Crítica de Jericó, por Marjorie Miranda. Revista Cine Oja (Venezuela). N° 24. Agosto de 1995.
Jericó narra la historia de un sacerdote (Santiago) quien, estando en América, es enviado a un viaje por el territorio con un grupo de conquistadores. Su misión era convertir almas para el servicio de Dios, mientras la de los otros era la de “conquistar”, además del territorio, todo valor que encontrasen por el camino, para el servicio de la corona y para ellos mismos. Santiago descubrirá los verdaderos motivos de esa aventura, y que el verdadero espíritu a conquistar, en su caso, será el suyo propio.
Nos encontramos con un proceso de transformación espiritual que condena, en principio, la desmedida crueldad (y ambición) de la conquista, poniendo en tela de juicio los valores que ésta se escuda y mantiene (la religión, la corona) y luego, e propio valor de la religión y la cultura eurocéntricas.
Durante la primera parte del viaje, son dos las secuencias que Lamata escoge para enfocar el carácter de la conquista. Una, en la que el indígena atrapado decide hundirse los ojos y otra, cuando el grupo llega a un poblado, a cuyos habitantes masacra sin piedad. En la primera Santiago narra en off (en la voz de su hermana) que «unas cuencas vacías fueron testigos de la sombra de su alma», el comienzo del temor y de la duda ante un contexto y un mundo que no se conoce y no se comprende, algo que en ese momento era válido tanto para Santiago como para el viejo indígena. En la otra, la muerte impune que acarrean El Alemán y su grupo de viaje, minimiza las intenciones (de Santiago) de «conquista de almas». El objetivo de la expedición es el oro, los indígenas carecen ante los conquistadores de valores humanos y, por ende, de un alma rescatable para el servicio de Dios.
La geografía será también parte influyente en el proceso de este viaje. Un territorio excesivo en sus elementos, que no se puede controlar y sobre el que no hay parámetros de reconocimiento, que va mellando la fortaleza —física y moral— de sus (ambiciosos) exploradores-conquistadores foráneos.
Lamata juega con un sentido simbólico de los elementos en relación con este punto, como la Biblia que cae al río y se pierde en su cauce para terminar en la orilla a los pies de un pequeño primate. O el viaje en círculo que llevarán a cabo Gascuña, Santiago y los otros que, huyendo del alemán, se pierden en el territorio.
Esta geografía y sus habitantes son elementos protagónicos durante la segunda parte del viaje de Santiago, cuando es atrapado por los indígenas y pasa a convivir con ellos.
A partir de ese momento, Santiago comienza a experimentar una cotidianidad sin tiempo y pasa a ser testigo de una cultura que vive integrada en sus aspectos vitales esenciales, despojada de todo artificio. En un comienzo, Santiago intentará convertir a sus nuevos compañeros a su manera de ver el mundo: tratará de que aprendan su lengua, que escuchen su religión. Pero en ese contexto el elemento extraño es él, y será él y no ellos quien, ante la fuerza de esa cotidianidad, irá transformando su pensamiento, su ideología y su vivir.
Durante esta parte en la que observamos el proceso de integración de Santiago a la comunidad indígena, Lamata mantiene una estudiada fidelidad a la vida y costumbres de dicha cultura, así como un cuidadoso uso del lenguaje, logrando una forma idiomática que respeta y generaliza el contexto indígena. Esto podría plantear una discusión sobre el carácter antropológico o no de todo el segmento, particularmente al considerar la (larga) secuencia de la cura del niño (que recuerda o emula parcialmente imágenes del documental de Manuel de Pedro La iniciación de un shamán). Sin embargo, los elementos tomados de dicha cultura para el filme trabajan en función del sentido de la ficción y la escena en cuestión se inserta con un ritmo y duración adecuados a su propósito, siendo ésta la acción que generará el enfrentamiento decisivo (sacerdote vs. shamán) al oponer dos maneras de encarar una situación límite: la enfermedad del niño. La interferencia del sacerdote determina una acción drástica del shamán, quien somete a Santiago a la prueba-experiencia del yopo. Ello traerá como consecuencia que éste se despoje finalmente de los restos de su propia cultura y credos, despojándose también, simbólicamente, de sus vestiduras y uniéndose a los demás, desnudo, durante la celebración de un baile alrededor del poste eje.
