Crítica de Oro diablo, por Pablo Gamba. Texto inédito.

Oro diablo (2000) de José Ramón Novoa, o Garimpeiros, como se tituló en Venezuela, es la tercera película de una trilogía de filmes dirigidos por él y Elia Schneider sobre problemas sociales de Venezuela, Colombia o de cualquier otro país de América Latina. Las otras dos son Sicario (1994), de Novoa, y Huelepega (2000), de Schneider.

Sus virtudes son las características de esa etapa del trabajo de la dupla de realizadores. En primer lugar, una verosimilitud que descansa en el cuidado de las actuaciones, con un elenco integrado figuras emergentes, principiantes y actores de larga trayectoria. Novoa y Schneider comenzaron su carrera artística en el teatro, y han traído al cine ese aporte, principalmente a través del trabajo de casting y preparación que lleva a cabo la cineasta venezolana. El otro pilar del realismo del filme es la puesta en escena, acorde la ambientación de una historia que se desarrolla en un pueblo del Amazonas venezolano y en la mina de oro de las cercanías.

Entre los actores sobresale la debutante en el cine Rocío Miranda, en el papel protagónico. Su personaje es una joven inocente que es obligada a prostituirse para pagar por el oro que se robaron su madre y su amante. Miranda logra darle vida a sobre la base de la naturalidad del contraste entre sus dos facetas: la mujer corrompida que se relame con el dinero que le da el rico Mooligan, luego de hacer el amor con ella, y la joven enamorada de Cae, un muchacho de su edad. Este otro personaje es interpretado por el actor descubierto por Novoa y Schneider cuando era un adolescente para el papel principal de Sicario, Laureano Olivarez.

Pero en Oro diablo hay también un contraste entre los recursos necesarios para contar una historia como esa, como las tomas aéreas para mostrar los estragos de la explotación minera y la dimensión del hombre en el paisaje, y escenas en las que la cámara incurre en la «cosmética del hambre». Si el personaje llamado Fellini, cineclubista y aspirante a realizador, trae a colación un cine en el que la fantasía y la realidad se conjugan, esa cámara le da un toque de glamur a las miserias humanas de Oro diablo y el sueño que evoca es el de Hollywood.

Más allá de esas consideraciones, el filme también tiene interés por la denuncia que hace de la destrucción de la naturaleza por esa forma de minería. La ambición, que junto con la venganza es el principal motor de la historia, señala irónicamente, además, la pequeñez del drama de los mineros en comparación con los intereses económicos que están en juego.

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