de fragmentos inacabados. Y esta imposibilidad de terminar llega hasta las últimas consecuencias: tras la palabra «fin», la película presenta una nueva escena. Por su parte, Ariel empezó a estudiar arquitectura, a enamorarse de Estela, a coger con Rita, a tramitar la ciudadanía polaca, a conocer a su madre Sonia y a su padre Elías, a independizarse de sus padres, a buscar su identidad. No finaliza ninguna de estas cosas, solamente las abandona o las pierde. Aviso: cuando pienso en El abrazo partido no puedo dejar de mimetizarme con Ariel; por eso, esta crítica es una serie de apuntes inconclusos, porque me resultó imposible terminar nada. Eso sí, pude empezar.

II. GALERIA. Ariel dice que abandonó la carrera de arquitectura por una cuestión de escala: no puede pensar en construir una casa cuando su preocupación es instalar la cortina o los estantes en ese minúsculo negocio de la galería donde trabaja con su madre. Ese negocio es una lencería llamada Creaciones Elías, en alusión a su padre, quien viajó a Israel tras la circuncisión de Ariel. El personaje y la película se internan la mayor parte del tiempo en la galería y sus alrededores, como acuartelados en esa escala menor. Porque creen que allí hay historias que «vale la pena contar»: son las de judíos, italianos y chinos que pasan la mayor parte del tiempo tras las vidrieras de sus locales exhibidos como mercadería. Esa galería de El abrazo partido es más prima hermana de la calidez de la tabaquería de Harvey Keitel en Cigarros y Humos del vecino que de la calle ajetreada y multicultural de Haz lo correcto, de Spike Lee. Porque es un lugar de convivencia, cruces y roces, pero sobre todo, de mitos, mística, secretos y milagros. De hecho, la mayor apuesta de la película, sostenida con una consistencia envidiable, es la de encontrar todo eso en el espacio limitado, mundano, envejecido y démodé de la galería, hoy superada por la magnificencia y el glamour de los shoppings. Pinta tu galería y pintarás el mundo.

III. MIRADA. Entre tanto desbarajuste y fragmento, la narración de El abrazo partido tiene un gran poder de cohesión gracias a la solidez del punto de vista de Ariel. En realidad, pocas películas argentinas soportan con tanta eficacia la mirada de un personaje a partir de la puesta en escena. O, en este caso, conviene decir «de la puesta de cámara». Llegando a niveles de virtuosismo, Ramiro Civita, responsable de la fotografía y la cámara, desarrolla una de las más deslumbrantes tareas en esas dos áreas. Su cámara sigue sin respiro la mirada curiosa y detallista de Ariel, su ritmo al caminar, correr y hablar. A través de sus movimientos, de bruscos a lentos, el encuadre expresa con exactitud y originalidad el sentimiento del personaje. En este sentido, los planos de su fascinación por Rita o su contemplación distante de Osvaldo, el papelero, son ejemplares.

En muchos momentos, mientras dialoga con otros personajes, Ariel bosqueja el retrato de su interlocutor en un papel. Los bocetos de Ariel tienen mucho de la estilización del dibujo artístico, pero también de la exageración de la caricatura. Civita se planta en ese mismo cruce y logra conjugar estilizados planos fijos con una cámara en mano con mucho nervio. Mediante casi todos los recursos de la puesta en escena más cinematográfica, la imagen de la película alcanza una vitalidad inusual y se sacude la pereza o miseria visual de mucho cine argentino.

IV. CORRER. A toda velocidad. Saltando bolsas de basura aplastadas en las calles. De esta manera, con unas carreras tan bellas como inconcebibles, también se expresa Ariel. A veces, no necesita palabras ni gestos; sus piernas hablan mejor y con un desenfreno sorprendente. Y el montaje y la fotografía lo siguen con cortes y planos precisos, rítmicos y acertados. Momentos en combustión a veinticuatro cuadros por segundo. Cine puro.

V. PERSONAJES. Ni caricaturas ni retratos al natural. Ni arquetipos ni sujetos absurdos. Los que habitan la galería son un puñado de creaciones intermitentes, intermedias como los dibujos de Ariel. Hasta el más fugaz de los personajes tiene una presencia reconocible por la acertada atención a sus detalles únicos: un guardapolvo turquesa o un bigote anchoa. Las voces y los cuerpos se cruzan pero nunca se confunden, las diferencias personales no son defectos ni trabas sino riqueza y posibilidades.

