Crítica de La Redota. Una historia de Artigas, por Pablo Delucis. Publicada en Cartelera (Uruguay). 29 de julio de 2011.
El Proyecto Libertadores surge a partir de la idea de Televisión Española y algunas productoras de ese país de hacer una serie de ocho filmes de ficción – detalle a tener en cuenta – que tratan sobre el pensamiento y la obra de figuras históricas latinoamericanas de la talla de, entre otros, José de San Martín, Simón Bolívar y José Gervasio Artigas. Estas películas han sido filmadas casi en su totalidad en el país de origen de la figura central, y para su realización se ha recurrido a gente de trayectoria. En el caso uruguayo es César Charlone (director de fotografía de Ciudad de Dios, El jardinero fiel y Ceguera; co-director de El baño del papa) su director y guionista, acompañado en este rubro por Pablo Vierci (Matar a todos).
Artigas – la Redota tiene una base argumental muy simple y tiene su inicio en el encargo que le hace el dictador Máximo Santos al pintor Juan Manuel Blanes: plasmar en la pintura la figura del prócer. Para llevar a cabo ese cometido, Blanes recurre a las memorias de un personaje ficticio, Guzmán Larra, un sicario al que contrata Manuel de Sarratea en 1812 con el fin de asesinar a Artigas. A lo largo del relato aparecerá también una historia de amor un tanto fantástica y se irá gestando una creciente identificación del sicario con quien en principio sería su víctima.
La parte histórica del filme, aún con algunas irregularidades y contradicciones – la referencia de Sarratea a un discurso artiguista no condice con las fechas que se manejan – funciona más que aceptablemente. La forma de contar la anécdota, un poco a la manera de un western rural y creando expectativa en torno a la aparición del personaje del prócer en escena, lucen correctamente planteadas, a la vez que la opción de usar un lenguaje actual en lugar del que se usaba en la época, no le quita intensidad al relato. Es de destacar que cuando se centra la atención en los discursos y en el ideario artiguista, se trató de no dar una imagen de excesiva solemnidad, cosa que se logró en la mayoría de esos pasajes.
La ambientación – la gama de colores elegida por Charlone, que recuerda inevitablemente a las tonalidades usadas por Blanes, son un real disfrute -, el vestuario y la recreación de época lucen apropiadas y recrean creíblemente los lugares y costumbres de nuestra campaña donde ocurren la mayoría de los hechos.
Otro aspecto muy importante pasa por la actuación de los personajes principales. Tanto Franklin Rodríguez – a pesar de lucir una barba un tanto peculiar – en el rol de Máximo Santos, y en especial Yamandú Cruz como Blanes y Jorge Esmoris como Artigas, convencen cabalmente en sus personajes. Es de destacar lo de Esmoris, ya que seguramente a los uruguayos no nos debe resultar nada sencillo sacarnos la imagen de José Gervasio que tanto hemos visto, aprendido y conocido. Sin embargo, con sus miradas, tonos y gestos muy cuidados, el actor logra ser creíble sin caer en la caricatura, y darle a su composición un sensible toque humano, adecuado para el relato y que va más allá del héroe petrificado.
Donde el interés decae sensiblemente y no mantiene la eficacia anterior es cuando la trama se detiene en el supuesto sicario y su historia de amor. Me da la impresión que el tiempo que se le dedica a estos asuntos es excesivo (más aún si tenemos en cuenta que los propios realizadores han manifestado que se armó «ese cuentito» solo como un complemento), y la intensidad dramática que se pretende no logra momentos significativos. Algunas situaciones, entre lo fantástico y lo real, aparecen algo confusas y sin el desarrollo adecuado. Tampoco ayuda demasiado en este aspecto la actuación de Rodolfo Sancho como el asesino a sueldo.
De todos modos, y a pesar de estas irregularidades, el resultado final es valioso y puede abrir la puerta a profundizar en un tipo de propuestas históricas que, en el marco de nuestro cine, ha tenido pocos y no demasiado alentadores ejemplos.
