Crítica de Lista de espera, por Alberto Ramos. Ecos, SIGNIS (La Habana). Nº 4 (2000)

A la larga, la comedia termina siendo más favorecida por las coyunturas económicas adversas. Recuérdese que el florecimiento del género en Estados Unidos durante los años treinta, a contrapelo de los devastadores efectos de la depresión, parecía una estrategia de gobierno celosamente promovida por el equipo de Roosevelt y los abanderados del New Deal. Desde las filigranas musicales de Burby Berkeley y la comedia sofisticada liderada por Lubitsch, hasta la adopción del vodevil con Mae West, W.C. Fields y los hermanos Marx, la temprana consolidación de la «fábrica de sueños» debió mucho a aquellas seductoras y elaboradas invitaciones a la evasión que Hollywood convirtió en sus comedias. Pero fueron los filmes de Frank Capra, cuyo contagioso optimismo obviaba su alevosa falsedad, los paradigmas del cine como paliativo para impartir masivamente consuelo y esperanza al espectador abrumado por una existencia poco gratificante.

La comedia domina con fortuna desigual en el incierto y tortuoso recorrido del cine cubano a lo largo de la última década. Baste recordar Alicia en el pueblo de Maravillas, Adorables mentiras, Melodrama, Guantamanera, Amor vertical, Kleines Tropicana, Un paraíso bajo las estrellas, así como otros filmes donde aun cuando las pretensiones sean más serias el humor irrumpe (muchas veces en nombre de una cubanía espuria) para aligerar las tensiones y desautorizar cualquier exceso de dramatismo.

Cuando la década está por terminarse aparece Lista de espera, de Juan Carlos Tabío, una suerte de acotación optimista sobre la crisis de los noventa que tal parece un homenaje premeditado al cine de Capra. Su argumento se inspira en el cuento homónimo de Arturo Arango y como casi toda la producción cinematográfica de algún interés en el período, las referencias al presente se insertan en un contexto donde predominan el humor y la fantasía.

En una deteriorada estación de ómnibus algo alejada de la ciudad, la rotura en medio de la noche del único autobús disponible obliga a pernoctar en aquel sitio a la mayoría de los viajeros. En el sueño que sobreviene, donde se involucran todos los pasajeros, estos se resignan a permanecer indefinidamente en la terminal, y la transforman en un acogedor albergue colectivo. La vida cotidiana se reanuda con la colaboración de la mayoría (incluido el administrador) y la terminal deviene una república autárquica ideal, para solaz de sus habitantes. No hay que ser muy observador para encontrar sentido a muchos detalles que remiten a la experiencia cercana de una crisis que ha conmovido los mejores años de no pocas vidas: la terminal paralizada, abandonada en algún punto entre el Este y el Oeste, frente al mar que refuerza la impresión de aislamiento; la salida irracional del sueño, que subvierte los atributos de una estructura desgastada; el compromiso de salvación colectiva, abocado al resarcimiento de una ética presidida por la solidaridad.

Aunque la historia de Arango y el filme compartan en líneas generales esta idea, el cuento resulta infinitamente superior. Con el tono distanciado de un informe seco y formal de los sucesos, la narración logra mantener la continuidad y el equilibrio entre la sombría descripción del ambiente y la sutil irrupción del absurdo, que va socavando la imagen de descomposición reinante. Al acudir al recurso del sueño, la película sitúa los acontecimientos posteriores dentro de lo puramente fantástico, desligándolo de un antecedente violentamente realista. Esto, unido a la preeminencia concedida al humor más pedestre, neutraliza el pesimismo que subyace en el motivo central del cuento, que es la imposibilidad de asumir la trayectoria de cambio generada por las coyunturas de crisis. Lo cual es una lástima si se tienen en cuenta las posibilidades que ofrecía el costado delirante de la historia. En lugar de aprovecharlas, el humor de la película no rebasa los límites convencionales a que acostumbra el cine cubano. La abundancia de personajes permite hilvanar una larga cadena de situaciones poco originales, en las que se esboza una salida chistosa o cuando más, se apunta un detalle de interés. Costumbrismo episódico que a la larga resulta de una trivialidad desesperante. Están las sempiternas alusiones a tópicos como la doble moral, la religiosidad popular, la emigración, la necedad de los funcionarios y el contrabando, amén de la pretensión ingeniosa en la manía posmoderna de las citas (El ángel exterminador). De vez en cuando hay algún acierto, como el matrimonio interpretado por Coralia Veloz y Rubén Breñas, donde la impotencia del marido desliza un sugestivo comentario a su anulación como sujeto social.

