Crítica de Las horas del día, por Bárbara Escamilla. Revista Cinemania (España), Nº 94, publicada en julio de 2003.

Hay en la maldad humana un resquicio de aburrimiento, algo que surge desde la rutina y el tedio, algo que permite que una mano asesina se enmascare en la cotidianidad tras un rostro normal, una vida corriente. Las manos y el tiempo de un asesino pueden ser las manos y el tiempo de cualquiera. Pero sólo aparentemente. Porque un día, como tantos otros, esa mano disfrazada cambia la normalidad por el hecho extraordinario de matar. Jaime Rosales, realizador incipiente, hábil y sorprendentemente templado, ha colocado una cámara distante, fría y casi inmóvil frente a esa rutina. Plano a plano, secuencia a secuencia, nos muestra el rostro ante el espejo de Abel (Álex Brendemühl); un espejo real, al que éste se mira incansablemente cada mañana, y otro metafórico, cuyo reflejo nos permite asistir a cada velada con su madre, con su novia, con su amigo (el siempre reconfortante Vicente Romero) e incluso con su empleada en un negocio cutre y deshabitado de ropa paleta. Un retrato de un asesino en serie tan anodino como exasperante, que sólo interrumpe su indecisión y su desidia para matar, a quien sea. El mérito, que ya ha reconocido la crítica internacional en el pasado Festival de Cannes al otorgar a la película el premio Fipresci, se sustenta, al 50%, entre el pulso firme y la osadía narrativa de Rosales y el talento, la intuición, de Brendemühl, ambos unidos en el objetivo común de mostrar lo difícil que puede resultar matar a alguien que lucha por seguir respirando su propia rutina. Con esa mano que aúna, indivisiblemente, el espítitu obcecado, tristísimo, del Bartleby de Mellville («prefiriría no hacerlo») con la cruel marca del Valmont de Laclos («no puedo evitarlo»).

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