Crítica de 'El velador', por Alejandro Mancilla. Publicada en Ambulante, el 5 de marzo de 2012
No hay balazos ni sicarios al filo de la pistola. Tampoco diálogos, sólo una cámara pasiva y asfixiante que nos lleva a ese lugar donde ya no pasa nada, el limbo tras el enfrentamiento o el ajuste de cuentas. No es el cielo ni el infierno, es la inminente antesala a la que muchos de los involucrados acceden antes de tiempo por culpa de, digamos, mortales gajes de su oficio. ¿Seguirán teniendo gatilleros alrededor protegiéndolos? No, con un velador que cuide de sus aposentos basta, en esta especie de big brother panteonero donde todo sucede fría, pero no calculadamente.
Se llama Martín y no sabemos mucho de él más que entre el silencio y las fiestas póstumas con banda, alcohol y antojitos mexicanos, transcurren sus noches. Es un velador no convencional que pernocta entre tumbas y mausoleos en uno de esos cementerios donde descansan (es un decir) esos narcos caídos. No hay nadie con quien hablar, la única compañía del velador además de las sombras y de unos perros, es la televisión que se dedica a dar noticias sobre la guerra del gobierno contra el narco y a crear cortinas de humo. El mensaje de los neoprofetas mediáticos es cada vez más hueco para los oídos de alguien que vive frente a frente esa realidad cotidiana.
Las ostentosas criptas contrastan con la cama sencilla e improvisada de Martín; los narcos aún muertos, no cambiarían la comodidad de su lápida por esa tabla colocada sobre unos sucios botes con un sarape como cobertor. El lujoso automóvil de una viuda guapa que con esmero limpia diario la tumba de su joven marido fallecido, se ve deslumbrante junto a los zapatos raídos de los albañiles que preparan las capillas, el único lujo y hasta herramienta de trabajo de estos arquitectos callejeros sin título es el cigarro que consumen mientras terminan esos espacios que algunos narcotraficantes precavidos escogerán con anticipación como morada final, tal vez esperando que tanta ornamentación les asegure esa visa celestial que en vida les fue negada.
Sí, aún muertos, el entorno de estos personajes eternizados en fotos King size estará lleno de excesos inútiles, al menos hasta el juicio final. El velador, pensativo, sabe que algún día su tumba no será así de ostentosa pero acepta su labor con indiferencia, o quizás pensando que los fantasmas de los difuntos capos podrían regresar a balacearlo una madrugada si no cuida de sus mansiones post-mortem.
Sería curioso que la directora de este documental fuera pariente de los hermanos Almada, iconos del cine de narcos fronterizos y el cine serie B, pero es más irónico aún que Natalia Almada sea bisnieta de Plutarco Elias Calles. Su trabajo, con mención especial en Cannes 2011, es contemplativo e introspectivo, la cámara parece no estar ahí, simplemente se dedica a ser testigo de eso que en Sinaloa se ha vuelto un paisaje de tumbas, kitsch de día y siniestro de noche, parte de la visión cotidiana de un país en llamas. Los narcocorridos, suenan de fondo como soundtrack de un silencio que ya no es incómodo, sino insensible.
