Crítica de Sobreviviendo Guazapa, por Elmer L. Menjívar. Publicado en el Diario La Prensa Gráfica (El Salvador). 19 de enero de 2008.

Hay que ver esta película. Al margen de la crítica que a continuación sigue, hay que recordar que el cine también es historia y cultura, y «Sobreviviendo Guazapa», de Roberto Dávila Alegría, es desde hoy parte de nuestra historia y nuestra cultura.

Dávila encontró no solo una buena historia, sino que también encontró una manera inteligente de contarla: sencilla e inmediata. Ahora bien, el tránsito de la historia al guión siempre es una aventura.

Hay que decir que el guión se sostiene con dignidad, maneja muy bien la línea narrativa, y hasta se atreve al flashback y a los sueños. Hace falta pulir por algunos lados, reforzar la investigación lingüística —hay demasiados giros expresivos en los diálogos que no eran usados en los ochenta— y hacer un tanto más cinematográficos los diálogos, que son más efectivos en el manejo del humor que del drama. Creo que también hay problemas con la administración del ‘timing», ese silencio narrativo necesario que hace fluir o estancar lo contado. Pero nada de esto impide comprender. Eso ya es ganancia. Los personajes ‘están bien logrados. Desmitifica y deja de lado los estereotipos ideológicos, incluso transgrede cierta tradición manquea cuando se aborda al soldado y al guerrillero con los polos del malo y el bueno. Confieso que no pude evitar recordar «No Man’s Land» (Bosnia-Herzegovina, 2001), de Danis Tanovic, ganadora del Oscar a mejor película extranjera, que aborda una situación similar. La actuación de Arturo Rivera, como el guerrillero Pablo, tiene altas y bajas, pero en el balance sale ganando, hay carácter y tiene secuencias brillantes. Sin embargo, se nota la dificultad para manejar el drama con la mesura que evita el melodrama involuntario, cuestión que también se debe al guión mismo.

Alejandro López, como el soldado Julio, tiene mucha presencia, y su actuación resulta fresca y natural en las partes que le demandan ser juvenil y divertido, pero también se debilita cuando se le exige gravedad, como por ejemplo es la secuencia final. Juntos funcionaron bien e hicieron creíble el desarrollo de su relación.

La niña Karen Gómez, como todo niño en el cine, resulta muy efectiva. Su secuencia persiguiendo una mariposa es entrañable, y en general, cumple con los mínimos del desarrollo de su personaje —omito aquí su historia y procedencia porque sin duda es la parte más emotiva del anecdotario de esta película, y ya fue abordado en otros materiales publicados—.

De la cinematografía —lo que vemos— destaca la fotografía de Guillermo Castillo, que de haber sido apoyada por mejores recursos técnicos se luciría mejor. Sin embargo, el trabajo de iluminación es el gran mérito técnico, pues gran parte de la película transcurre de noche, y se logra verosimilitud. Hay cámara bien puesta y por momentos logra real intimidad con los personajes. También la edición resuelve bastante bien la narrativa visual.

Me pareció un error iniciar la película con una secuencia de foto fija, porque, a pesar del valor documental de las imágenes, entorpece la entrada firme de la ficción. La secuencia del combate, a pesar de estar bien realizada, es quizá demasiado larga y provoca que la tensión vaya de mayor a menor, sin nunca recuperar ese nivel de acción. Es de reconocer también el cuidado que hubo en reproducir el modus operandi tanto del ejército gubernamental como del guerrillero. El uso de la música incidental me pareció abusiva durante algunas secuencias. Por otro lado, haber caído en la tentación de los efectos especiales le pasa facturas: las explosiones y la avispas no pasan la mínima prueba y son riesgos innecesarios, pues la historia pudo resolverse de manera más creativa. Termino diciendo que Dávila nos entregó una obra digna, un buen despertar, y confío en que la cultura y la experiencia cinematográfica futura lo consolide para bien del cine nacional. Y sí, yo creo que sobreviviremos. . .

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