Crítica de La mitad de Óscar, por Mirito Torreiro. Revista Fotogramas (España). Marzo de 2011.

¿Qué le pasa a Óscar? ¿Quién es ese torvo vigilante de una salina, cuya vida sigue mecánicos gestos cotidianos, siempre iguales, como si quien los cumple esperara que algo viniera a sacudir su existencia cotidiana? ¿Qué se esconde tras el ademán huraño y el carácter asocial del personaje? A partir de un protagonista que es casi, casi un espejo opaco, el siempre sorprendente Manuel Martín Cuenca construye una historia sin hiatos ni desmayos, trazada con el compás del rigor y la milimetrada puesta en escena, en la que los paisajes cumplen la virtual función de un personaje central, y en la que lo que se calla es mucho más importante que lo que se dice.

Película de silencios, pues, que como querría el mejor Hemingway, esconde bajo su aparentemente banal superficie un iceberg de pasiones que ya fueron y no pueden volver a manifestarse, La mitad de Óscar revela con fuerza el grado de perfección a que parece haber llegado su director en su oficio.

Mucho menos un retrato (que también) que una ausencia, el film se desarrolla casi con pudor, con un magistral uso de la elipsis y sin desvelar jamás sus cartas, hasta desembocar limpiamente en una de las mejores secuencias a dos de toda la historia del reciente cine español, en la que sin duda es la más madura, lograda y esperanzadora criatura nacida de la inspiración de su concienzudo creador.

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