Entrevista a Álvaro Brechner, por Patricia Mántaras. Publicada en Galeria (Uruguay), el 20 de agosto de 2009.
– ¿Por qué su primer largometraje se basa en un cuento de Onetti?
– Es difícil decir de una forma consciente por qué elegí este cuento para mi primer largo. No responde a un deseo particular de hacer algo de Onetti, sino a la inspiración de emanó de un cuento particular. A mi me maravilló «Jacob y el otro» la humanidad de este manager, que vive un poco seduciendo y mintiendo a su compañero de vida para protegerlo. Ya la idea de un manager y un campeón mundial de lucha libre, dos hombrotes que se pasean por pueblos perdidos de Latinoamérica haciendo exicibiciones de lucha libre, y que todo su show y su disparatada forma de vida se les venga abajo porque una mujer empuja a su novio a luchar, me pareció una historia hermosa. Conjugaba un montón de elementos que me gustaba para abordar en una película: hay elementos de drama, de suspenso, y fue un poco por eso, la verdad. Después hubo todo un trabajo, porque el cuento es una pequeña obra maestra pero llevarla a un largo requirió de todo un desarrollo dramático.
– ¿Se le generó algún tipo de conflicto?
– Cuando decidí hacer la adapctación y llamarla Mal día para pescar fue como decir: esta película está basada en un cuento de Onetti pero es Mal día para pescar. Hay personajes clave en la película que no aparecen en el cuento, el personaje de César Troncoso (el periodista Heber), el de Cristian Casañol (Roni Lima). Creo que lo esencial que quedó del cuento fue lo que me apasionó, la historia de estos dos tipos. Cuando fui a plantearle a Dolly (Muhr, la viuda del escritor), hacer una adaptación, lo primero que le dije fue que para mí era imposible hacer una buena película si estaba pensando en ser fiel a lo que adaptaba. Para hacerla tenía que hacerla mía; tenía que sentir que conocía a Orsini mejor que nadie y que yo estaba en ese pueblo cuando llegó con el forzudo. Necesitás sentir eso y necesitás convencerte de eso. Si no, es imposible hacer algo honesto. Yo no voy a entrar en el debate acerca de cuán onettiana es porque para mí es irrelevante. El otro día un amigo me preguntó cuánto daba el onnetiómetro (jajas). Una película para mí cuando entrás en el cine, tiene que permitirte como espectador poder atravesar ese pequeño hilo que separa las butacas de la pantalla y meterte en ese universo particular al que la película y el director te llevan; un universo estético, de personajes que tienen otras reglas que no necesariamente son las nuestras.
– El personaje de Orsini es determinante. ¿Cómo eligió a Gary Piquer para interpretarlo?
– Gary había trabajado conmigo en mi primer corto The Nine Mile Walk, en el 2003. Estuvo en festivales internacionales y en otros países lo pasaron por televisión; acá creo que abrió el Festival de Punta del Este en el 2004. Ahí lo conocí y después nos hicimos muy amigos. El día de su cumpleaños, el 18 de mayo de 2005, nos fuimos a tomar unos whiskies a un restaurante uruguayo que se llama Colonia del Sacramento en el centro de Madrid. Ahí, discutiendo, él trataba de convencerme de algo y yo le dije: «la verdad es que serías un gran Orsini». Le conté la historia y espontáneamente pensé que debería buscar los derechos y hacer una adaptación. Yo empecé a escribir el guión y después de un tiempo, ya en la segunda o tercera versión, se lo empecé a pasar a Gary y él me daba sus comentarios. Empezó a aportar mucha creatividad. Yo le preguntaba: «¿qué haría Orsini acá?», «¿cómo se escaparía de esta situación?», o «¿qué canción cantaría Orsini?».
– El estreno mundial de la película fue en Cannes. ¿Cómo fue la respuesta del público?
– Increíble, Cannes es un mundo… En realidad, al poder hacer una primera película, uno ya se siente como si hubiera ganado una batalla épica, es una prueba inmensa para tu autoestima, porque el esfuerzo es inmenso y el periodo que lleva es larguísimo. Terminar la película, poder verla, y que haya quedado como uno quería es de por sí la máxima satisfacción que uno puede tener, por encima de cualquier festival.
– ¿El hecho de que tengas partes habladas en inglés le generó ciertas dudas en relación al público uruguayo o hispanoparlante en general?
– Siempre un gran dilema fue en qué idioma hablaban Jacob y Orsini, dos personajes que para mí son como de western: es como la idea del forastero que llega con la pócima del crecepelo, que vino a vendérsela al pueblo. Ahora, ¿en qué idioma hablan estos tipos? No podían hablar en español, porque Jacob es un exiliado de Alemania y si hablase español estaría muy integrado con los locales, no sería tan fácil que estuviese engañado. El problema de Jacob es que él no tiene capacidad de comunicación de nadie, su única comunicación es a través del príncipe Orsini. Podría no haber sido inglés y haber sido alemán, pero representaba un gran problema para todos porque no hablábamos alemán; y creo que el inglés cumple su objetivo.
– El personaje de Orsini recuerda a algunos papeles de Alberto Sordi.
– Sí, exacto. Tiene mucho de eso. Es que en realidad en su momento, de hecho lo barajamos. Es un Brancaleone, un personaje a lo (Vittorio) Gassman; esos personajes verborrágicos, que el mundo no les es suficiente. Pero yo creía que eso hoy en día no iba a funcionar. Tenía que ser un personaje más discreto, porque para mí ese tipo de comedia italiana es hermosa pro ya se hizo; hacerla de nuevo es absolutamente imposible.
– ¿Ya está trabajando en un próximo proyecto o está abocado a la difusión de Mal día para pescar?
– Estoy de lleno en esto, pero sigo trabajando porque la cabeza no puede parar y necesitás algo nuevo para salir de lo anterior. De alguna forma viene siempre un periodo muy traumático, que es la idea de que la película ya no es tuya, es de los espectadores; pertenece al mundo, al cine. Para mí este momento es emocionante. Yo quería hacer cine desde chico; a los trece, catorce años, tenía que ir a otro barrio a buscar otro videoclub porque ya había visto todo lo que había en ese. Tardé un montón de años en llegar a esto porque hacer cine es complicado, y Mal día… no es una película sencilla, requiere un engranaje muy particular, hace uso de muchos elementos cinematográficos. El mejor consejo que me dieron el proceso fue: «Es tan difícil hacer una película que, una vez que uno la hace, tiene que asegurarse de que la hace como quiere hacerla». Y la verdad es que a eso me obligué, a que sea coherente con lo que quería. Y ahí radica para mí la honestidad de la propuesta: esta es la mejor película que pudimos hacer, y ahora está ahí para que el público la vea.
