Crítica de Omerta, por Yuris Nórido. Publicada en Trabajadores (La Habana), 5 de enero 2009.

Con su más reciente largometraje, Omerta, Pavel Giroud rindo homenaje a la gran tradición del cine negro. Uno pudiera pensar que, más que un homenaje, el director pretendió una película de ese tipo con todas las de la ley. Pero es imposible tomarse del todo en serio las referencias formales, los guiños al género, no solo porque hay una evidente voluntad hilarante, sino porque esas referencias están muy acentudas, hasta el punto de que resultan casi paródicas.

Está, por ejemplo, todo el regodeo en lo elíptico: la sombra del protagonista, pistola en mano; las siluetas distorsionadas por un cristal, la acción sugeridad, o escuchada a través de la pared… Es marcada la intención de reunir todo el rosario de situaciones y efectos que han devenido característicos de una manera de hacer cine. Pero aquí, por subrayados, no se asumen con la «naturalidad» que ostentarían en una clásica producción del género.

Nada de esto resta méritos a la cinta. Podría ser, incluso, su principal atractivo. Que más da cuáles hayan sido las intenciones del director. El resultado ha sido una película atendible, amena, entretenida.

La historia de un gángster, el guardaespaldas de un capo, en la Cuba de los primeros años de la Revolución, cuando se ha hecho más que evidente que el mundo al que perteneces se ha derrumbado, deviene una parábola singular sobre el hecho de envejecer, sin querer o poder amoldarse a las nuevas circunstancias. El héroe de la historia —que como en las películas del cine negro, es también un antihéroe, aquí se borran las fronteras— está consciente de que el nuevo orden de cosas ya no le es propicio, pero se aferra a un sistema de valores que trascienden la esencia delictiva de su «profesión».

A Pavel Giroud, en todo caso, no le interesa juzgar con severidad a sus personajes, al menos no a su personaje protagonista; otra cosa sucede con el de un delincuente de poca monta; en el filme se dejan bien establecidas las diferencias entre el delincuente de cuello y corbata, y el ratero sin modales.

La historia fluye bien, sin altibajos significativos, Giroud dinamita con dominio la narración cronológica, para crear un entramado favorable al suspenso. La dramaturgia es bastante cuidadosa, aunque después de la mitad la cinta decae un poco en ritmo e interés de las peripecias.

A la hora de recrear una época, Giroud se vale de los mismos recursos que en su anterior La edad de la peseta; predominio de los primeros planos y planos medios, énfasis en los detalles; fotografía, de fuerte carga expresiva y peculiar estilización; banda sonora bien contextualizada.

En cuanto a los actores, Manuel Porto interpreta con carisma al gángster en cuestión, haciendo énfasis en el tipo, pero sin caer en la caricatura. Plausibles también los desempeños de Kike Quiñones y, sobre todo, Yadier Fernández.

Con Omerta, Pavel Giroud demuestra que es uno de nuestros más pujantes realizadores. Un director que se mueve en disímiles géneros, que se resiste a ser encasillado.

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