Crítica de La perdición de los hombres, por Ernesto Diezmartínez Guzmán. Diario Noroeste (México). Publicada en julio de 2004.

Con el cine de Arturo Ripstein parece no haber puntos intermedios. O se le alaba fuera de toda proporción o se le odia con igual vehemencia. Flaco favor se le hace a la obra ripsteniana en esos dos extremos. Primer dato duro: es innegable que Ripstein ha hecho, por lo menos, dos de las más importantes películas en la historia del cine nacional, Cadena perpetua (78) y El lugar sin límites (78), cintas que ni los más acendrados cinecríticos anti-ripstenianos se han atrevido a enlodar. Segundo dato duro: tampoco se puede negar que el hijito de su papá –el poderoso productor Alfredo Ripstein—ha sido muy exitoso en festivales hsipanoamericanos (La Habana, San Sebastián) pero también en el de Venecia, uno de los tres más importantes del orbe: dos de sus filmes, Profundo carmesí (96) y la muy reciente La Virgen de la lujuria (02), fueron premiadas y alabadas sin recato alguno. Además, la prestigiada revista de cine española Nosferatu le dedicó al cineasta un número entero y no han faltado, en estos últimos años, retrospectivas y homenajes en muchos festivales y sitios alrededor del planeta. Dicho de otra manera, Ripstein es, hoy por hoy, el “auteur” mexicano de mayor prestigio en el mundo. En contraste, otros dato duro también innegable: ninguna de sus cintas ha sido especialmente popular en México –por lo menos ninguna en los últimos 20 años si exceptuamos la atípica El coronel no tiene quien le escriba (99)—, y una parte de la crítica nacional más importante y respetable siempre está esperando cada nueva película ripsteniana para darle hasta por debajo de la lengua, en una actitud que tiene que ver más con cuestiones personales que con un análisis (más o menos) objetivo de su cine y su obra como tal.

Resumiendo: aunque el cine de Ripstein de los 70 permanece –por consenso crítico nacional—como el más importante de su carrera, internacionalmente hablando, el director de Principio y fin (93) es visto con respeto por su obra de los 80 y 90, la misma que aquí en México ha causado las mayores polémicas. Esto me recuerda el caso de Kurosawa, el cineasta japonés venerado en Occidente pero atacado en su propio país, que lo tachaba de ser un director demasiado “hollywoodense”. ¿No estará pasando lo mismo en el caso de Ripstein –guardando, por supuesto, las respectivas distancias? Dicho de otra forma: ¿qué le han visto a su cine los jurados de tantos festivales y los críticos europeos y norteamericanos que, nosotros, en México, no vemos? Todo esto viene a cuento porque me he topado en Blockbuster con una de las más recientes cintas de Ripstein, La perdición de los hombres (México-España, 00), hasta donde recuerdo la primera comedia del cineasta desde el episodio “HO” contenido en Juego peligroso (68).

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La trama gira alrededor del asesinato de un pobre tipo cometido por dos hombres en algún recodo polvoriento de la provincia mexicana. El muerto resulta tener dos mujeres que se pelean el cadáver en la comisaría. Al final, sabremos el absurdo motivo por el cual fue muerto el bígamo por sus dos compañeros de “beis”.

El Ripstein de finales de los 60 y el Ripstein de inicios del nuevo siglo son muy distintos, por lo menos en lo que a elecciones estilísticas se refiere. La Perdición de los Hombres está filmado con los largos planos-secuencias que han sido la firma ripsteniana desde hace una década y el cineasta usa una cámara digital como en Así es la vida… (00), su cinta inmediata anterior. La película está construida por tres episodios que nos son mostrados en desorden cronológico –el último es el inicio de la historia, el primero es la parte intermedia, el de en medio es el desenlace—y con una fotografía granulosa en blanco y negro de Guillermo Granillo y Estebán de Llaca. Ripstein está experimentando con el nuevo formato digital y eso se nota hasta en la opción de filmar (más bien, grabar) la cinta en blanco y negro, que resulta ser un capricho y no una elección estilística bien calculada (“a mí siempre me ha gustado muchísimo el blanco y negro”, confesó Ripstein a Hugo Lazcano en REFORMA).

No deja de ser admirable el dominio técnico que tiene Ripstein del plano secuencia, algunos momentos de inesperado rompimiento brechtiano (uno de los protagonistas se dirige a nosotros para presentar su casa y sus pertenencias) y la arriesgada apuesta por un sentido del humor que pasa de lo surreal (el locutor de radio que platica con un personaje) a lo esperpéntico (la pelea de las dos “viudas” por el mismo cadáver) o a lo costumbrista (la plática de los dos asesinos frente al cuerpo de su víctima). También es notable el esfuerzo del reparto (Rafael Inclán, Luis Felipe Tovar, Patricia Reyes Spíndola, Leticia Valenzuela) por darle algo de peso dramático (y cómico) a los diálogos escritos por Paz Alicia Garciadiego que pasan del intento de capturar un auténtico lenguaje popular mexicano a una serie de peroratas o frases que ningún ranchero mexicano podría decir en la realidad.

Como de costumbre, la cinta fue crucificada por la crítica nacional cuando se estrenó hace algunos meses, pero eso no fue obstáculo para que la cinta ganara el premio al Mejor Guión, la Concha de Oro a la Mejor Película y el premio FIPRESCI “por el creativo uso del vídeo” y “la libertad y riqueza de su estilo personal” en San Sebastián 2000. ¿Esto hace a La Perdición de los Hombres recomendable? En lo que a mí respecta, no por completo. Sin duda resulta interesante la apuesta de Ripstein, pero creo el filme no logra cuajar como la comedia de humor negro que pretende ser. Pero quién sabe: tal vez en el extranjero tengan razón y nosotros los mexicanos estamos mal por no entender que Ripstein es un genio.

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