Crítica de Secretos del corazón, por Diego Galán. Publicado en el Suplemento Tentaciones del Diario El País (España). 14 de marzo de 1997.

`Secretos del corazón’, premiada en el reciente Festival de Berlín, muestra cómo un niño va conociendo el complicado mundo de los adultos a través del descubrimiento de sus misterios.

Andrés Santana e Imanol Uribe, que ya habían coproducido otras películas, entre las que destacó Días contados, dirigida por el propio Uribe, querían trabajar con Montxo Armendáriz. Las anteriores películas de este director navarro —Tasio, 27 horas, Las cartas de Alou e Historias del Kronen—han reflejado una sensibilidad cinematográfica poco frecuente, una capacidad de riesgo para alternar ternas y estilos dispares y una originalidad fascinante, y ambos querían embarcarse en la aventura de una nueva película dirigida por él. Armendáriz no había sido un director de grandes éxitos de taquilla, a excepción de Las cartas de Alou, pero sí de películas que perduran y que pueden ser periódicamente redescubiertas.

Pero mientras los dos productores y el director hablaban del posible proyecto sobre la historia de unos contrabandistas en los Pirineos navarros, Armendáriz les recordó un guión que tenía aparcado hacía seis años y que ningún productor se había arriesgado a hacer: la historia de la mirada de un niño que quiere descubrir los secretos de los adultos que le rodean y, con ello, la historia de su propio crecimiento. Uribe y Santana decidieron de inmediato que ésa era la película que querían producir, aplazando el proyecto que les había reunido. Los contrabandistas vendrán más tarde.

No se equivocaron. Secretos del corazón es una obra maestra. Una película inteligente, que cautiva tanto como divierte y que fue clamorosamente acogida en el pasado Festival de Berlín, donde obtuvo el Premio Ángel Azul, que concede la Academia Europea. Vuelve así a repetirse una historia frecuente en el cine: muchos intuitivos y sabios productores son a veces incapaces de ver el germen de una gran película. Les falla la corazonada o están cegados por otros proyectos, no siempre igual de afortunados. Santana y Uribe acertaron en este caso.

Gigantesca ovación

Cuando, al acabar la proyección en Berlín, aparecieron en el escenario Carmelo Gómez y Charo López, se oyó un aplauso sonoro y entusiasta que dejó a actor y actriz mudos y sin recursos. Sin embargo, se trató de un simple conato de la ovación con que fue luego acogido en el escenario el niño Andoni Erburu. La emoción que su personaje había dejado en la sala, una emoción mensurable a veces en sonrisas, otras en sólidos silencios o en leves gimoteos, estalló unánimemente en forma de clamor, desbordando al director, que con su melena desgalichada y aires de patriarca, sonreía entre beatífico y demoníaco, gozando el primer triunfo de sus secretos.

Cómo no iba a estar satisfecho Montxo Armendáriz. Había rodado su película en completa libertad y, narrado aquello que podía parecer intransferible por situarse en los ambiguos terrenos de la emoción, contagiaba a una multitud. Directo desde lo íntimo a lo universal.

Pero si hay películas que no pueden contarse, Secretos del corazón es una de ellas. Porque su secreto no está en la espectacularidad, ni en efectos visuales, ni en tramas complicadas, sino en las miradas, los gestos y las actitudes de los personajes. Un niño de ocho años abre las puertas y observa, se esconde y oye, escala ventanas y mira dentro de las casas, contempla una araña que devora sus presas, paga por mirar la entrepierna de una niña, y esos ojos nos van descubriendo todo el oscuro mundo de los adultos, el melodrama en que viven.

No hay forma de trasladar a palabras esa mirada del niño ni de describir su asombro ante lo que para nosotros puede resultar cotidiano. Ni de calificar a sus solitarias tías, a su madre viuda, al campechano tío, al abuelo silencioso, al hermano mayor, a su perplejo amigo, a los dinámicos curas, al presunto loco del pueblo… Cada personaje encierra un mundo, y ellos nos lo envían directamente al corazón erizando nuestra piel.

Dice Armendáriz que no se trata de una película biográfica, y no tiene por qué serlo. Pero el director sabe muy bien qué sentimientos debe transmitir porque él mismo los conoce. Y conoce la geografía navarra en que sitúa la historia, algunas de sus arcaicas costumbres, esos colegios de curas y sus representaciones teatrales, y conoce por haberlo vivido cómo podía ser el despertar a la vida en los años sesenta. A sus 48 años, Armendáriz ha descubierto ya todos los secretos que entonces turbaban a un niño, pero sigue curioso por otros
muchos, y seguirá en el futuro descubriendo nuevos secretos, tratando de despejar todas las incógnitas. Crecer no es más que ir descubriendo secretos. Y la película no cuenta sólo los descubrimientos del mirón, sino que penetra en los misterios de los adultos, aún secretos. Es fácil que muchos podamos reconocernos en los asombros del niño, en sus inquietudes e inseguridades. Armendáriz ha hilado una historia que se abre a muchas otras dejando que la película crezca por sí sola en la sensibilidad del espectador.

Hizo pruebas a 1.500 niños, buscando esos rostros y actitudes que hoy componen uno de los más inolvidables repartos infantiles. Y supo rodearlos de actores adultos, cada uno de los cuales logra una de las mejores interpretaciones, contagiados todos por el clima de una película especial. Los ya citados Charo López y Carmelo Gómez, pero también, y mucho, Vicky Peña y Silvia Munt, y un riquísimo grupo de actores secundarios. En el cine ocurren a veces estos milagros. Surgen películas como iluminadas, tocadas de una gracia misteriosa, perfectas, redondas, que saben aunar el entretenimiento con la emoción.

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