Crítica de Cilantro y perejil por Carlos Arias Avaca. Publicada en el suplemento Primera Fila de Reforma. 20 de abril de 1997.
La pasada Muestra de Cine Mexicano de Guadalajara tuvo varios éxitos, entre ellos el tema amoroso. Cilantro y perejil, de Rafael Montero, una comedia de enredos conyugales, ligues y enamoramientos, se convirtió en una de las cintas más aclamadas por los asistentes a la muestra fílmica tapatía, y llega ahora a las pantallas algunos meses después de ese primer encuentro. Los resultados están por verse.
Demián Bichir y Arcelia Ramírez son una pareja yuppie que tras 10 años de matrimonio decide separarse. A partir de la nueva vida que ambos deben emprender, la película ofrece un panorama de las relaciones amorosas de los 90, desde la hermana menor de ella, quien realiza un documental en vídeo sobre el tema de la pareja y sus relaciones con un rockero, los padres y la amiga de ella y los prospectos de galán o galana para ambos.
El cilantro y el perejil como la enunciación del tema de la pareja, pero también como la utilización de dos condimentos que, al decir de los buenos cocineros, nunca deben mezclarse en un mismo plato.
La película es la primera coproducción entre Televicine e Imcine, y parece haber conjuntado elementos de ambas empresas, la privada y la oficial (el cilantro y perejil del cine nacional). Por un lado el humor que se presenta como costumbrista y con la mira puesta en ese nuevo público del cine nacional que es la clase media, y por el otro la pretensión de la «calidad», entendida como la buena factura y los rasgos que muestran al realizador como interesado en la «expresión» personal.
El resultado es una cinta que quiere ganarse al espectador con chistes y situaciones de eficacia asegurada (el galán perfecto que resulta marica, el marido que es sorprendido con su nueva amante por la ex mujer, los niños que resienten la separación de sus padres, el yuppie aproblemado entre la vida personal y el trabajo). Del otro lado, los encuadres «audaces», la utilización de tomas en video que se combinan con la imagen fílmica y los personajes que hablan a la cámara, como el recurso de aporta el tono «realista» a la trama y la exploración del reverso que se oculta en las actitudes de los personajes.
Un tono que se quiere a medio camino entre la comedia de enredos y la reflexión costumbrista, que se ejemplifica con la aparición de Germán Dehesa en el papel de un psicoanalista que repite una y otra vez las mismas frases ingeniosas que se quieren profundas, pero que ante la imposibilidad de la mezcla termina por recurrir al humor más simple.