El filme opera a través de contrastes bien marcados, cercanos al panfleto amable y moralista, para hacer apología de la idiosincrasia altruista del cubano, su portentosa capacidad de adaptación y su espíritu renovador. En el centro de los conflictos está la protagonista (Tahimí Alvariño), decidida a casarse con un extranjero para marcharse del país hasta que encuentra al objeto de su afecto, un ingeniero recién graduado (Vladimir Cruz) que regresa a provincias. Cuando él le expone su proyecto, con ese lastimoso e inverosímil candor que se ha convertido en la marca de identidad de este intérprete (poco menos que llamado a devenir en el Jean-Pierre Léaud del cine cubano), uno no puede menos que sonreír ante lo forzado de la confrontación entre ambos puntos de vista. Los funcionarios, que siempre han sido blanco predilecto de la crítica más banal y complaciente, se ven enfrentados en el sufrido administrador de la terminal (Noel García) y la lamentable caricatura que hace Jorge Félix Alí del superior que lo hostiga con consignas y frases extemporáneas, propias de la retórica adoptada en tiempos pasados para condenar los excesos de la burocracia. La soledad del administrador remite a su condición de olvidado, mitigada por la presencia seráfica y maternal de otra solitaria, la viuda interpretada por Alina Rodríguez.

Pero el extremo más insidioso de los antagonismos se alcanza al contraponer a dos especuladores que forman parte del grupo. Uno trafica leche en polvo y latas de carne, mientras el otro se desempeña a un nivel más exclusivo: su especialidad son las langostas. Aunque en última instancia ambos no son otra cosa que delincuentes, el primero es un personaje repulsivo, taimado, ordinario y egoísta, que encarna el lado oscuro y deleznable del negocio. El segundo, un papel que lo debe todo al carisma de Jorge Perugorría, es un pícaro, un burlador simpático y vital, el caballero rebosante de generosa humanidad cuyas faltas (aparte de fingirse ciego para sacar provecho de ciertas ventajas en el trato social) son pasadas por alto merced a una peculiar lógica de la supervivencia.

El idilio de los jóvenes protagonistas se ve obstaculizado por la tentadora perspectiva de la emigración, que pone a prueba las virtudes ciudadanas de la chica. De una parte, la joven es conminada a marcharse, por una amiga recalcitrante y la ulterior aparición de su novio español. Del otro lado está el reclamo amoroso de Vladimir, y por si fuera poco, la esperpéntica lección de patriotismo más allá de la muerte que ofrece un anciano inmigrante, quien fallece pidiendo sepultura en su tierra de adopción, a la que acaba de regresar luego de una última visita a su España natal. Involuntariamente o no, el suceso deja una sabrosa nota de humor sardónico, de deliciosa socarronería en medio de tanto chiste barato y entrecortado. Al final es obvio que la opción de la muchacha trasciende la connotación sentimental para dar continuidad a la alegoría del sueño: la resolución de permanecer en la terminal y convertirla en patria común de los viajeros, se prolonga al quedarse junto a Vladimir y compartir la promesa de una nación redimida por la rehabilitación moral de sus hijos.

En uno de los momentos más elocuentes de la película, nos encontramos a todos los personajes disfrutando de un sonado banquete en las afueras de la terminal, merecida recompensa tras un penoso camino de esfuerzo compartido. Abunda la comida, se bebe bien y todos sonríen. Estamos en el centro mismo de la más reluciente utopía, donde los pobres comen langosta mientras una canción ensalza las delicadezas del nuevo plato, la Langosta Terminal, primicia alucinante de la felicidad alcanzada por los habitantes de aquel paraíso recuperado. En la engañosa reverberación del sueño, la crisis es conjurada con simplificaciones del más manoseado humanismo, y el espectador es persuadido de que basta un cambio de disposición, el retorno a determinados valores (solidaridad, misericordia, honestidad, etc.), para que la armonía se restablezca. Como para nadie es un secreto lo difícil que es instaurar ese orden de cosas en nuestro mundo, la película se vuelve transparente al ocuparse en proclamar verdades, no por importantes menos evidentes. El resultado es un filme pobre, falso, superficial, apuntalado por los excesos de humor, que desperdicia una oportunidad como pocas ha ofrecido la literatura cubana de los últimos tiempos para reflexionar sobre nuestro renacimiento como ciudadanos y como nación.

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