Crítica de Secretos del corazón, por E. Rodríguez Marchante. Publicado en el diario ABC (España). 21 de marzo de 1997.

Cualquiera que ya haya aprendido que existen la acidez de estómago, los fondos de inversión y el mal de amores, sabe también que hay dos mundos: uno, el que él habita, un mundo adulto y lleno de evidencias, y otro, el que él recuerda, un mundo infantil y lleno de sospechas. Montxo Armendáriz, un tipo con una barba alba que elimina cualquier suspicacia al respecto (no es ningún niño), ha hecho una película que abre de par en par la puerta hacia aquel país del nunca jamás, que es tu propia vida cuando la correteabas en vez de andarla de puntillas. Cualquiera que, a pesar de los pesares, aún pueda dormir estirado y de un golpe, conserva en su interior el balazo de luz de su infancia y no tiene inconveniente en mostrar la herida (lamentablemente cerrada) con el mismo orgullo que si fueran honores de guerra. «Secretos del corazón» tiende un puente entre esos dos mundos tan lejanos entre sí como el palo de un bastón y el palote de un chupa-chups.

Armendáriz rueda su película a la altura de los ojos de su protagonista, Javi, ocho años y apenas recipiente para contener tanta curiosidad, tantos miedos, risas, ansias, sabores y sinsabores. Y a esa altura, desmenuzar todo el complejo mundo que rodea a Javi: la madre viuda, el padre mal muerto, el tío penitente, el abuelo envenenado por los residuos del pasado, las tías chapoteando en el barro de una vida malograda… Un mundo que se cuela en su interior a la vez que el otro: el de la vecinita que apunta formas, el de la escuela y los curas, el del caserón vacío que cruje por dentro de pisadas de fantasmas rencorosos, el mundo que sabe a dulce, huele a mierda de vaca en el zapato y suena, a cancioncilla y al runrún de muelles siempre en otra habitación que no es la tuya…

«Secretos del corazón» es una película tan íntima que es prácticamente imposible compartir con los demás. Está hecha con retales de sensaciones, con escenas rescatadas de entre las primeras hojas del cuaderno de bitácora, con miradas que se escurrieron por el desagüe del pasado, con enigmas tan grandes que la vida acabó dinamitando con una carga excesiva, sin miramientos. Una película tan bien construida desde dentro, tan cremosa, que uno se impregna de ella como si se la untaran, con un gusto a niveas, a mentoles, a medias verdades y a vapores de recuerdos.

No sólo es una película muy hermosa, sino que también es inteligente: con cuánta sensibilidad deshace Armendáriz el drama en risa, la risa en poesía, la poesía en turbulencia y la turbulencia en misterio. Con cuánta sabiduría recuela en su película las amargura de esas vidas tristemente adultas: los personajes que interpretan Vicky Peña o Charo López le estallan a uno en la cara oculta. Y con cuánta amargura recuela la sabiduría: otra vez el personaje de Charo López, quizá el más hermoso que haya interpretado nunca, el más triste, el más envidiable. Ella está maravillosa, pero todos los demás también. En especial, los actorcitos, Andoni Erburu (el protagonista) e Iñigo Garcés (su amigo con cara de preocupación, como si cotizara en Bolsa), que saben todo lo que hay que ‘saber para que el espectador se lance cabeza abajo por la barandilla de la escalera que lleva tanto tiempo subiendo.

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