Crítica de Gigante, por Juan Andrés Ferreira. Publicada en El observador (Uruguay). 22 de mayo de 2009.
Un tipo con ciertas dificultades para socializar idealiza a una per-sona que ni siquiera conoce —y a la que no se anima a hablarle—y la empieza a seguir por las calles de Montevideo. No es un thriller ni un filme de suspenso o de terror psicológico: es una historia de amor.
EL VIGILANTE. Tres premios en uno de los más prestigiosos festivales cinematográficos del mundo (el de Berlín), elogios de la crítica extranjera, y el sello de la casa productora Control Z (si no sabe qué es, googlee o pregúntele a la persona que tenga más cerca) son elementos suficientes para generar una expectativa acorde con el título de la película. Así llega Gigante, la ópera prima de Adrián Biniez, a las salas uruguayas.
Lo dicho: se trata de una historia de amor. Lo dice el tagline de la película: «Una historia de amor XXG». De cómo nace un amor, un enamoramiento. Se trata del momento previo a la posibilidad del primer beso, de la búsqueda de ese primer beso (que no es tan importante en sí mismo sino que importa por lo que viene después), del camino que se recorre para llegar hasta ese instante. En esa búsqueda cada uno hace lo que puede (algo a lo que ya también se aproximó Acné, de Federico Veiroj), cada cual tiene su estrategia. Y el Jara (Horacio Camandule), un tipo tosco y grandote con una timidez que a veces pasa por parquedad, hace lo que puede. Y a su modo, poco a poco, va delineando una estrategia para acercarse a Julia (Leonor Svarcas), la limpiadora del supermercado donde él trabaja.
Jara se percata de la existencia de Julia de pura casualidad. Su trabajo le resulta bastante aburrido, todas las noches se la pasa encerrado en una sala mirando en los monitores lo que registran las cámaras de seguridad del supermercado, así que cada tanto se distrae haciendo crucigramas, boludeando, hasta que de repente la muchacha se manda un gag involuntario que desacomoda la implacable rutina.
A TRAVÉS DEL CRISTAL Todo esto es relatado con serenidad y elegancia (Gigante es una película fina), sin dejar afuera al humor (un humor en su mayoría físico), herencia de la comedia slapstick (hablamos del viejo y efectivo golpe y porrazo, que viene del cine mudo y todavía funciona). También la tensión se maneja por medio de lo exclusivamente visual, de lo que los monitores permiten que Jara vea. Y así como Jara está condicionado por lo que puede ver a través de las pantallas, así está condicionado el espectador, que sólo ve lo que el vigilante ve. Una buena parte del conocimiento que Jara tiene del mundo proviene de las pantallas. En el trabajo, su mirada recorre los distintos rincones del supermercado a través del monitor de vigilancia. En
su casa, se duerme (y seguramente despierta) con la tele prendida, la misma tele con la que juega al PlayStation con su sobrino, Matías, la misma tele que le brinda consejos quiroprácticos. Y una pantalla más grande, la de un cine, le permitirá conocer un poco más a Julia, a quien por lo general siempre ve enmarcada tras algún cristal.
Un poco inocente e inmaduro. Jara tiene algo de justiciero (se respira una atmósfera de western cuando se lo ve recorrer el súper, caminando por ese piso impecablemente limpio y bien iluminado, con los pasillos formados por góndolas repletas de productos).
A su modo, Jara es un cazador. Un cazador que se toma su tiempo para estudiar a su presa, siguiendo en silencio sus movimientos. Con ese cuerpo y esa remera roja, intenta ser invisible, y así investiga a Julia. Aunque de a poco uno va descubriendo la bondad de este hombre, que incluso en alguna secuencia se mueve como un héroe al estilo Batman en la noche de Ciudad Gótica, también queda en el aire la sensación de que podría ser un psicópata (bueno…, Batman). Porque, al final, no deja de ser la historia de un tipo con ciertas dificultades para socializar que idealiza a una persona que ni siquiera conoce y a la que no se anima a hablarle. Eso sí: contada con amor y humor.