VI. HUMOR. Con su estilo particular, el humor de El abrazo partido admite pensar una especie de tradición que, con estacadas finas y sutiles, está cimentando un camino sólido en el cine argentino, y que incluye a Silvia Prieto, Nadar solo, El fondo del mar, bado, Balnearios, Ciudad de María. Si bien son películas bastante diferentes entre sí, la característica que las relaciona es un humorismo que puede ser tan inteligente y cinematográfico como sentimental y humano. Nada tiene que ver con la estructura del chiste, sí con una sensibilidad cómica de lo inesperado, lo torpe, lo inoportuno. Sin duda, el desparpajo de la entrevista de Ariel con el empleado polaco es el momento de humor más efectivo de esta película y lo que la relaciona con esta extraña y novísima tradición.

VII. DESACOSTUMBRADO. A la película se la acusó de costumbrismo retrógrado. Hago una defensa breve. El costumbrismo malo (aunque no sé si existe del bueno) es una disciplina basada en un fetichismo simplificador. Su mirada toma elementos populares muy reconocibles y los sustituye por representaciones que no los hacen ni más extraños,desfigurados o complejos de lo que son originariamente. Como se lee en los últimos cuatro puntos, en El abrazo partido se trata de todo lo contrario: hay más tendencia a la creación que al mero reflejo de una realidad.

VIII. MUCHO. Y todo junto, demasiado amontonado. Rejunte de objetos diversos de improbable pertenencia a clasificaciones, museos, catálogos, películas. Bombachas elásticas con frutillas estampadas, un pez cantarín de juguete, un cuchillo inofensivo para cortar leika, carteles flúo que señalan ofertas, una campera inflable naranja, también flúo. Cientos y cientos de porquerías que desfilan, unas contra otras, en un montaje entre imposible y sorprendente. Consecuentemente, sus colores explotan en las más variadas direcciones. Y ese colorinche, que centellea como telón de fondo omnipresente, hace aparecer a la galería y aledaños como un gigante libro para colorear completado por un lunático. El registro de ese colorinche, como una extraña muchedumbre acumulada, también logra que la película escape del costumbrismo y confirma la fotografía infalible de Civita.

IX. HENDLER. Actor uruguayo que viene haciendo capote en películas argentinas. Ariel Makaroff es un personaje impensable para nadie más que Daniel Hendler. En principio, por su modo de hablar, con esa voz dubitativa, con esas palabras que resbalan como al rebobinar un cassette, con esas frases que siempre están empezando,que nunca llegan al punto, que quedan como suspendidas. Si bien mantiene el mismo juego verbal de otros de sus personajes, en El abrazo partido Hendler se aleja de ese joven abúlico, de una extrema pasividad que compuso varias veces. En las carreras mencionadas antes, el actor parece calzarse las botas de siete leguas de un gigante; se lleva el mundo por delante y despliega una actividad física inédita que alcanza niveles de gran expresividad corporal.

X. BURMAN. Muchas cosas cambiaron en su cine; y hasta me atrevería a decir que cambió casi todo. Y para bien. El cambio fue tal que resulta difícil relacionar el contenido de cualquiera de los apuntes precedentes tanto con el corto de Historias breves, Niños envueltos (1995), o con los tres largos anteriores: Un crisantemo estalla en Cincoesquinas (1998), Esperando al Mesías (2000), Todas las azafatas van al cielo (2002). Como en la vida de Ariel,en este momento de su filmografía la palabra clave es «empezar».

XI. ONCE. Importante llegar a este número porque también es el nombre del único barrio donde transcurre toda la película. Pero  esa»Babel» porteña retratada es un artificio genial que no tiene mucho que ver con la realidad. A diferencia de Esperando al  Mesías, la anterior película de Burman que también se desliza por el mismo barrio, en el Once de El abrazo partido no existe aquel sentimiento de tristeza medular, y es reemplazado por la arquitectura mágica de la convivencia. Y este giro convierte a la película en una utopía gigantesca.

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