Crítica de Las horas del día, por Oti Rodríguez Marchante. Diario ABC (España), publicada el 21 de mayo de 2003.

Las horas del día es una película que nace en donde muere el Llobregat, o por ahí, y cuenta el interlineado rutinario de un joven llamado Abel, su vida gris marengo, su presente absurdo, amuermado y sin vitalidad que se rebela de un modo silencioso y extraño: Abel obtiene el aliciente del consuelo (o quizá, el consuelo del aliciente) quitándole la vida a una persona cualquiera, sin motivo, sin rencor, sin otra recompensa que el relajo que le sobreviene tras el brutal esfuerzo físico de matar a un ser humano. Porque, una de las mayores cualidades cinematográficas de Las horas del día es ser fiel a su proclama: algo así como «matar a alguien es muy difícil y requiere un tesón y un desgaste supremos», tal y como ya venía a decir el gran cineasta polaco Kieslowski en su obra maestra No matarás. En fin, el director español crea a su personaje, aburrido, débil, antipático, inseguro y sospechosamente monstruoso y nos dice en su película, en las imágenes que elige de él: «Miradlo ahora, su patética vida, su inerte relación con la novia, con la madre, con la empleada de su tienda, con su único amigo… Miradlo ahora, así, embadurnado de vida rutinaria, porque empieza a descubrir que es un asesino múltiple y eso ya lo habéis visto y lo veréis en otras películas».
Jaime Rosales consigue sin faltarle a la verdad de su película, que esta gotee intriga auténtica, sin trampa, gracias a dos elementos que le son ajenos pero que controla a la perfección: el físico y el tono de su protagonista (Alex Brendemuhl) y el estado de ánimo del espectador, aterido de un río seco tras la «revelación» de su particular tara. Con un espectador poroso, abierto al miedo, Rosales sólo necesita que su cámara sea estricta, tranquila, incluso rutinaria para que la narración de lo cotidiano adquiera la apariencia del pelo erizado de un animal al ataque: escenas banales, mientras se afeita, las discusiones con la terca dependienta, con la mosqueada novia, con la infeliz madre… le tienen al espectador con los dedos de los pies encogidos y la boca seca.
Por otra parte, el fino y sigiloso y casual estudio que la película deja hecho de este tipo, ajeno incluso a él mismo, llega a su máximo punto de lucidez y oscuridad en la magnífica secuencia con su amigo y la rara e impertinente «confesión» en el baño el día de su boda… Genialmente planteada, genialmente resuelta y genialmente interpretada por Brendemuhl y por ese otro gran actor llamado Vicente Romero (el de Padre Coraje, de Benito Zambrano). Una secuencia brutal en la que todos, ellos y nosotros, nos quedamos pegados a los azulejos con el aire cortado.

Pues bien, con esta película excepcional, hecha con un rigor y una precisión impropios incluso de los cineastas más veteranos, el debutante Jaime Rosales se planta en el Festival de Cannes, desgraciadamente no en la sección oficial (entre otras cosas, porque ahí sólo se entra con pasaporte o dinero francés y a través del filtro cada vez más pasado de moda y falto de gusto y olfato del director, Gilles Jacob, que tal vez debería plantearse un mutis). Si compite Las horas del día por eso que se llama Cámara de Oro, un premio a las óperas primas, aunque el mayor premio que ha tenido ya ésta película es haber suscitado mucho mayor interés que todas las propuestas del día de la Sección Oficial.

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