Paralelamente, vemos que el almendro sembrado por él (y regado por la hermana) antes de realizar el viaje, se ha secado. Juego de sutiles símbolos, anteriormente mencionado, que Lamata maneja con sobriedad en un filme de imágenes elocuentes, capaces de mantenerse con solidez en el marco del contexto indígena en su pausado devenir, con el apoyo sonoro de una lengua a la que el espectador no tiene acceso (al igual que Santiago por mucho tiempo). Por su parte, el recurso de la voz en off que pertenece a la hermana y parece narrar a partir de un diario de Santiago —aunque esto no se sabe a ciencia cierta—, introduce fragmentos del pensamiento y el proceso interior de Santiago en momentos claves, los cuales complementan y enriquecen el sentido de las imágenes, dándole además al personaje un sentido de trascendencia y de permanencia en el tiempo, más allá de su trágico final. Sin embargo, hay por lo menos un momento en que esta estructura parece desviarse. Se trata de la conexión que se establece entre Santiago y su hermana cuando ésta despierta sobresaltada de su sueño mientras aquél es atrapado por los indígenas, conexión que carece de mayor significación y sentido dentro de la historia, pues resulta más evocadora de lo sobrenatural que acorde con un paralelismo simbólico como el desarrollo-muerte del almendro que ella cuida, y el mismo proceso en la fe de Santiago.
Por otra parte, se construyen unos personajes bien ubicados: la hermana y el marido en su relación con Santiago, aún con su tono ligeramente declamatorio que aquí se siente bien; los tipos desarrollados en otros personajes (el obispo, Gascuña, El Alemán…); y finalmente, el grupo de actores que interpretan a los indios demuestra un notable trabajo de expresión corporal, actitudes y lenguaje del grupo representado, que Lamata integra admirablemente. Es justamente Santiago quien resulta poco expresivo, algo uniforme y frío en sus aportes al personaje.
Jericó, discurso moral y cristiano, pero culturalmente, no religiosamente. Se condena un estilo de civilización (el desprecio por parte de Santiago de sus/nuestros propios valores) ante el descubrimiento y aprecio de otra cultura, otra perspectiva de vida. Esta tampoco se establece como un modelo, pero se expone su superioridad al modelo europeo, que sólo adquiere sentido a través de valores convenientemente creados. Para Santiago, este viaje significará el abandono del misticismo —aprendido en los libros—, a cambio de la glorificación de la plenitud de la vida material, concreta y real de la persona: «Toda la verdad del mundo se encuentra sobre la piel de una mujer y en la sonrisa fugaz de un hijo». Es la exposición de un proceso espiritual doloroso en el que Santiago no llega a ser como los indios, pero tampoco puede mantener su fidelidad hacia lo que él mismo ha representado. Mientras su amor a Dios permanece, lo que desaparece es la concepción de la religión y los principios de su mundo (momento en el que el almendro es encontrado seco).
En la seguridad de lo que se cree porque se ha vivido y se ha hurgado en ese vivir, en la razón de ser y del hombre como ser espiritual y humano, Santiago acepta su destino último «…y en la oscuridad de mi encierro me queda la ilusión de un mundo diferente». Porque, finalmente, esa verdad le pertenece, es su mundo de razón al que sus carceleros no tienen acceso y no podrán destruir. La carcajada final es su respuesta: «Dios, aún te llamo aunque no me escuches. Jericó no ha caído. Jericó está en mi alma».
El cine venezolano ha podido ver en Jericó otro nivel de aproximación a la realidad. Es un filme que no hace concesiones a los usuales cálculos mercantiles (de público y taquilla) que han caracterizado o servido de directriz a buena parte de nuestra producción en los últimos años. Realizado con gran seriedad y sensibilidad en su querer decir, demuestra la necesidad auténtica de exponer un punto de vista cabal sobre un aspecto de la realidad totalmente ignorado hasta ahora entre nosotros.
Con Jericó, se entiende también que existe otra manera de hacer cine… y en la oscuridad de nuestras salas se mantiene la ilusión por un cine diferente.
