Crítica de Páginas del diario de Mauricio, por Rolando Pérez Betancourt. Publicada en Granma (La Habana), jueves 8 de julio, 2006.

En su testamento artístico, Auguste Rodin dejó establecido que el arte es una magnífica lección de sinceridad y que el verdadero artista expresa siempre lo que piensa, aún a riesgo de hacer tambalear prejuicios establecidos.

Una verdad convertida en arraigo y a la que a ratos me gusta volver, quizá por aquello de que el escultor la dejó grabada en bronces y mármoles.

Páginas del diario de Mauricio, de Manolo Pérez, de estreno en los cines, resulta una magnífica lección de sinceridad. Y no de otro modo podía asumirse una historia de ficción que sobre basamentos sociales, todavía al alcance de la mano, no solo involucra a cada uno de los espectadores que la ven transcurrir, sino que los convierte —fuera del plano artístico, pero a partir de las disyuntivas que este expedita— en protagonistas de sus propios dilemas.

Pocos quedan fuera de este juego de emotividades y reflexiones planteado desde un desafío artístico que Manolo saca adelante sin perder de vista otra valiosa recomendación: lo político, involucrado con hechos y personajes, de ninguna manera debe convertirse en un discurso signado por las convicciones a ultranza de los autores, y de la manera en que el artista sepa integrarlo (lo político) en conductas y matices verosímiles derivados del argumento, dependerá la efectividad de la entrega.

El mismo día en que cumple 60 años de edad, Mauricio (Rolando Brito) pasa balance a los últimos doce años de su vida. Una etapa que para cualquier cubano pudiera significar un expediente abierto a los más diversos encontronazos: adiós al campo socialista y al proyecto inmediato de construir una sociedad diferente, nuevas agresiones del enemigo eterno, crisis económica, balseros, confrontaciones ideológicas, incertidumbres y noches aflictivas, familia de por medio.

No es la primera vez que el cine cubano trata el asunto, o parte del asunto, desde las proyecciones estéticas más disímiles: comedias (la mayoría desniveladas hacia la risa fácil), dramas matizados por el humor y conmovedores melodramas. Pero nunca antes se había realizado un filme tan sobrio y reflexivo acerca de unos años arduos (1988-2000) necesitados de obras que, como esta, sean capaces de desbrozar el análisis sin renunciar a las emociones.

Seduce la ausencia de esquematismos con que el director plantea sus conflictos en un filme de abundantes parlamentos. Una densidad esculpida a propósito, pero a la que bien le hubiese venido un poco de concreción en su primera parte, dedicada a narrar las dificultades de convivencia de un matrimonio que ha visto pasar sus mejores años, y a la llegada y maduración de un nuevo amor. Un poder de síntesis del que no carece Manolo Pérez y del que hace gala al referirse a las transformaciones que sufre el país tras el derrumbe del llamado campo socialista (El matrimonio de protagonistas, alquilando una habitación a un visitante foráneo, ante el desconcierto de los abuelos, es una prueba de imaginación y agilidad visual).

También cabe sopesar el bien que hubiera traído un recorte a ese insistir (demasiado) en el tema deportivo, las Olimpiadas del 2000, que siguen los protagonistas por la televisión, y que además de referencia temporal en una historia que fluye entre el pasado y el presente, busca convertirse en un aliviador de tensiones y hasta en simbología dual del júbilo, o el abatimiento, que sobreviene tras el éxito o la derrota.

En las casi dos horas del filme, resalta igualmente la dramaturgia, resultado de la solidez con que fueron concebidos los personajes. Aún tratándose de una trama marcada por las transformaciones y las sorpresas, no sobresalen en Páginas del diario de Mauricio aspectos que hagan pensar en notas falsas, ni en improvisaciones dramáticas de último momento.

Ya se sabe que en el cine no hay personajes bien concebidos sin actores capaces de representarlos. Y en ese aspecto tiene el filme uno de sus mayores triunfos. Rolando Brito transita el paso de un cuarentón a un hombre que va envejeciendo hasta cumplir sesenta años. Y aunque en mínimos momentos se perciba algo «del disfraz», no hay duda de que compone un personaje creíble, rico en matices y con aplausos para la etapa más joven.

Larisa Vega, Blanca Rosa Blanco, Yipsia Torres y Solange Ramón, las mujeres, resultan un sostén decisivo, pero es sorprendente lo que obtiene el director con Blanca Rosa —el personaje más complejo de todos, segunda esposa de Mauricio—, una actriz intuitiva y con buenas muestras de su talento en la televisión, aunque no siempre bien dirigida en ese medio.

Y con todo, el principal valor de Páginas del diario de Mauricio, además del disfrute de verla, es la «segunda película» de reflexiones muy particulares, que tras el final en pantalla, comienza a rodar en nuestras mentes.

De ninguna manera, Manolo Pérez debe demorar su vuelta.

Rolando Pérez Betancourt

Granma (La Habana), jueves 8 de julio, 2006.

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