Crítica de Chicha tu madre, por Manuel Bonilla. Revista Tren de sombras, Nº 5. Julio de 2006.
Chicha tu madre es una película urbana que transcurre en la extraña, misteriosa y multicultural ciudad de Lima. Es una historia dramática vestida (y calateada) de humor. Así reza la sinopsis de la película en su propio sitio web. Dirigida por Gianfranco Quattrini, nacido en el Perú pero macerado en el seno de Chicago en Estados Unidos, Chicha tu madre es un largometraje que explora y nos muestra el quehacer cotidiano, trashumante e informal de Julio César, personaje interpretado por Jesús Aranda, que contempla su vida detrás del volante de un taxi. Él es taxista y es cualquiera en la urbe caníbal de Lima. ¿Quién no puede ser taxista? El bachiller solo demora lo que tarda asomar el letrero de neón sobre el parabrisas, sea de un tico o de un esteishonvágon. Y este taxista no tiene taxímetro ni mucho menos es Robert de Niro en Taxi driver.
Julio César, como todo limeño que se respeta, tiene su cachueleo, casi su hobbie: lee el Tarot. No podemos decir que la película apunta a desarrollar un programa narrativo estricto, de intrincados nudos dramáticos ni explosivos desenlaces, sino a desnudar, en sentido formal y simbólico, las redes emocionales y culturales de un morador de la Lima desbordada, la irónica y bautizada con cacha Ciudad de los Reyes.
Veamos el cuerpo calato, no desnudo, de la película. Julio César está amarrado a un matrimonio, que como taxi con llanta baja, no da para adelante. Con Zoila, sacavueltera ama de casa, tiene una hija de dieciséis años bautizada, en el paroxismo de lo nominal, Yoselin. Ésta carga un bebé en el vientre. Julio César, entonces, ancla en el consuelo y cobijo de otro vientre (no maternal, sino car-nal), el de Katlyn, una prostituta de abundante anatomía a lo largo y ancho de su territorio. Conviene detenerse en el personaje que encarna (a fin de cuentas es asunto de carnes) Tula Rodríguez. Es la puta, la mujer de la noche que saca palabras a los tímidos y finge para los pretenciosos, y que encaja con el prototipo del imaginario prostibulario de la meretriz peruana. Estatura mediana, pechos turgentes, nalgas sinuosas, caderas curvas. La configuración de lo cholo y sus coordenadas culturales abordan y rebasan toda la película, en un afán de reivindicación a medio pelo; pues la trayectoria de Julio César es anodina, es llevada por el azar, por el devenir curioso que lee en las cartas del Tarot. Ese derrotero lo lleva a conocer y entablar vínculos efímeros con un verboso enfermero argentino, no exento de truco, y un histérico entrenador, también argentino.
Los modelos de apariencia y conducta se presentan más cercanos en las interpretaciones de Jesús Aranda y Tula Rodríguez, como algo palpable y deseable. En Chicha tu madre, no existen juicios de valor definidos, todo está permitido, ajeno a las miradas que juzgan. Pareciera que representa aquello que Lima es para los vivos. Esa ciudad que sociólogos y antropólogos tratan de aprender y aprehender. Así, esta Lima chicha, pirata, kitsch, combi y coimera es cogida con pinzas por el realizador para soltarla como un todo armónico dentro del universo emocional de los personajes. El personaje es Lima como cultura y espacio, el resto de personajes son ambulantes, en el sentido figurativo y formal, en ella.
Acaso la estructura de una película que trate de esbozar la identidad limeña debe formarse como un enrevesado collage. Es que Lima es fútbol, chamanismo, taxis, burdeles, heladeros en carretilla, radio Inca Sat, perros como de maniquíes con la cabeza oscilando absurdamente, informalidad, peleas y revanchas; la misma que grita que al fondo hay sitio. Eso llevado a la pantalla bajo el constate bombardeo de íconos urbanos, mediáticos y populares, llevan al espectador a un mero asentimiento de cabeza o a un tenue reconocimiento. Finalmente, es pertinente detenerse en la designación del nombre para bautizar la película. Esa frase, eufemismo de otra más cruda y oída que es el «puta madre», representa ese grito de resignación, de ampay frente a la adversidad que viven los personajes y a la frustración que experimentan si es que no saben las reglas del juego.
