Crítica de Las marimbas del infierno, por Luis Aceituno. Publicada en El Periódico de Guatemala. 12 de agosto de 2014.

Marimbas del infierno, la película de Julio Hernández Cordón, es en principio una galería de personajes entrañables y disímiles entre sí, que conforman una de las más bellas asociaciones que han surgido del cine contemporáneo guatemalteco. Difícil de olvidar, si se ha visto la cinta, la fuerza, la sinceridad, el desparpajo, la ternura que desprenden esos tres seres (un marimbista, un metalero, un hiphopero) que deambulan por una ciudad que los absorbe en su confusión, sus sueños y sus fracasos. De esa ciudad fea e inhóspita, acosada por la miseria, la violencia y la desesperanza, surge el Chiqui, un hijo desesperado de la barriada, un tránsfuga de la vida peligrosa, un chavo desorejado en alguna batalla que intenta salir del atolladero y respirar un poco de belleza.

El Chiqui se llamaba Víctor Hugo Monterroso, era ayudante de grúa y quería ser actor, en Marimbas… se representa a sí mismo y construye un personaje tan verdadero que era imposible separar la realidad de la ficción. Protagoniza en la cinta, además, algunas de las escenas más encantadoras, y conmovedoras a la vez, que ha producido el cine nacional: el Chiqui llorando mientras escucha una melodía infinitamente triste que surge de una marimba; el Chiqui sonriendo, mientras el Blacko y don Alfonso tararean Lágrimas de Thelma; el Chiqui saltando de gozo, junto a Cesia Godoy, en la cama de un hotel de paso; o repitiendo obsesivamente las rimas de una canción imposible: “Por el amor a mi patria yo voy movido, y por el ritmo de la marimba enfurecido”.

El Chiqui apareció descuartizado el día de ayer en una calle de esta ciudad perdida. Tanto talento, tanta vida…

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