Crítica de Postales de Leningrado, por Nerea Dolara. Publicado en el Diario El Nacional (Venezuela). 13 de octubre de 2007.

La película de Mariana Rondón se hunde en el universo infantil sin vergüenza y relata, desde lo privado, una historia que se siente colectiva.

Postales de Leningrado es una rara mezcla. Tiene mucho de venezolana, no sólo en su tema sino en su narración, en su gente; pero al mismo tiempo tiene mucho de universal. Contarla es difícil, si no imposible, porque no tiene una estructura de la que agarrarse. No es lineal, no tiene inicio, nudo y desenlace. Mas bien es un recuento de recuerdos, de recuerdos de muchos resumidos en pocos.

Tiene la forma del pensamiento de un niño, no siempre organizado, no siempre terminado, pero que encierra la coherencia que requiere para explicar las cosas que no entiende. Así se cuenta. Desde los recuerdos, los juegos, las ideas y lo imaginado por dos niños. Pero no se relata cualquier cosa, sino la historia de una familia con guerrilleros en la montaña.

El secreto, la cotidianidad fingida, las armas, la policía, los militares. Nada se escapa a los pequeños. No saben muy bien lo que pasa, y escogen explicárselo de la mejor forma que saben. Así, en su mundo imaginado hay hombres invisibles, hombres rana, villanos que comen carne guerrillera y un Leningrado que queda al otro lado de la montaña, desde donde llegan postales de familiares que no vieron nunca más.

Esta historia rondó a Mariana Rondón desde siempre, se hizo cineasta para poder contarla. Ella misma es uno de esos niños que se funden para creara los protagonistas. Hija de guerrilleros, la cineasta siempre quiso relatar ese lado desconocido al poder y a los insurgentes: el mundo en que vivieron los niños que crecieron rodeados de ideales enormes y miedos del mismo tamaño.

Los demás, los otros, los incluyó por casualidad. Inicialmente Rondón, que sólo tenía en su haber varios cortos y un único largometraje llamado A la media noche y media, planeaba contar desde sus recuerdos y su imaginación. Pero en búsqueda de una cárcel donde filmar algunas escenas, se consiguió con uno como ella. Comenzó a hablar con él y se dio cuenta de que no estaba sola y que había muchas otras pequeñas historias que habían sido olvidadas en el gran esquema, así que se decidió a recabar testimonios para luego desmenuzarlos y fundirlos en Postales de Leningrado.

La expresión infantil que encierra el filme le dio a Rondón muchas libertades y muchas posibilidades. No sólo se liberó con una estructura sin fin ni comienzo, sino que dibujó —literalmente— el mundo de los niños sobre la pantalla. Hizo al espectador renunciar a sus restricciones adultas para introducirlo en el color, las formas, la inocencia de un momento que ya dejaron atrás.

Esta película es una extraña en el mundo del cine nacional, una integrante de las nuevas películas que llegan a las carteleras con otra propuesta, más cerca de un miembro de la clase media europea que de un coterráneo de otra zona de la ciudad. Se enmarca en el cine que lleva mucho tiempo en las carteleras, ese que experimenta con tiempos, personajes, formas visuales.

En la cinta, Rondón maneja códigos compartidos, visiones propias de una generación o de varias que se han formado en un mundo conectado: la estética del video musical, del videojuego y del cómic; la estructura narrativa sin orden aparente; la rapidez del relato. A pesar de que el tema de su cinta es tan propio, la forma en que lo narra lo hace atemporaly colectivo. Su forma de hundirse en los recuerdos, de ahondar en su memoria y narrarlo que se mantiene de su historia, la hace familiar, cercana.

Postales de Leningrado tiene un encanto especial que va más allá de la calidad visual y narrativa: Tiene el encanto de un niño que mira todo, incluso lo terrible, con ojos despiertos y ocurrentes, y eso la hace invalorable para quienes ya olvidaron que podían contemplar su cotidianidad con algo más que ojos cansados.

Deja un comentario