Crítica de Las marimbas del infierno, por Tania Hernández. Publicado en el diario La Hora (Guatemala). 30 de noviembre de 2012.
Si Distancia (Sergio Ramírez) era la película perfecta, Marimbas del Infierno es la película imperfecta. Antes de que me critiquen por lo que digo, me explico: el estilo de la película de Julio Hernández es precisamente la utilización de lo imperfecto como material estético. En esto también es interesante la utilización de los planos fijos, pero no para mostrar la relación entre inmovilidad-distancia y movimiento, sino para mostrar la dificultad del movimiento y el movimiento como un sin-sentido. Vemos a don Alfonso intentando transportar a pie una marimba por las aceras de la capital guatemalteca, que no están hechas para caminar por ellas. Vemos a Chiquilín jugando a tirar interminablemente la pelota de básquet a la canasta. Y no solo esto. En estos planos fijos, los personajes no están centrados. Es común encontrar al personaje en una esquina de la pantalla, o escuchar una voz en off, todo esto representando una marginalidad que es algo que une a los personajes de la película: un marimbista sin trabajo, un muchacho que huele goma de zapatos y un médico que es músico de rock metalero. No hay héroes en esta película. Todos los personajes tienen sus defectos y el director los muestra casi en una manera exhibicionista, como lo hace con la cicatriz de Chiquilín. El movimiento es casi imposible. Don Alfonso es un sísifo moviendo su marimba por las calles, al encuentro de estos personajes también sisifescos que apuestan por un proyecto innovador pero que tiene todo en su contra: un concierto que une la marimba con la música metalera no tiene lugar en una sociedad conservadora. El concierto sí se lleva a cabo, pero de una forma que el espectador no se espera.
En Marimbas del Infierno los personajes se representan a sí mismos. Don Alfonso es Don Alfonso, Blacko es Blacko, Javier Payeras es Javier Playeras (chiste para iniciados), y Marlov Barrios es Marlov Barrios. Es decir, contrario a lo que sucede en Distancia, aquí tenemos a los propios personajes en autoanálisis y también en un distanciamiento ficcional. No hay protagonismos. Hay mucha autoironía. La única forma de sobrevivir, es no tomarse demasiado en serio, podría querer decirnos Julio Hernández. La realidad y la ficción se mezclan, y al final todos representamos algún papel y la ficción tiene siempre algo de realidad. Y parecería que el mensaje final es que, a pesar de todas las dificultades, a pesar de todas las imperfecciones, todo lo que dificulta y a la vez motiva el movimiento, como diría Galileo Galilei “y sin embargo, se mueve”.
