Crítica de Secretos del corazón, por Ricardo Aldarondo. Publicado en Diario Vasco (España). 28 de marzo de 1997.

Se ha dicho que esta sorprendente, íntima y emotiva película de Montxo Armendariz es como El espíritu de la colmena de los años 90. Y sí, recuerda a la obra maestra de Víctor Erice no sólo en la mirada de un niño al descubrimiento del mundo que le rodea, sino sobre todo porel tono susurrante, detallista y muy perspicaz en la elección de las cosas que verdaderamente afectan a un niño dé unos diez años.

El chaval es un portento. No sé si Andoni Erburu es un actor impresionante o simplemente se deja llevar por una intuición infalible. El caso es que sin él la película no podría existir corno está concebida: más de la mitad de Secretos del corazón se sustenta en las miradas de Andoni Erburu y los gestos muy sutiles de su rostro. Y con esas miradas y esos mínimos gestos vamos comprendiendo perfectamente la curiosidad incesante (casi todos sus diálogos son preguntas a los demás, la infantil necesidad de saber no descansa nunca), el estupor, el miedo, la extrañeza, el afecto, la seguridad, la llegada de la valentía, la admiración por la vecinita, la desilusión, el deseo de venganza, la confianza y finalmente la serenidad. Todo eso pasa por sus ojos y su leve sonrisa, y todo eso va naciendo en un entorno hecho de pequeñas situaciones cotidianas, pero perfectamente elegidas para que cada una de ellas sea un momento definitivo en la vida del chaval y un paso más en el descubrimiento de un mundo extraño, duro y afectuoso a un tiempo, y lleno de secretos por todas partes, que muchas veces tampoco los adultos saben explicar.

Es fácil identificarse con esas escenas de infancia a comienzo de los años 60: la presencia de las tías oyendo la radio y cosiendo, la visita a la casa misteriosa, la primera mirada a la niña vecina, la habitación prohibida, el teatro de colegio.

Pero no es fácil convertir esos escenarios comunes en experiencias únicas. Y Armendáriz lo logra con la imprescindible ayuda de Javier Aguirresarobe que una vez más traspasa el falso espejo de la fotografia bonita para hacer de cada imagen un espacio de intimidad a la altura del niño. En Secretos del corazón se agradece que las emociones y la sensibilidad nada tengan que ver con la ñoñería: hay mucha amargura y dolor (a veces al fondo, como todo lo que rodea a ese militar trompetista al que no se ve) que no se ahorran pero están en su sitio justo, discretos pero contundentes, como ese abuelo amargo o la explicación de la muerte del padre o el lloro de la tía solterona. El niño que siempre quiere saber y aprende a saber querer es un observador incansable y crea un auténtico, preciso y precioso observatorio de emociones.

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