Crítica de Anita no pierde el tren, por Omar Khan. Revista Cinemanía (España). Nº 65. Febrero de 2001.

Curioso universo el de Ventura Pons. Con más vocación y tino para la película coral y el drama urbano, para los conflictos del alma y la inestabilidad del existir, oferta ahora una comedia que, de alguna manera, lo devuelve a la génesis de su cine: sus películas ligeras de los ochenta antes de que tomara esa sólida vertiente de cine doloroso, comprometido, con el que ha conseguido gran proyección dentro y fuera de España en los noventa. Pero no hay que llamarse a engaño. No es un ejercicio de género al uso ni un abandono de las recientes preocupaciones que le han empujado a crear. Anita no pierde el tren rehusa a la carcajada y al entretenimiento de palomitas. Su tono es cordial, pero, al unísono, oscuro, incluso triste y siempre emotivo.

La Anita del título, encarnada por una mesurada, desenvuelta y eficaz Rosa Maria Sardá, es una cincuentona que se ha pasado la vida en el sofocante cubículo de la taquilla de un cine, orgullosa de su trabajo y del servicio que presta a sus felices espectadores. Pero un día ve con horror cómo es desplazada por el progreso. La sala inicia un proceso de transformación en minicines y pierde su trabajo ante la belleza y juventud de una taquillera adecuada a la nueva imagen. Sin embargo, en los escombros del local donde se levanta el moderno complejo, conocerá a un obrero, hombre casado y gentil (José Coronado en acertada interpretación), que le hará entender que siempre hay una oportunidad para volver a empezar. Las situaciones son tragicómicas y Pons sigue con curiosidad el periplo de Anita, que pasa de una ruptura con su rutina a una depresión y, de allí, a un estado de efímera felicidad. Como es usual en él, no hay concesiones. A cambio, una mirada lúcida a la madurez y sus complejidades en un filme entrañable, hecho con el corazón.

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