Entrevista con Fernando Pérez, director de Suite Habana, por Paquita Armas Fonseca. Publicada en La Jiribilla (Cuba). 12 de marzo de 2003.
El nombre de Fernando Pérez no es ajeno a los cinéfilos de Cuba y de buena parte del mundo. Autor de unos quince documentales, numerosos noticieros ICAIC, entró por la puerta ancha en el terreno de la ficción con Clandestinos. Esta, su ópera prima mereció un coral, tres más alcanzaría por igual número de filmes: Hello, Hemingway, Madagascar y La vida es silbar. Por esta última mereció además el premio Goya, mientras que con Madagascar se alzó con el primer premio del Festival de Sundance. Esos son los lauros que recuerda Fernando, ha recibido otros, pero no es su costumbre archivar, ni quiera en la memoria, los premios que obtiene por vivir su gran pasión: el cine. Luego de cuatro años sin presentar ninguna película, el 25 de marzo, en el cine Chaplin, tendrá lugar la premiere de Suite Habana, su última obra que es… ¿un documental?
-¿Por qué esta vuelta a tus inicios si disfrutas más de la ficción?
-Voy a hacer una confesión que si Santiago Álvarez la escuchara me daría un cocotazo, como él hacía con nosotros. Nunca me consideré ni me considero un buen documentalista. El documental me ha costado mucho más trabajo como proceso creativo que la ficción. Tengo una tendencia a preferir la ficción, me resulta más cómodo crear mundos y realidades en su totalidad y en el documental siempre me sentía de alguna manera muy dependiente de lo que pudiera ocurrir, lo cual tiene su fascinación también, pero me resulta incómodo. Desde que pasé a la ficción me liberé del documental (aunque a veces en la realidad encontraba motivaciones, pero no la voluntad para hacerlo). Después de La vida es silbar, preparé un proyecto de ficción, Amorosa Gilda, para filmar en Italia y pensé que se iba a hacer inmediatamente. Llegué, incluso a tener todas las locaciones, hice el casting, pero por cuestiones financieras el proyecto se paralizó y ya llevaba como cuatro años sin filmar.
Entonces, en diciembre del 2001, vino José María Morales el coproductor español de La vida es silbar y me propuso que participara en la serie Ciudades invisibles para la televisión europea, en la que un director haría un documental sobre su ciudad. El punto de vista era totalmente libre, no había otras premisas que la duración de 55 minutos y que fuera en video digital y para la TV. Mi primera respuesta fue que no estaba preparado para eso por dos razones: todas las películas que he hecho las he generado yo mismo y mi mente no tenía espacio para el documental. Le pedí una semana para pensarlo. Lo que yo quería era hacer ficción. Además un documental que dura 55 minutos es un reto: no es fácil mantener el interés durante tanto tiempo, pero el tema era La Habana y eso me atraía, porque La Habana siempre me motiva y también ya llevaba cuatro años sin filmar. Finalmente lo acepté con una condición: que me diera un mes para meditar cómo lo abordaría estilísticamente. Lo primero que me vino a la mente fueron los documentales que yo había hecho, particularmente uno que filmé en el 81, Mineros, en el que en 20 minutos ofrecía una panorámica de la vida de los mineros en Matahambre. En ese documental, toda la primera parte era imagen y sonido, y pienso que se logró dar el mundo de esfuerzo y de trabajo subterráneo del minero. Pero yo no confié en la imagen y entones hice una entrevista que se incluyó en la estructura y no funcionó. Fue fallido por mi falta de confianza en el poder de la imagen. Esa era una deuda que tenía conmigo mismo. Así que me dije: ¿por qué no hacer un documental sobre La Habana sin entrevistas? No porque yo tenga un prejuicio con ellas, creo que hay grandes documentales de testimonios, pero generalmente ese género se asocia a la entrevista y son menos los que descansan sobre la imagen y el sonido. Me dije: si me quiero poner el listón más alto lo voy a hacer sin entrevistas. De ahí surgió la idea de filmar un día de la vida en La Habana, de las seis de la mañana hasta 24 horas después. Al mismo tiempo me fui convenciendo de que la dinámica de una ciudad está en su gente, y la estructura la fuimos armando contando historias de habaneros en un día cotidiano.
Otra de las cosas que me interesaba hacer era cómo expresar esas historias desde el mundo interior de los personajes. Era intentar hacer algo que me atrae desde hace mucho tiempo, dar a través de la imagen un conflicto, pero desde el interior del personaje, sin que este lo manifieste con palabras y en el documental tratamos de buscar siempre que los personajes se expresaran en sus momentos más de reflexión, de soledad o intimidad, de estar con ellos mismos, cosa que es difícil para un cubano que es muy comunicativo, pero en esencia también tiene esos momentos. Fue como un reto: ver si eso se podía lograr o no, trasmitir los conflictos no a través de grandes acciones dramáticas, sino de situaciones cotidianas. Así surgió el documental. De otro lado estaba el tratamiento fotográfico, tenía a Raúl Pérez Uretra, con una nueva experiencia tanto para él como para mí de trabajar con una cámara digital de última generación. Para el documental es muy favorable porque implica que no tienes que llevar grandes equipos, hay una mayor movilidad, pero también te plantea otras cosas: cómo encuadrar cada imagen, cómo abordar la puesta en escena y ese fue otro elemento que como experiencia nos resultaba interesante: estrenarnos en el cine digital.
– Con tu experiencia como cineasta ¿acaso Suite Habana es un documental?
– En la medida en que fue concretándose el proyecto me dije tengo dos caminos para la puesta en escena. Si voy a narrar momentos muy cotidianos, por ejemplo, un personaje que se despierta por la mañana, apaga el despertador, va al baño, se lava los dientes, lo podría hacer en un plano secuencia, al natural y sería muy espontáneo ¿pero por qué no usando todos los medios expresivos de la ficción? si desde el mismo momento en que ponemos una cámara delante del personaje ya estamos haciendo una puesta en escena. Opté por este segundo camino. Podría ser un documental en cuanto se trata de personajes reales, que actúan sus vidas, pero es una película de ficción en cuanto la puesta en escena de estas acciones reales está construida con planos y contra planos, iluminación, con grúa, dolly y los personajes se convierten en actores sin dejar de ser ellos mismos, sin que en esta operación, propia del cine de ficción, se perdiera la realidad o la veracidad. Al rodaje fuimos sin un guión técnico cerrado, porque muchos emplazamientos de cámara se dejaron a la improvisación. Sabíamos que la estructura dramática y el montaje de las historias se armaría en la sala de edición, y para eso contaba nuevamente con Julia Yip, una editora que se ha convertido imprescindible para mí por su dinamismo, profesionalidad y entrega. Intentamos no expresar solo la realidad directamente, sino la esencia de esa realidad y de cada uno de los personajes. Soy de los que cree que el cine es todo ficción y cada vez más busca crear una realidad artificial, que sea más real que la realidad. Ahí está la expresividad del cine que me interesa. Y con esas ideas hicimos la puesta en escena de Suite Habana por eso creo que es probable que la película, pueda provocar la sensación en el espectador de que ha visto una ficción y no un documental, pero al mismo tiempo ha visto un documental.
Estoy convencido de que los géneros en cine de los últimos tiempos han ido perdiendo sus fronteras. Vemos muchas películas de ficción donde hay cine documental y viceversa. No creo que Suite Habana sea novedosa u original. Pero siento que gran parte de lo que quise decir está ahí y también está la emoción que sentí cuando conocí a los personajes reales que con tanta libertad y confianza me entregaron sus historias.
