Crítica de Mal día para pescar, por Ronald Melzer. Publicada en el Semanario Brecha (Uruguay), el 21 de agosto de 2009.

Los automóviles que circulan  por las calles angostas y polvorientas, la ausencia de edificios altos, el lenguaje de las notas periodísticas que se trasmiten por radio y se publican en el diario local, las vestimentas de los parroquianos y hasta los modismo en el habla de éstos, entre otros detalles permiten entrever que la acción transcurre en una ciudad pequeña del interior uruguayo durante los primeros años sesenta. El pueblo, Santa María, no existe y fue inventado por Juan Carlos Onetti para buena parte de su obra, incluyendo el cuento «Jacob y el otro» en que se basa esta película. La delimitación temporal tamposco es precisa. Los dos forasteros que arrivan al pueblo y conmoveran su sepulcral paz durante una semana llegan puntualmente de algún u otro innombrable paraje sudamericano; uno es un luchador de Alemania Oriental con un título de campeón mundial obtenido y luego perdido hace demasiados años (Jouko Ahola), el otro, su representante, un príncipe italiano probablemente arruinado y seguramente inescrupuloso (Gary Piquer). Se presume que el primero está huyendo de «las garras del comunismo» (sic), y se adivina que el segundo lo hace de los acreedores occidentales.

Lo que se propone hacer el «cerebro» del duo es desafiar a algún desprevenido o necesitado a que se suba al ring a enfrentar al viejo campeón, echar a andar el rumor de que hay mil dólares de recompensa para quien se mantenga en pie durante tres minutos, facturar una buena suma por el show, dejar algunas cuentas impagas y pegar la vuelta hacia algún otro pueblo imaginario o real. Dos retadores se pondrán a la orden, pero el primero no llegará a la cita final por borracho y el segundo es tan joven, robusto y fuerte que podría arruinar el plan. Para peor, no todos los pueblerinos conservan intacta su inocencia. El propietario del diario (César Troncoso) colabora en la promoción del espectáculo pero está al tanto de los trucos empresariales. El médico Díaz Grey (Bruno Aldecosea) observa la situación de reojo y se aprovecha de la desesperación del príncipe a la hora de enfrentársele en un juego de naipes, lo que no obsta a que cumpla con su trabajo médico a la perfección, caiga quien caiga (en el ring). La esposa del retador forzudo (Antonella Costa) está embarazada y dispuesta a todo en pos de los mil dólares. Apremiado in extremis, el príncipe se verá obligado a desafiar a su auspiciante periodístico, a sus rivales de timba, al público, a (por lo menos) dos mujeres. Pero el más ardoroso de sus duelos será con su propio representado, bruto pero honesto. A éste, a su vez, lo espera, como en los westerns, un duelo final con un luchador tan necesitado como él de una victoria. Los desafíos psicológicos de cada uno de los personajes principales consigo mismo podrían no llegar a resolverse, pero los que los enfrentan mano a mano ante un contrincante de carne y hueso, si.

Los duelos planteados como plataforma de lanzamiento de más duelos no son las únicas alusiones al western en su vertiente crepuscular. El bar que hace las veces de saloon, la transformación que sufren los forasteros desde su llegada al pueblo, la constante comparación entre nuevos hábitos y viejos ritos, y hasta la hamacada pose de Gary Piquer en un afiche promocional que recuerda al de un clásico de John Ford (Pasión de los fuertes,1947), poseen tantos ingredientes de homenaje como de apropiación. Mal día para pescar es el primer western (logrado) del cine uruguayo, pero más allá de su consciente adscripción a las reglas de un género transnacional, otros recursos expresivos lo alejan del laconismo, del naturalismo o de la mirada hacia adentro de buena parte del cine uruguayo reciente. Sin que ello implique posicionarse a favor o en contra de nada, su ojeada a perdedores obligados a revolverse en medio del estático medio rural uruguayo recuerda mucho más a las turbulencias que afrontaba el promotor de boxeadores Humphrey Bogart en La caída de un ídolo (Mark Robson, 1956) que a la luminosa nostalgia de El viaje hacia el mar (Guillermo Casanova, 2003). Dado que el mundo de Onetti se emparenta más con la acritud del cine negro estadounidense que con la amabilidad del uruguayo Morosoli, esa es otra demostración de coherencia.

El clasicismo bien entendido y la firmeza del pulso para acomodar las partes (fotografía, montaje, dirección de arte) en función del todo guiaron al director debutante Álvaro Brechner en su empeño de contar una historia con raíz imaginaria, idioma uruguayo y estética universal. Calculada, quizás cerebral, siempre impecable, su puesta en escena sabe cuándo hacerse visible, como en la magnífica secuencia de la pelea en el ring, y cuándo «rendirse» ante los hechos, como cuando deja a sus dos grandes contendientes, el luchador y su representante, solos, atados, asfixiados, frente a frente en la pieza del hotel. Del mismo modo, su guión sabe cómo y cúando especular con el suspenso: el hecho de que la mayor parte de la trama esté contada como un flashback es funcional a un desenlace tan anticlimático como lógico. ¿Qué pudo haber calado más hondo en la raíz,el hueso o el costado trágico de esta historia de desarraigados lúcidos que llegan al final de sus tiempos? Sin duda, pero la de Brechner es una ópera prima que sortea airosamente el desafío de una coproducción entre varios países -un logro infrecuente-, no el despiadado ajuste de cuentas de un director veterano ante unas adversidades más cercanas a su propia existencia.

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