Crítica de Imagen latente, por María Eugenia Meza B. Publicada en el diario La Nación. 15 de octubre de 1990.
Censurada el año pasado por el Consejo de Calificación Cinematográfica, Imagen latente de Pablo Perelman debió pasar un largo proceso para poder salir a conquistar un espacio y una presencia reales en las pantallas chilenas. Largo e injusto vía crucis legal para un creador nacional y una película alabados por críticos de ésta y otras latitudes. Su estreno coincide –y nada es casual– con un momento en que la discusión sobre el tema de las violaciones de derechos humanos remece hasta lo más hondo de nuestra sociedad.
Posiblemente este filme será un elemento más en este debate. Abordar el tema de los detenidos-desaparecidos para realizar un filme de ficción no era tarea fácil. El distanciamiento necesario para transformar un hecho objetivo de la historia del país en creación de «ficción» se hace aún más complejo cuando parte del material narrativo que constituye la trama es también un trozo real de la vida del creador: un hermano de Pablo Perelman es detenido-desaparecido.
Difíciles vallas debía saltar el cineasta en su primer largometraje individual como director.
Los resultados demuestran no sólo que las saltó, sino que lo hizo limpia y certeramente.
Pedro (Bastián Bodenhoffer) joven fotógrafo casado, con un hijo, decide investigar la desaparición de su hermano, dirigente del MIR, ocurrida en 1975.
Héroe degradado en que son degradados los héroes de la novela moderna, vale decir, imperfecto, confuso, inconsistente a veces, solo, honesto siempre, Pedro inicia el largo camino. Se reencuentra con las fotos de la infancia, con los documentos y las personas que pueden ayudarle a construir los trágicos últimos días de su hermano.
Este recorrido que primero tiene un sentido externo (buscar a su hermano, hacer justicia) se transforma poco a poco en un sondeo en su propia vida, sentimientos, ideas, alma. Es este trayecto, quizá aún más árido y doloroso, el que da sentido al hermoso final abierto del filme y a su propia existencia.
Enfrentado a la rabia ante lo injusto, a la culpa de seguir viviendo, a la imagen endiosada del desaparecido, a la lucha de los familiares organizados, al miedo, a la soledad y a la incapacidad de comunicar su verdadero y profundo horror, Pedro intenta hacer contacto con los demás. Y entre los demás, sobre todo con las mujeres.
De modos muy diferentes, ellas le ayudan a abrirse camino hacia las respuestas que busca y que, más que un cuerpo que enterrar, tienen que ver con él mismo. Notables, en este sentido, son su conversación con una ex-detenida (Gloria Munchmayer), con una suerte de ex polola de su hermano (Shlomit Baytelman) y con la hija de otro desaparecido (Elena Muñoz).
En ese camino del héroe que busca restablecer el orden –pública y privadamente–, Pedro se transforma. No es un vengador. No es un político. Su transmutación navega por otras aguas, profundas y lúcidas.
Grandes méritos son los de Pablo Perelman.
En términos narrativos, por ser menos racional y más sensible, sin caer en la sensiblería, el panfleto o la construcción elitista. En materia de cine, por haber encontrado en Beltrán García un director de fotografía que supo dar con una forma concreta a su necesidad de atmósferas, luces y encuadres. Elementos todos puestos al servicio de una expresión cinematográfica, descarnada y poética a la vez, que eleva este relato a la altura de un descenso a los infiernos del alma nacional y personal.
Si de actuación se trata, el elenco aporta credibilidad y una concreta presencia al guión. Bastian Bodenhoffer en el rol protagónico entrega calidez, vulnerabilidad y consistencia a un personaje humano en cada una de sus acciones. Los otros actores en mayor o menor medida hacen también verdaderos sus personajes. Destacan Shlomit Baytelman en el trabajo más serio y convincente de su carrera en el cine chileno.
