Crítica de El artista, por Leonardo M. D’Espósito. Revista El Amante (Argentina). Nº 205. Junio de 2009.
Hasta el estreno de El Artista, Mariano Cohn y Gastón Duprat eran (o son) dos personajes de la televisión. Una televisión posible, digamos, que se encuentra en las antípodas de la que propone Marcelo Tinelli, el hombre que odia perder. No vamos a criticar aquí a Tinelli como bienpensantes; me parece de mal gusto usar términos como “chabacano” y “machista” para desacreditar lo que se cae solo por una razón mucho más simple y que viene a cuento respecto de El Artista. Tinelli ve la televisión como un aparato conductista pero no confía en el espectador: por eso la mayoría de los chistes consisten en Marce riéndose (Marce es el personaje que hace Tinelli en la televisión, no su alter ego), Marce explicando a la audiencia no sólo el chiste sino en qué consiste la gracia. Personalmente, esa clase de explicación subrayada que no confía en mi inteligencia como espectador, esa idea de que cada imagen quiere decir una y solo una cosa, ese autoritarismo monótono es la razón de que rechace a Tinelli tanto como rechazo a Ingmar Bergman. En ese punto (lean bien antes de mandar un correo insultante por tocar a cualquier dios, del rating o de la gran pantalla) son iguales.
Cohn y Duprat han creado una alternativa a la televisión que se opone a la de Tinelli (y terminemos: Tinelli no es más que la misma televisión de siempre): ponen la cámara y en lugar de mirar lo que se supone, o bien miran a otro lado (Yo Presidente, más televisión que cine) o bien dejan que sea la imagen la que se apropie de la cámara (Televisión Abierta). Su modelo se está construyendo y estoy seguro de que es la verdadera televisión del futuro. Ahora bien, dirán ustedes, qué tiene que ver esto con El Artista, una película que tiene por universo el mundo de las artes plásticas. Pues bien: tiene que ver en que cada vez que se habla del cruce entre televisión y cine, caemos en la lista de programas de TV adaptados a la pantalla. No en sus relaciones como procedimientos de imágenes. En principio, El Artista trata de un señor loco que dibuja (Alberto Laiseca). El enfermero que lo cuida (Sergio Pángaro) toma sus dibujos, los hace pasar como propios y, gracias a ellos, se vuelve un pintor famoso internacionalmente. Lo demás son enredos, una sátira a veces amable y a veces despiadada del lenguaje de los marchands y críticos (que funciona también, metafóricamente, para cualquier especialidad de la crítica, el cine incluido) y un estilo. La cámara no se mueve: cada plano está muy pensado, alambicadísimo, trabajado como un cuadro, justamente. Pero si el film es cine y no otra cosa es porque ninguno de ellos tiene sentido sin los demás. Como si la pintura y la televisión fueran los dos extremos de las posibilidades de la imagen como arte (la pintura conserva el instante y lo vuelve eterno, la televisión lo atomiza en pura fugacidad), Cohn y Duprat usan el cine para colocarlo en el lugar intermedio: de allí el plano de los viejos mirando el televisor, por ejemplo: todo pasa y nada queda en la pantalla chica; mientras que en el lienzo todo queda y nada pasa. Y entonces la pregunta: ¿qué es el arte? ¿Un accidente, una construcción del discurso, un capricho, una moda? ¿El cine es arte? Si la pintura lo es, la televisión, no, y el cine está en el medio, ¿Qué es? El Artista vale no sólo porque funciona como una comedia, no sólo por sus momentos inspirados o por sus planos, sino porque se plantea estas preguntas y nos obliga a plantearlas. No nos da respuestas ni nos obliga a tomar una posición, sino que, para comprenderla, tenemos que oscilar entre esos polos constantemente y movernos. El movimiento sí es cine.
Al plantear estas preguntas de modo concreto y sin travestismos, Cohn y Duprat se alejan definitivamente de la televisión y hacen una película. No nos explican el chiste ni nos obligan a reírnos cuando ellos consideran que algo es gracioso, sino que nos dejan contemplar lo que sucede (eso que Tinelli, volvamos al principio, impide). La gran discusión sobre el film en Mar del Plata giraba alrededor de que estos muchachos hacían televisión. Y no, porque la televisión es Tinelli, es decir, la inteligencia del espectador enyesada en un andador. A pesar de los planos fijos y su coherente, irónico tratamiento pictórico de la imagen, El Artista es cine. Uno que pregunta, con sonrisa y a veces con molesta superioridad, qué es lo que vemos, por qué lo vemos y qué nos provoca cada imagen.
